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jueves, 15 de octubre de 2026

CULTURA

 

Construcción sobre acantilado, Bajondillo de Torremolinos

Los humanos nacemos con pocos instintos. Muñones de instintos, decía Ortega que nos quedaban, algo resta de aquellas pautas de acción que permiten a los animales actuar con fijeza frente a los estímulos del medio, o a causa de estímulos internos, en situaciones endógenas que tienen que ver con la bioquímica y las hormonas. Los animales suelen hacer lo que les da la gana..., aunque tal vez las mascotas y criaturas tan inteligentes como delfines o primates superiores, no tanto. Nosotros también hacemos lo que nos da la gana, lo que apetecemos porque lo apetecemos, si la cultura en que consistimos y medramos lo consiente, si las normas y sanciones lo toleran, pues animales somos, pero actuamos en la casa de los lenguajes y modelados mentalmente por ellos, es decir, reconstruidos en la doble naturaleza moral por "lo que habla", por decirlo con una expresión de Agustín García Calvo.

Los humanos no podemos hacer lo que nos da la gana: la vuelta al paraíso perdido se muestra del todo intransitable. Decía Unamuno que nuestra voluntad debería llamarse "Noluntad", porque consiste precisamente en la posibilidad de controlar o contener los impulsos naturales, es decir, consiste en decirle No a la gana. Lo cierto es que la mayor parte de las cosas que hacemos no las hacemos por naturaleza (peri physei, que decían los filósofos griegos), sino por costumbre (según el nomos). Somos animales morales o de costumbres. Como escribió una vez un bachiller brillante: "los seres humanos no somos naturales por naturaleza".

Por eso tenemos que aprender a hacerlo todo. El aprendizaje cuenta en nosotros muchísimo más que el instinto, lo imitado, lo emulado, lo adquirido... Y esto que aprendemos a hacer es la cultura, universo artificial de patrones de acción compartidos, macroesfera de símbolos, creencias y valores, supertaller de artesanías, técnicas, saberes, pericias, mundo de prejuicios, estereotipos, artefactos, etc. Todo lo cual está ya ahí cuando nacemos, más o menos integrado y coherente, aunque nunca del todo congruente. No se conocen culturas sin contradicciones, sin angustias, que diría Freud. La nuestra, la cultura occidental, aúna el sátiro rijoso con el asceta y el mártir cristiano, el legionario romano con el pacifismo evangélico, a Atenas con Roma y con Jerusalén, no sin dificultades y roces... Economía, política, religión, arte..., en el seno de cualquier cultura, todo tiene que ver con todo.

Catalogue d'Objets introuvables de Carelman (1969)

Tampoco es posible que una cultura se congele y permanezca idéntica a sí misma generación tras generación, o aislada completamente de sus vecinas. Siempre hay transferencias de unas a otras, préstamos, influencias, aunque es posible concebir alguna que, en el corazón de la selva virgen o en el extremo de un desierto inhóspito, se haya mantenido relativamente inmóvil y como prendada de sí misma durante un largo periodo de tiempo. En la actualidad, ello resulta muy difícil, pues nuestro mundo está intensamente telecomunicado por vehículos de todo tipo y ondas de muchas clases.

Toda cultura es una memoria social, que se transmite de una generación a otra a través de lenguajes: gestuales, simbólicos, orales, escritos, icónicos, litúrgicos, rituales... Cada cultura interpreta de un modo original el entorno y funciona como instrumento de supervivencia. Instrumento de instrumentos, como la mano. En este aspecto naturalista de las culturas insisten antropólogos y etnógrafos, preguntándose también por los rasgos universales de las culturas, los universales antropológicos, y por los rasgos específicos y diferenciales de cada una de ellas, comparando unas con otras o explicando la génesis y sentido (emic y etic) de sus costumbres.

Pero, más allá de su sentido adaptativo, la cultura tiene también un sentido emancipador: liberar al humano de sus condicionamientos físicos y de sus limitaciones anatómicas, ampliando posibilidades de realización de nuestras aptitudes naturales, completándolas o desarrollándolas por medio de actitudes (con ce de acción) adquiridas o inventadas. En este sentido, se puede hablar de un horizonte metafísico de la cultura como aspiración y meta perfectiva, y de la Cultura, con mayúsculas, como un proyecto civilizatorio que combina el anhelo verdad y de belleza con el de justicia. En este sentido, la cultura tiende al cosmopolitismo, al ecumenismo, a la unión de la Humanidad en una utopía que concilie libertad y seguridad.

En general, por medio de la cultura (vasto conjuro contra la muerte) el humano despliega sus capacidades en una secuencia que llamamos Historia. Pretendemos comprender, analizamos y criticamos lo que hay, sea naturaleza o cultura, e inventamos nuevas esferas que nos protegen de un escenario que siempre se mostró hostil. La historia nos muda, la historia también, como la historia natural de los vivientes, la historia de las culturas evoluciona.

Kilim de Anatolia, alfombrilla de lana

La cultura, hoy predominantemente tecnocientífica, es una segunda capa o esfera que se sobrepone al ecosistema natural y lo determina, sirviendo además como un código de interpretación y construcción de realidades.

***

El gran problema filosófico ha sido siempre, y es hoy también y más radicalmente, la armonización de lo que somos por naturaleza y de lo que somos según el orden cultural en que nos hemos formado y el ideal que incentiva aprendizajes y descubrimientos. A nivel individual es la síntesis problemática y provisional de temperamento y de carácter en una personalidad sana y mentalmente equilibrada.

El filósofo desea comprender la realidad cultural; sin embargo, una de sus funciones, tal vez hipertrofiada en la modernidad, sea la crítica de la cultura. En nuestros días, se anota fácilmente que la pretensión de un crecimiento incesante y el despilfarro de bienes no es naturalmente sostenible y compromete la salud del ecosistema y el bienestar de generaciones venideras.

Es un problema de difícil solución la conciliación de un proyecto humanista y cosmopolita que evite el etnocentrismo, sin caer en el relativismo del todo vale, relativismo escéptico desde el que podrían justificarse la mutilación genital, el sacrificio de la libertad femenina, la esclavitud, etc.

Nosotros distinguimos entre cultura y civilización. Los sacrificios humanos para calmar a los dioses pueden ser culturales, pero no son civilizados; el canibalismo o el matrimonio infantil, el saqueo del adversario o del sumiso tampoco resultan pautas de urbanidad civil racionalmente aceptables. No toda cultura ni todo hábito cultural son civilizados; para hablar de civilización es necesaria la ganancia de la libertad que procura el teatro libérrimo, el amor a la verdad implícito en la investigación científica y la racionalidad política a la que llamamos democracia, tres inventos griegos, teatro, ciencia y democracia que se han ido extendiendo afortunadamente por el mundo. Añadiríamos también la costumbre de organizar la vida social de acuerdo a leyes consensuadas y la de solucionar los conflictos de intereses mediante procedimientos jurídicos, en lugar de hacerlo a garrotazo limpio. O sea, el Estado de derecho, al que apuntaba la reflexión política de Platón.


Del Catalogue d'Objets introuvables de Carelman (1969


martes, 14 de julio de 2026

METÁFORA


Génesis 2 (2020)

 Dice María Pascual Fernández en su manual de Teoría y técnica literaria que la metáfora es el tropo o figura retórica por excelencia. La palabra griega μεταφορά (metaphorá) la usaban los griegos para referir al traslado de una cosa. Aristóteles la usó en Poética para designar el transporte del significado de una palabra al territorio semántico de otras con el fin de iluminar ideas nuevas. Las palabras viajan con el bagaje de sus elásticos y ambiguos significados. 

Los estudios semiólógicos (o semióticos) sobre la metáfora, bien semánticos o bien pragmáticos, han adquirido en la actualidad gran interés y amplitud, complicando en ellos a la filosofía, a la psicología cognitiva y a la inteligencia artificial. Se discute si todo lenguaje es metáfora o las metáforas son atentados contra las reglas, contra la convención del significado que recoge el diccionario y que garantiza que el lenguaje sea instrumento fiable para significar presencias reales. 

Por una parte, hay metáforas tan ricas y continuadas que forjan alegorías que valen por modelos de mundos reales o posibles: "La vida es sueño", "el universo está diseñado inteligentemente", "Dios artesano", "el tiempo es oro", "la paloma de la paz", "homo ludens".... Los mitos son juegos complejos de metáforas. El mito más conocido, interpretado y aplicado de la filosofía occidental, la caverna platónica, despliega sistema sucesivo de metáforas en el que fuego vale por sol, sol por idea del bien, prisioneros por humanos, esforzada ascensión por educación (paideía), etc. 

Según la teoría de la interacción, las metáforas son usos especiales de expresiones lingüísticas, donde una expresión 'metafórica', o foco, se inserta en otra expresión 'literal', o marco, de modo que el significado del foco interactúa con y cambia el significado del marco y viceversa. Puede oponerse esta teoría --como hace Stephen C. Levinson (1)-- a la teoría de la comparación, según la cual las metáforas son símiles con las predicaciónes de similaridad (como, igual que, similar a, etc) suprimidas o elididas. De este modo "Antonio es un águila" equivale semánticamente a "Antonio es como un águila" (por su talento para los negocios, por ejemplo). 

Germinales (2020)

La hipótesis de un origen metafórico del lenguaje (o de sus conceptos, como supuso Nietzsche, metáforas desgastadas como monedas que han perdido su impronta) congrúe con la antropología que define al humano como animal simbólico (la cruz es símbolo y metáfora del cristianismo). Mediante metáforas salta el pensamiento de un significado y de un referente a otro explotando la capacidad del pensamiento para establecer correspondencias. Tal correspondencia lleva desde antiguo el nombre de analogía (ἀναλογία, analogía). Los griegos entendieron la analogía como cualidad de lo que es "conforme a una proporción" o "según una razón matemática". Se trata de una relación más según el orden de coexistencia espacial que según el orden de sucesión temporal.

Hoy se discute si se puede hablar o no con propiedad de un significado figurativo o metafísico, ¿puede la palabra "rubí" significar, propiamente, el labio de la amada? Eso por citar una metáfora manida o abusada. También se llama catacresis a la metáfora fosilizada que significa precisamente porque ha perdido su valor poético y expresivo. El lingüista Max Müller llamaba a este proceso "la mitología del lenguaje", donde la poesía de ayer se convierte en el sentido común de hoy. Y así, decimos "patas de la mesa", "cuello de la botella", "diente de ajo", "boca de metro", "lomo de libro", o llamamos "romper el hielo" al iniciar una conversación entre desconocidos, o "hacer hincapié" al énfasis verbal, sin aprecibirnos de que fueron en su origen expresiones figuradas, pues ni las mesas tienen patas ni los libros lomos...

Nos alejamos mucho del mundo cuando predicamos metáforas de metáforas si, por definición, la metáfora no pertenece a las presencias, sino a los fantasmas, a lo imaginable (las rosas de sus mofletes, el canalillo de su escote...). Sólo una mujer fantasmagórica puede llevar rubíes por labios, perlas por dientes e hilos de oro por cabellos, etc. Podemos denunciar un intelectualismo que no medita con conceptos rigurosos representados por términos únicos bien definidos, sino en metáforas nebulosas, que no usa ideas precisas, sino imágenes etéreas (siendo así que se demostró que la "quinta esencia" aristotélica, o sea el éter, no existe). 

Criticar lo imaginario que se hace pasar por ciencia fue lo que hizo Platón y hace Miguel Espinosa en La fea burguesía (1990). Lacan, por ejemplo, no explica sus conceptos mediante definiciones claras, sino a través de formalizaciones matemáticas (matemas) y por medio de metáforas espaciales, topológicas o mecánicas. Metáforas y metáforas de metáforas. Su mente trabajaba en una imprecisa región de patrones y en una borrosa galaxia de falsillas, ajenas a las existencias, apartadas de cualquier presencia, vueltas de espaldas a toda realidad. El extremo de este modo de textualizar los saberes humanos o las ciencias sociales puede interpretarse como sofística obscura, incierta y artificiosa, construida con palabras que refieren a palabras, expresiones figuradas que refieren a otras no menos traslaticias. Alan Sokal probó con su broma de 1996 el fraude de estos discursos cuya obscuridad es proporcional a su vanidad y vacuidad... Vanidad y vacuidad que hacen paradójicamente verosímil la sentencia lacaniana: "El objeto a es la metáfora del vacío central del sujeto". Una proposición del maestro del psicoanálisis puede pasar por una completa alegoría, estructurada a base de metáforas elusivas: 

"El inconsciente no está en lo más profundo del sujeto, sino que es exterior; la estructura del sujeto es como una banda de Moebius, donde lo más íntimo (el Ello) coincide con lo más externo (el Otro)".

He conocido a gentes que han hecho de estas monsergas crípticas vocación religiosa y elevación mística. Los significados de palabras han sido trasladados (metaforizados) a un universo simbólico y fantasmagórico tan obscuro como el latín eclesiástico, lenguaje de dioses atesorado por mentes pertenecientes a minoría selecta, enmucetada y académica. Gusta al hechicero disfrazar sus poderes con jerigonzas vagas y galimatías incomprensibles.

No obstante, hemos de reconocer, olvidando el caso extremoso, el valor cognitivo de las metáforas. Mary Brenda Hesse (1924-2016) puso de relieve la importancia epistemológica de las metáforas científicas, tanto en el contexto de descubrimiento (herramientas heurísticas), como en el de justificación (predicción y contrastación). Pongamos el caso de los populares "agujeros negros". 

Indudablemente, toda metáfora compromete la intención del que la usa oralmente o la escribe y del que la escucha y entiende. G. Lakoff y M. Johnson han explicado que parte de nuestra experiencia cotidiana del mundo y de nuestras relaciones sociales está estructuradas metafóricamente. Alguna razón hay que reconocerle a Lacan al hacer de las metáforas el eje explicativo de su reflexión sobre el alma (o el Yo, el Ello, el SuperYo, el Otro, etc.). Pero una cosa es que la conciencia individual o el inconsciente, aún provisional, inestables o fragmentados, estén conformados por metáforas y otra cosa es que nuestro discurso sobre todo eso (psique, mente, alma o como se quiera llamar) haya de ser por completo metafórico, como un bosque de símbolos.


Gérmenes (2020)

El uso tradicional de las metáforas, más que científico, ha sido estético, poético e inventivo. Mediante esos juegos e interacciones entre significados y sinergias entre palabras, interacciones y relaciones entre sentidos literales (denotaciones, extensión) y sentidos más o menos figurados (connotaciones, intensión), los seres humanos inventamos mundos, porque las palabras son semánticamente elásticas, abarcan dominios heterogéneos y ámbitos mentales de límites borrosos. Las palabras son --según precisó Eugenio d'Ors-- generadoras de realidad, porque... 

"Hay en cada palabra un germen, unas posibilidades, un movimiento. Hay un impulso del pensar, una potencia activa de enlace, fuente de metáforas y de figuras. Hay igualmente una herencia, una impregnación en relentes allí acumulados, de cada vez que la palabra ha servido, sobre todo si ha servido al genio. Hay, por fin, una fuerza de proliferación, ora poética, ora heroica --de cada palabra cabría decir lo que Nietzsche del hombre, que 'es algo que desea ser superado'--, que nuestra mente puede captar. Toda palabra, pues, tiene de una parte, una forma; de otra parte, un significado; de otra parte, y es lo más misterioso de ellas, un sentido. La más profunda, la más valedera de las comprensiones de un vocablo será aquella que penetra el secreto de su sentido." (El secreto de la filosofía, II, IV).

Ella misma, la metáfora, de suma importancia como se sabe en todas las artes, así como en la propaganda política y en la publicidad comercial, desde los tiempos más remotos, es germen y herencia de posibilidades inventoras, aunque también pueda ser usada como algo manido e insustancial, como "el queso de la luna", "el espejo de tus ojos" o "la llama de amor".

María Pascual distingue la metáfora como símbolo ("el sembrador evangélico"), como imagen ("sierpe de cristal" es foco metafórico del marco: río) y como visión ("las siete moradas" o "castillo interior" de Santa Teresa). La metáfora se caracteriza por una desviación en la denominación o la referencialidad, sea de una palabra o de una proposición, tal desviación es común a la metáfora, a la sinécdoque (el todo por la parte o viceversa) y a la metonimia (causa por efecto o viceversa), por lo que algunos teóricos han visto en la metonimia y la sinécdoque meras especies de metáfora.

¡Cuán misterioso es el lenguaje!

Notas y Bibliografía

(1) Stephen C. Levinson. Pragmática, Teide, Barcelona 1989.

-- Eduardo de Bustos Guadaño, "Metáfora", en Filosofía del lenguaje II. Pragmática, Trotta, Madrid 1999.


 

martes, 14 de abril de 2026

AVARICIA & CODICIA

 

Alegoría medieval de la Codicia

Avaricia y codicia suelen darse mezcladas o hermanadas. Si Codicia es el afán patológico de adquisición, un deseo siempre insatisfecho y por encima de lo necesario y conveniente, Avaricia es afán de retención egoísta de lo ya adquirido. El codicioso nunca tiene lo suficiente; el avaricioso teme perder lo que ya posee y a veces ni siquiera es capaz de disfrutar de su riqueza y vive --como si dijéramos-- "en casa fría y desacomodada" por no gastar. Ni en saludos gasta. No le gusta compartir.

Cuenta Vilém Flusser (1920-1991) que en el terreno de la vida la batalla entre Cielo e Infierno sigue desenfrenada, o sea, la lucha entre generosidad y avaricia no cesa. El diablo declara que lo social funda lo real y que la mente es producto de lo social, por que nadie escapa a la "alienación" (esa palabra progre, y "pija" según Foster Wallace). Y el Maligno fortalece lo social gracias a la codicia y a la envidia. La codicia, lo mismo que su hermana la avaricia, fija y conserva la estructura social; por su parte, la envidia es el principio evolutivo de la sociedad, gracias al cual lo social y sus costumbres se reforman.

El progresismo y el espíritu revolucionario --declara Flusser en La Historia del Diablo (Buenos Aires, 2024)-- representan la acción o praxis política de Envidia, mientras que las tendencias conservadoras son más bien hijas de Avaricia. Codicia y Envidia se fortalecen en tensión dinámica y dialéctica, por eso la envidia tiene mucho de avaricia fracasada y la avaricia de envidia frustrada y por lo mismo el revolucionario es un reaccionario frustrado y el conservador un progresista cansado o envejecido. Eso también explica por qué, cuando la revolución triunfa, el caudillo revolucionario se convierte ipso facto en un reaccionario feroz y cómo el conservador activo consiente y hasta estimula cierto progreso, consciente de que hay que cambiar algo para conservar en propiedad, al menos, lo mejor.

Para el envidioso, por consiguiente, nada hay peor que la codicia; y para el avaricioso, nada peor que la envidia... "Los capitalistas son malos para el proletariado 'informado', los bolcheviques son malos para el capitalista 'demócrata'" (Flusser). Ante esta caída en el tiempo, que diría Ciorán, el animal social tiene dos alternativas: engagement o dégagement, tomar partido "hasta mancharse" --como dijo el poeta, y sin duda se manchará-- o no hacerlo, bien comprometiéndonos a favor de Envidia o a favor de Codicia, en cualquier caso seremos víctima de una ilusión y presa fácil del diablo, pero si la conciencia alerta se percata de la relatividad de ambas moralidades y se niega a tomar partido, perderá con ello todo sentido del valor y se volverá oportunista. También en este caso --según Flusser-- sería fácil presa del Diablo. El autor --nacido en Praga y nacionalizado brasileño-- nos ofrece un buen caso de cómo la historia política puede interpretarse en clave moral y teológica y la aventura del progreso como "historia del Diablo":

"Toda la sinfonía de la civilización, todo el avance de la humanidad contra los límites impuestos por la Divinidad, toda la lucha prometeica por el fuego de la libertad; todo esto, desde la perspectiva del diablo, no es más que su majestuosa obra. O, desde otro punto de vista, todo esto no es más que una ilusión creada por el diablo. La ciencia, el arte y la filosofía son los ejemplos más nobles de esa obra." 

¡Menos mal! Aunque no sorprende que se exprese así quien fue expulsado por los nazis de una realidad llamada "Praga". En cualquier caso, tal vez entre el compromiso político y el desenganche o huida hacia una estética "torre de marfil" o hacia una contemplación objetiva y desideologizada de lo real, quepa una tercera opción que consistiría en avanzar o superar la hipocresía hasta llegar a un "oportunismo informado" o a un "conformismo levemente crítico" o al "desespero grisáceo de la ética relativizada". El caso es que eliminado Dios y con él las anticuadas nociones de Justicia o Derecho divino resulta difícil cualquier compromiso de valor o con valores. En efecto, si todos los valores son relativos, cabe pensar congruentemente que no hay en absoluto valores.

Lo cierto es que la envidia se articula en mitos, mientras que la codicia recurre preferentemente a ritos. Ambos vicios temporales, codicia y envidia, conforman el punto de partida de la historia humana, tanto al menos como la soberbia que apartó a nuestros primeros padres del Paraíso de las bestias, dando lugar a esa conciencia que Foster Wallace interpreta como una pesadilla de la naturaleza. Maestra envidia innova productos anímicos y hasta espirituales que doña Avaricia persigue y la dueña Codicia atesora. La envidia es idealista, el envidioso fantasea, por ejemplo, con lo divinamente que lo estará viviendo el rico, sin que ello se corresponda necesariamente con nada real; la avaricia es más bien materialista aunque se las dé de otra cosa u organice galas benéficas.


Dilthey fue el primer pensador que articuló envidia y avaricia de forma consistente, al explicar ambos desatinos como deformaciones de la mente bajo la presión de la autoconciencia y de la relación con los demás. La avaricia y la codicia, en efecto, hipertrofian el instinto de autoconservación y su búsqueda de seguridad; la envidia, por su parte, nos hace odiosa cualquier comparación con otros, cualquier alegría de los demás. 

Pero antes que Dilthey Platón denunció la codicia como una patología de la voluntad, es decir, del ánimo y del sentimiento (del thymós). En el libro IX de Leyes la trata como principal causa de asesinatos y delitos. La codicia es ese lamentable embrutecimiento de las almas, sacudidas por el más intenso y frecuente de los afanes, 

"aquella magia de las riquezas que engendra por naturaleza y por una lamentable educación mil ansias de poseer sin saciedad y sin término". 

Platón achaca en afán y empacho insensato de bienes materiales a una "mala educación", la que elogia demasiado y tradicionalmente a la riqueza (πλοῦτον) tanto entre griegos como entre bárbaros, pues juzga las riquezas materiales como el primero de los bienes, cuando no es sino el tercero, ya que antes de la riqueza, y más valiosas, están la salud del cuerpo y la del alma. Platón afirma que la riqueza es por causa de (ἕνεκα) el cuerpo y "el cuerpo existe por gracia del alma" (ὡς ἕνεκα σώματός ἐστι, καì σῶμα ψυχῆς ἕνεκα, 870b).

No hay nada malo para Platon en enriquercerse o en querer enriquecerse (al contrario que suele pensar el envidioso), siempre y cuando respetemos la preferencia del bien común, dado que este mismo argumento nos enseña:

"que el que ha de ser feliz no debe buscar simplemente el enriquecerse, sino el enriquecerse dentro de la justicia y la moderación. Y de este modo no se producirían en la ciudad muertes que tuvieran que purgarse con otras muertes." (870bc)

Además --sigue Platón-- el temperamento del alma ambiciosa engendra envidias que son convecinas perversas del envidioso mismo y, luego, de los hombres mejores de la ciudad. 

Nos equivocaríamos si pensásemos que la codicia es un vicio puramente desiderativo o la avaricia un exceso meramente sentimental. Sin duda ha triunfado muchas veces en la historia y en la vida particular de sus protagonistas la codicia racional... En su obra El Gran Dilema Nicéforo Argiroteo previó un triste final para las civilizaciones avanzadas, bien por molicie o bien por aburrimiento, y es que la Razón en su codicia no descansa hasta poder convertir los átomos en bombas y a los electrones, protones y otros corpúsculos y energúsculos en narcóticos y cremas antiarrugas. Así, la avaricia y la codicia de la Razón lo avasallan todo y echan la naturaleza (incluida la nuestra) a perder. Lo estamos viendo sin cesar con esas obras del Diablo que son terrorismos y guerras.

Notas

-- Sobre la Envidia puede leerse y meditarse una entrada en este mismo Diccionario Subjetivo

-- Sobre la metafísica de Nicéforo Argiroteo, autor de una famosa Teofaria, puede consultarse Mojigangas y pamplinas.

miércoles, 11 de febrero de 2026

LO COOL


Alex Katz, Retrato de una mujer

 El hombre o la mujer cool no son ni el decadente pesimista de Nietzsche ni el trabajador oprimido de Marx, se parecen al telespectador canaleando por curiosidad, uno tras otro, los programas de la noche, al consumidor que arrastra su carrito por el Super sin decidir su compra, a la dueña que duda entre escoger unos días de retiro en una residencia rural o de  relax en una playa de moda.

El consumidor cool está sumido en la apatía, inducida por el campo vertiginoso de las posibilidades y del libre-servicio generalizado. Se trata más de un efecto social, que de la decisión estoica y personal de limitar las pasiones. La frialdad del cool es la de la indiferencia pura, la de la distancia irónica y el desapego. Nada de sentimentalismo, nada tampoco de transpiración. Mínimo esfuerzo.

En sus ensayos de crítica social, Gilles Lipovetsky asocia la conciencia cool a la ideología del bienestar. La falta de atención de los alumnos, de la que con razón se quejan maestros y profesores, sería uno de sus síntomas. Una conciencia dispersa en monitores, captada por todo y por nada, excitada e indiferente a la vez, sobresaturada de informaciones, en las antípodas de la conciencia voluntaria propia de los caracteres fuertes del pasado.

"Automat", de Edward Hopper, 1927

Han desaparecido los grandes objetivos, los grandes relatos de salvación o de emancipación, todo lo que queda es el imperativo: "Disfruten de su compra". Cool es el nuevo zombi atravesado de mensajes que contempla impasible una pelea a puñetazos en un callejón lluvioso (hard-boiled), los personajes solitarios de Hopper (pintor del silencio) bajo las luces de neón, noctámbulos solitarios, los colores planos y los rostros sin emociones de Alex Katz. Este representa la exaltación de la simplicidad en gran formato compitiendo con vallas publicitarias.

A pesar del significado directo de la palabra "cool", el estilo cool puede ser cálido y comunicativo, aunque esté vacío del sentimiento de existir y carezca de todo entusiasmo. No obstante, los estilistas hablan de una frialdad cortante, cuyo precedente filosófico podría espigarse en El extranjero de Camus y extenderse a través del minimalismo reiterativo. El cool puede asociarse al estado del cuerpo que deja la desilusión existencialista, para la cual, lo sabemos por Sartre, "el infierno son los otros", o también puede que esté vinculado a un nihilismo elegante, hedonista y tolerante.

El hombre cool aparece y se anticipa sublimado en las novelas negras de Raimond Chandler y Dashiell Hammett, en el estilo comunicativo y el encanto enigmático de sus detectives, Philip Marlowe y Sam Spade: cortante, lacónico, rápido, cínico, lleno de metáforas afiladas, sujeto al control emocional. Son tipos que ocultan sus sentimientos, pero sienten, aunque no sabemos qué.

Puede que haya algo debajo de las latas de Andy Warhol, pero no sabemos qué. Ese pop es también cool como arte urbano, igual que los grafiti que transforman espacios de la gran ciudad (street art). Parece que, en contraste con el abstraccionismo y el expresionismo, la figuración cool, neorrealista, busca sobre todo el impacto visual.

Sobre Alex Katz: https://youtu.be/UFEE7-1e3eI?si=D9KhfxDGpJG_nOE6


miércoles, 12 de noviembre de 2025

MITO





"Las figuras imaginarias tienen más relieve y verdad que las reales"


Hace cosa de diez años (si el tiempo puede considerarse "cosa"), tal vez más años, entretuve mi convalescencia causada por un desprendimiento del cuádriceps discutiendo sobre la relevancia de los mitos con Jesús Zamora Bonilla, docto filósofo, economista y escritor de excelentes novelas, relatos que jamás podrán ganar un premio Planeta, ¡gracias a Dios y a su talento! Como buen neopositivista, Jesús prefiere la ciencia casi en exclusiva, hasta descreer casi absolutamente de relatos sagrados, o eso piensa él. Se reconoce amigo de los mitos (filomithos), pero le gusta ayudar a la gente para que sea consciente de que son, precisamente, mitos. Hace bien.

Le estoy muy agradecido a don Jesús (exdecano de filosofía de la UNED), doblemente, pues pude contar con su palabra, no sólo en los trinos de la red social llamada entonces Twitter (mejor que X), sino en el XIII Congreso de la AAFi en Úbeda, que tuve el honor de dirigir y al que acudió solícito y sabio. El caso es que he echado atrás en la línea del tiempo (the timeline de X) para hallar mis argumentos de entonces sobre el mito, o sea, sobre el relato edificante, la leyenda ejemplarizante, la alegoría, la antaño llamada "historia sagrada": cuentos, parábolas y fábulas con que todas las culturas mecen sus cunas infantiles, como declaró el poeta León Felipe.

El curioso lector puede leer una conferencia (Jaén, 2002) que publicó El Búho --revista digital de la AAFi-- sobre "La sabiduría de los cuentos", en la que sostuve que, además de cuerpos, y como memorias conscientes, somos realmente cuentos, puesto que "cuento" --o "relato", si usted prefiere-- puede llamarse nuestra biografía (que no hay que confundir con nuestra biología), es decir, esa memoria que nos identifica y a la que ponemos nombre propio y mayúscula: lo que creemos que somos y nos contamos que somos a nosotros y a los demás, Rosa, Omar, Juan, Carmen..., es un relato. La hermenéutica moderna ha puesto énfasis y análisis en esta idea del alma humana, en la importancia constructiva del saber narrativo, también la publicidad y la propaganda política sacan fruto de este hecho psicológico: que nos construimos como cuentos y que la imaginación tiene en ello un papel trascendetal.

Los mitos son importantes y valiosos, y no sólo porque nos guste caer en el dulce señuelo de los sueños... Quiero decir que, además de ser un consuelo, por ser arte y entrañar esperanzas, conforman nuestro ser anímico, educan y aclaran nuestro destino en relación a aquello de lo que ni habla ni puede ni debe hablar la ciencia: el principio y el final, el alfa y el omega, el bien y el mal, lo que alegra y entristece, el sentido o sinsentido de la existencia. 

Digo que los mitos aclaran, pero también podría decir que nos abren al misterio, pues refieren a la realidad simbólicamente. Hay mitos perfectamente absurdos, como la maternidad de una Virgen o la resurrección del hijo de la diosa Pavani con cabeza de elefante. ¿Meras fantasías? ¿Cuentos de viejas? Más que eso. Ya valdrían si sólo fuesen tesoros conservados por las memorias de las abuelas, ¡qué más quisieran muchos nietos que haber tenido abuelas que les contasen cuentos tradicionales antes de ir a dormir!

Ganesha, dios indí de la inteligencia

También las utopías son cuentos que motivan políticamente, para bien y para mal, mitos fallidos de la razón, estimulantes proyectos de felicidad compartida. No recuerdo si fue Wilde quien dijo que poco valdría un mapa del mundo que no recogiera el brillante país de Utopía...  El mito no es sólo el mundo del significado que hemos dejado atrás, sino la Jerusalén celestial que debemos construir, el Paraíso terrenal al que debemos regresar, la Gloria prometida al justo, el eterno retorno de lo mismo, la Comunión de los santos, etc.

Aristóteles no se equivocaba cuando definió al filósofo como ὁ φιλόμυθος, el amigo de los mitos, recordaba seguramente el ejemplo de su maestro Platón, que los había utilizado para hacer imaginable lo inteligible, creando alegorías que todavía hoy reinterpretamos como relatos significativos para la formación del espíritu: La caverna, El mito de Er, El anillo de Giges, El carro alado, etc. Una de las utilidades de la "ciencia inútil", o sea de la Filosofía, es precisamente interpretar razonablemente lo que se expresa incoativamente en el mito como propuesta de reflexión, pues la inicia. Es la función que los antropólogos llaman "etic", frente al "emic" de la literalidad del relato. Función imprescindible porque el fundamentalismo integrista puede llevarnos a la locura sectaria de quienes se prohiben las transfusiones de sangre ya que tal práctica aparece en las leyendas de su "libro sagrado" como actividad "impura". Ya Averroes insistía en la lectura inteligente de los textos míticos, frente la lectura vulgar o literal. No le hicieron caso, y así le va al Islam, convertido en cierta medida, inquietante y avasalladora, en fanatismo sangriento.

Otra utilidad de la filosofía, digamos "deconstructiva" (por no decir "destructora de hipótesis", como llamaba Platón a la Dialéctica), es la crítica del mito, de todos los mitos, incluso de aquellos que no se perciben como tales, verbigracia, en la actualidad, ese del "progreso tecnológico" que nos tiene estresados y atados a los artefactos y a los monitores, o ese otro que niega la realidad biológica y dimórfica del sexo humano... 

Toda religión es un imaginario simbólico, un depósito de alegorías mitológicas, una trama de analogías y metáforas, una nebulosa de relatos tan telúricos y enraizados en nuestra condición terrenal y animal como en nuestra ambición celestial y anhelos ultramundanos. El mito se resiste a sus "deconstrucción" porque es infalseable, ¡precisamente por no ser científico!, de modo que sólo puede ser combatido con otro mito. No hay modo seguro de demostrar que exista Dios, pero tampoco que no exista Dios, o los ángeles. Algunos mitos cientifistas, como el de la gran explosión  (Big bang), se exhiben hoy para combartir el relato de Dios Padre. Por cierto, conviene recordar que el principal proponente de la idea inicial del Big bang fue el sacerdote católico y físico belga Georges Lemaître en 1927. Mito contra mito, pasa lo mismo con la leyenda que casi diviniza a Hernán Cortés; su opuesta es la Leyenda negra que lo trata de genocida: rosa contra negro, negro contra blanco, la epopeya heroica contra la desublimación obligatoria, y viceversa.

El mito del "Big bang", expresión que acuñó despectivamente Fred Hoyle, es hoy nada más y nada menos que el modelo cosmológico dominante. La importancia del relato es enorme y trágica, porque los mitos nos configuran, porque con ellos interiorizamos el proceso social de comunicación como identidad diferenciada, un yo particular, religioso, nacional, deportivo, intelectual... Los mitos formalizan almas, identidades sin las cuales nos sentimos inseguros, como si fuéramos nadie o nada valiésemos. Kostas Axelos aludía a nuestra esencia artificial y biográfica mediante una breve fábula: En una playa mediterránea, los padres de un centauro contemplan a su hijo que corretea por la espuma de las olas, saltando alegre por la orilla. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta: "¿Debemos decirle que es un mito?".




¿A qué edad debemos desilusionar a nuestros hijos revelándoles que los niños no los trae una cigüeña de París y que los Reyes Magos son los padres? Porque los mitos movilizan: el héroe troyano, el caballero cristiano, el Che revolucionario, el Atlas emprendedor, el ecologista aventurero... Por suerte y por desgracia es también el mito fuerza viva que justifica privilegios, desigualdades sociales, deberes, obligaciones (Malinowsky), porque todo mito conlleva una carga emocional considerable. Ese es su poder sobre la masa, que destila experiencias psíquicas comunes, experiencias reales o fantásticas, ilusiones, esperanzas, ideales mezclados con temores, filias mezcladas con fobias (ambivalencia de los sentimientos).

La frontera o distinción entre logos y mito, que enseñan los profesores de filosofía en las escuelas, es porosa, borrosa y en gran medida arbitraria. Grandes ideas que pasaron por científicas se revelaron mitos con el cambio de paradigma epistémico, como el del éter, quinta-esencia de la que, según la física aristotélica, estaban hechas las estrellas "eternas". Tal fue el caso del Psicoanálisis, que pasó por ciencia y hoy se nos ofrece sobre todo como repertorio de mitos literarios: el complejo de Edipo, el de Electra, etc., incluso se transfigura en una mística comunicada a los iniciados por abstrusos maestros mediante una jerigonza esotérica o una vanilocuencia obscurantista.

Los mitos admiten nuevas versiones, se maridan unos con otros como un conglomerado heredado de diversas fuentes, judeo-europeas, greco-romanas. La Virgen cristiana absorbe advocaciones paganas propias de la Gran Madre, Atlas deviene San Cristóbal... Por eso el pansexualismo freudiano y ateo puede acabar hibridando con mitologías orientales y budistas hasta producir nuevas religiones "new-age", que a su vez hallan su crédito en política y alcanzan valores de cambio en el mercado o en la vasta literatura de autoayuda. Más que adhesión o reprobación, todos los mitos merecen análisis, examen crítico y cierto desdén irónico, humorístico.

San Cristóbal (Dibujo de IA Gemini)

La "obscura propensión al mito", que decía padecer mi tocayo el poeta Gil de Biedma, parece acentuarse con la edad. Aristóteles reparó en ello. Los abuelos nos volvemos más amigos de los cuentos todavía que los filósofos, especialmente las abuelas, que en todas las edades sacaron partido de las fábulas con moraleja... Y es que cada poética desarrolla su propia mitología: luna lorquiana, claro de bosque zambraniano, río de Jorge Manrique, laberinto borgiano, escarabajo kafkiano... Los críticos hablan de mitologemas, es decir: motivos estructurantes o símbolos capitales de tal o cual autor, que podríamos incluso elevar como categoría a los "eones" estéticos concebidos por Eugenio D'Ors y que obran como principios constructivos de lo barroco o de lo clásico... Casi todas las épocas celebran poéticamente el mito de la belleza efímera de la rosa y advierten de su muerte pronta (el mito o lugar común del Carpe diem)... Los mitos pueden ser también interpretados como tópicos, útiles como presupuestos de argumentaciones retóricas: la grandeur francesa, la gracia de la bailarina gaditana, la codicia del catalán, la pereza del andaluz, el racionalismo obtuso del alemán, etc..., son mitos, positivos o negativos, eficaces como generalizaciones arbitrarias en discusiones sofísticas.

La misma superioridad del hombre, esa supuesta dignidad que nos hace merecedores de derechos y sujetos de obligaciones, incluso cuando no estamos en condiciones de cumplirlas (el bebé, el anciano), ¿es otra cosa que el co-relato de la especial creación del humano organizada por Yavé o por Zeus? La dignidad humana sólo admite justificaciones mito-poéticas. Y de ellas dependen, ¡nada más y nada menos!, que el respeto universalizable a los derechos humanos, único límite que impide que caigamos en un relativismo anómico del todo vale o del nada vale, es decir, en brazos del nihilismo autodestructivo.

Como vio Kant, tales justificaciones son imprescindibles y racionalmente exigibles en la práctica, y van por delante como empentas de la razón en su uso ético. Es esa libertad creadora asociada a la irrealidad asombrosa del mito lo que nos eleva por encima de la simple animalidad. Se trata de una justificación "irreal" (como diría Enrique Pajón), esto es, ideal pero verosímil y creativa, que a veces demanda garantía de antigüedad y santidad.

El pensamiento mágico y el mito tienen un gran valor biológico porque asocian emociones, imágenes, ideas, bajo la tiranía del deseo y bajo el imperio de las pasiones. Los mitos son algo más que meras leyendas. Hay cuentos con fondo de religión y religiones con fondo de cuento. Malinowski explica que el mito es una pragmática carta de validez de la fe, ingrediente vital de la civilización humana, laboriosa y activa fuerza y, desde luego, razonablemente interpretado, sabiduría moral. 

También ciencias hubo y hay con cara de mito, incluso infernal, como "el demonio de Laplace", símbolo del determinismo más extremoso, feo e irresponsable. La misma consigna de desmitificación universal en nombre de la ciencia es un mito. Por consiguiente, su valor es también un peligro. Como se ha visto históricamente, el mito anarco-rusoniano del buenismo fraternal propone merienda campestre y vegana, pero acaba en gulag, en tormenta y aullido. 

Por eso cabe y es de agradecer la superación epistemológica del mito. Nadie en su sano juicio puede sostener hoy el terraplanismo sin dar muestras con ello de una obcecación insensata; nadie debe hoy pretender que la mujer está necesariamente "impura" durante la menstruación, dando a esta impureza un valor mágico que nada tiene que ver con la higiene y sí con el desprecio machista a las funciones biológicas del sexo femenino.

La explicación científica manda al mito de vacaciones. Explicado, desencantado. Hay quienes piensan que con ello pierde el mundo su belleza... ¡No necesariamente! La misma ciencia añade belleza y misterio al mundo. Además, son las cosas las que admiten explicación; las cosas se explican, pero cuando tratamos con "personas" (esos mitos éticos) todo se complica. El mito no explica; hace algo más relevante: representa, expresa, orienta, conforma, consuela, ilumina, advierte... ¡y más peligroso!, porque también motiva, ilusiona, divierte, distrae, emociona, inflama, hipnotiza, subyuga, seduce... En función de fines loables se puede caer en lo más abyecto. En nombre de la igualdad o de la libertad se han comentido crímenes abominables. En cualquier caso, no es casualidad que "la maga Diotima" revelase a Sócrates secretos fundamentales sobre el Eros "en el tono ligero del mito".

Las filosofías de la sospecha o teorías de la infraestructura y la superestructura, que pretenden explicar la cultura como reflejo de la produccion o de la reproducción, como mero espejo más o menos deformado de relaciones sociales de poder, reducen lo superior y hermoso del ente al mito de una violenta tragedia animalesca, sea por compulsión hedonista, conato sexual o lucha de clases. El vitalismo nietzscheano, el economicismo marxista y el pansexualismo freudiano son reduccionismos inaceptables, cuando no se convierten en el lecho de Procusto de ideologías totalitarias.

El horror, la nostalgia, la esperanza, la vergüenza, el miedo..., tales son las especias con que se adoba el relato simbólico que expresa su mejor forma en la tragedia antigua o en la novela moderna. Toda poesía propende al mito, la poética realista lo acompaña, melancólica o angustiada en su caída. Es el desasosiego del descreimiento de Fernando Pessoa; una duda doble, pues añade al "no sé nada" de Sócrates el "no sé si sé algo" de Francisco Sánchez el Escéptico, que es como la duda de la duda con que ironizó el maestro Juan de Mairena de don Antonio Machado. Mairena animaba a sus escuchantes a esforzarse por imaginar, en lugar de lo que está mal, lo que está bien, y en lugar de lo bueno, lo mejor. "Y partir siempre de lo imaginado, de lo supuesto, de lo apócrifo; nunca de lo real", la cuestión es ir de la poética a la filosofía y de la filosofía a la poética, "de lo uno a lo otro, en esto como en todo" (JdM, XXIII). 

Recordemos: subyace en el mito 
como en batea de oro 
noble metal de origen misterioso
y con destino trágico.

Más nos vale profundizar en la razón del mito para disfrutar de su lección. Si no lo hacemos, despreciamos también el mito de la razón. 

"Donde no hay dioses, imperan los demonios" --decía Novalis. 

domingo, 19 de octubre de 2025

ENVIDIA

Alegoría de la envidia. 
Jacob Mathan, Las siete virtudes y los pecados capitales (1593)

Se dice que la envidia es pecado capital de los españoles, su vicio o defecto dominante. La peor de las envidias, y de los rencores injustificados, es la que prefiere el mal ajeno antes incluso que el bien propio, es el caso no insólito del tipo o la tipa con pocos recursos que prefiere ver al rico mendigando antes que a sí mismo con fortuna sobrada.

Dudo mucho que se pueda hablar de "envidia sana"; la verdadera "envidia sana" sería la admiración, que es precisamente lo contrario de la envidia, es decir, la celebración y alegría por el bien ajeno. Pocos entre nosotros se toman la molestia de admirar el talento o el trabajo bien hecho, antes bien la excelencia del prójimo despierta recelos. Sucede también con la belleza. "¡Todos iguales!", grita el bajito, deseando que los altos pierdan piernas. "Recuerda –escribe Trapiello en su Diario–: la envidia se presenta siempre con otro nombre, es muy astuta".

Esopo ya denunció la envidia con su fábula de la graja y el pavón, que también adaptó Dante. Aquí recreó en el español actual lo que escribió Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (c.1283-c.1350) en el Libro de buen amor:

 << HABLA EL ARCIPRESTE DEL PECADO DE LA ENVIDIA


Era pura envidia, en el mundo no hay tanta,
con los celos que tienes todos se espantan,
si tu amigo canta: ¡Enseguida ya cuánta
tristeza y sospecha tu corazón quebranta!
Los celos nacen siempre de tu pura envidia,
temiendo que a tu amiga otro la solicita:
por esto estás celoso y triste con rencor,
sufres por celos y el bien ajeno te causa dolor.
Desde que los celos viste en ti arraigar,
lamentos y corajes te quieren ahogar,
de ti mismo ni de otros nada agradeces,
el corazón te salta, ni descanso mereces.
Con celo y sospecha a todos aborreces,
disputas con todos, sin sosiego enflaqueces,
buscas malas peleas, hallas lo que mereces,
te sucede lo que acaece en la red a los peces.
Entras en discordia de la que no puedes salir,
adelgazas sin fuerzas, no te puedes resistir,
ni la puedes vencer, ni lejos de ella huir,
te estorba tu pecado, te hace allí morir.

Por envidia Caín a su hermano Abel
lo mató; por eso está en infierno aquél.
Jacob y Esaú por la envidia d'él
le robó la bendición, fue por rivalizar con él.
Fue por la envidia mala nacido Jesucristo
Dios verdadero y hombre, hijo de Dios muy querido,
por envidia fue preso, y muerto y derrotado:
en ti, Envidia, no hay bien ni visto ni hallado.
Cada día todos por codicia porfían,
con envidia y celo hombres y bestias lidian
y donde tú estás, los celos herirán,
la envidia los trae, envidiosos los criarán.
Porque tiene tu vecino más trigo que tú paja,
por tu mala envidia le difamas en la plaza,
así le injurias por llevar ventaja,
como con el pavo real aconteció a la graja... >>



<< EJEMPLO DEL PAVÓN Y LA GRAJA

La corneja al pavón le vio hacer la rueda,
y dijo con gran envidia: "yo haré cuanto pueda,
por ser tan hermosa" --¡qué locura pensada:
la negra por ser blanca contra sí exasperada!--.
Peló todo su cuerpo, su cara y cejas,
de péndolas de pavón vistió nueva pelleja,
tan hermosa se veía que se fue para la iglesia:
eso hacen algunas que hizo la corneja.

Graja empavonada, como pavón vestida,
viose bien pintada, y fuese enloquecida,
a los suyos desprecia desagradecida,
entre pavos reales anda, muy ignorada.
El pavón en tal hija espantado se fija,
vio el mal engaño y la color postiza,
pelóle toda la pluma y la echó al carrizo,
más negra parecía la graja que el erizo.

-- Así con tu envidia haces a muchos sobrar,
pierden lo que ganaron por lo ajeno cobrar,
con la envidia quieren por los cuerpos quebrar,
no hallarán en ti sino todo mal obrar.

-- Quien quiere lo que no es suyo y busca otro parecer
con algo de lo ajeno ahora resplandecer,
lo suyo y lo ajeno todo se va a perder,
quien se tiene por lo que no es, loco es, va a perder. >>

Nota

Más sobre la envidia y sus emblemas:
https://barzaj-jan.blogspot.com/2015/04/la-envidia.html



viernes, 11 de abril de 2025

REBELDÍA

 

El diablo de Leonora Carrington, Arcano XV del Tarot

Para Miguel Florián

Llevo a gala el haber sido un adolescente rebelde, aunque creo que lo fui de palabra y gesto, más que de obra u omisión. Protestaba, pero obedecía; renegaba, pero consentía. Es cierto que quise ser un alma de las que buscan desembarazarse de toda atadura familiar, moral, religiosa y hasta patriótica y matriótica; de hecho me desteté con gusto porque no quise deberle nada a nadie, ni siquiera a una madre, ¡qué insensato! Y qué ingratitud.

Sí, idolatré la soberbia del cínico antiguo, su autarquía feroz, su soledad indomable, y hubo un tiempo en que mis pocas pertenencias cupieron en un hatillo. No llegué a ser antisocial, pero coqueteé con el anarquismo, más que con los anarquistas. Me las di de ácrata, hasta que comprendí la necesidad de la autoridad bien entendida y del sentido del orden, implícito en cualquier lógica y necesario para cualquier preservación de la vida: 'Guarda el orden y el orden te guardará a ti' –este acabó siendo mi lema. 

***

Mi amigo el poeta Miguel Florián admira al Ángel anarquista, Luzbel, o Lucifer, el portador de luz, espíritu rebelde que no quiso servir al Padre eterno. Piensa –y en esto no se equivoca– que su pecado fue la soberbia (hybris) y que esto, el creerse Dios e incluso mejor que dios, es el peor de los pecados mortales. Creo que por culpa de la soberbia fuimos expulsados del Paraíso de las bestias. ¿No va la soberbia unida muchas veces al ansia de conocimiento y esta al deseo de dominio? Adán nombró para dominar. Eva fue la primera filósofa. ¿Y quien, sino Dios, es el gran Dominador del universo?

Con motivo, Florián le reconoce al Ángel Caído segura grandeza trágica e indudable belleza gesticulante: non serviam, no serviré. De vez en cuando, Miguel le rinde pleitesía a la estatua de Bellver que luce en el Retiro madrileño. Allí canta, como una oración, algunos de sus versos, verbigracia: "Ángel desnudo, mujer inacabable, / demonio mineral que llevó hasta mis labios / el fruto más sabroso, la delicia / ardiente de su beso".

¡Qué pena que las lustrosas alas arcangélicas de Belial que abrazaban mundos devinieran negros pellejos de vampiro en el Príncipe de las Tinieblas. ¡Al diablo generador de discordias, ni nombrarlo!; el portador de luz devino Satán de los infiernos tenebrosos, rey de las obscenas obscuridades inconscientes, tan irreconocibles. Hoy juega a que pensemos que no existe, que el mal es hijo del trauma, simple carencia o mala educación, pero encarna en muchos que mandan y desgobiernan.

***

Tengo para mí que hay una rebeldía sana y otra mórbida. La saludable es la que se esfuerza por liberarse de aquellas presiones externas e internas que impiden que realicemos nuestra vocación y expresemos en obras nuestro talante aranguniano o tono vital; rebeldía como superación de lo que nos desmoraliza. Esta nos permite renovarnos y avanzar hacia lo nuevo aunque sea desconocido y riesgoso, pues nunca sabremos si la Serpiente miente y el fruto de la Ciencia del Bien y del Mal es alimenticio o tóxico.

Al rebelde valeroso le gusta lo diferente y se aventura explorando lo auténtico. Busca realizarse o autodefinirse pero no sólo mirándose el ombligo, sino en relación a lo histórico, lo natural, lo social, las exigencias de solidaridad, la llamada de la Madre o la solicitud del Padre; atiende a la idea de lo perfecto, bello, bueno, justo, divino... Esta rebeldía suya es despliegue de la platónica virtud cardinal de la justicia, que implica templanza, prudencia y coraje cívico. Es por fuerza de libre arbitrio y firme voluntad, nuestro saludable rebelde, hombre o mujer templados, que anhelan lo mejor pero no desprecian lo que hay. Desean un mundo más justo, pero no son justicieros. Buscan una nueva armonía armonizándose porque son conscientes del desajuste entre el reino del ser y el reino de la gracia, entre la naturaleza de las cosas y el horizonte ineludible del deber ser.

El buen rebelde no rompe ni destruye, sino que (se) reforma decidiendo por cuenta, reflexión y decisión propia, según el principio ilustrado 'sapere aude'. Las respuestas que da al medio, el modo en que se apropia la circunstancia le permiten avanzar en su misión vital sin fastidiar las faenas de otros. No es un arreglamundos, porque es consciente de su menesterosidad; se conforma con mejorar significativamente su entorno. Es un rebelde cotidiano y acaba por no llamar la atención, por pasar desapercibido como un héroe de Epicuro, entretenido en su huerta y biblioteca, también hace amigos.

Por el contrario, el rebelde inarmónico, al que Platón llamaría "díscolo" por su mala leche, se parece demasiado al resentido, al acomplejado. Es inconformista por egóico, tal vez por narcisismo o por imperdonable egoísmo. Ha creado una cárcel o cerco de prejuicios y prevenciones en torno suyo ("Círculo que no se pasa") que lo aísla, y no sale ni en sueños de su disgusto con la realidad. Da igual lo que ocurra, para su complejo psíquico (ese yo que pugna por hacerse con toda su personalidad y que, cuando puede, se las da de "personaje") todo está mal. Este rebelde es nihilista convencido. No hay verdad, todo es mentira. Por lo mismo que él es malicioso, piensa que todo el mundo miente; menos él, claro. Su rebeldía desvaría tal vez en paranoias. 

Puede que a veces, este desconfiado patológico y quejica incorregible se percate de que también hay verdad, bondad y belleza en este mundo, aquí y ahora, pero de inmediato, su complejo le advierte en sofisma recurrente y circular que la gente es mala y el sistema un dechado de vicios. Por eso el mal rebelde, que suele haberse criado en la cima del sistema, es antisistema, lo cual no le impide exigir el beneficio del sistema para él, y para los que comulgan con sus dictámenes, todos los días del año. No contruye respuestas factibles ni pone el hombro para cargar con reformas. Su acción consiste en la queja incesante, en nombre propio y de otros a los que pretende liderar y someter. Como su rebeldía es violenta pero perezosa, prefiere la destrucción a la construcción, porque aquella cansa menos.  

En este rebelde odiador, amargado y descontento, no hay la menor voluntad de encuentro con el que piensa o actúa de otra manera que él mismo. Ni olvida ni perdona. Su rebeldía es despiadada, una máscara de la intolerancia. Es doctrinario y dogmático y, si pudiera, mandaría al disidente de su evangelio bien al gulag, bien al infierno.

lunes, 3 de junio de 2024

CONATO

 



Por conato entienden los diccionarios el inicio de una acción que se frustra antes de llegar a su término. Nos parece perfecta esta difinición para atribuir "conato" a la faena siempre incompleta de existir como vivientes. No iré tan lejos, ni pintaré tan negra nuestra condición, para decir con Sartre que el humano es "una pasión inútil". No sabemos qué se juega el Señor del Todo en la vida de sus súbditos, ni siquiera si hay Señor o diseñador de lo enigmático e inmenso universal.

Sin embargo, es evidente que no hay vida que podamos considerar completamente acabada ni plena. Acabaremos nuestros días en este mundo dejándonos tareas inconclusas, amores perdidos, experiencias amagadas, libros por leer, maravillas por ver, verdades por descubrir, amigos por hacer... El gran Kant tuvo conciencia de la infinitud de la tarea moral y por eso postulaba, esperanzadamente, la posibilidad de un más allá. Pero cualquier destino ultramundano para el alma o el espíritu es poco probable e incierto. Así que nos agarramos a esta vida como a clavo ardiendo, arrastrando cada uno su cruz como el viejo de la estampa el haz de leña.

Ese conato, ese impulso interno de autoconservación y persistencia en la existencia fue para el filósofo Baruch Spinoza nada más y nada menos que la expresión de la naturaleza divina.

 El apego a la vida, el instinto de supervivencia o conatus, incluso el apego a una vida miserable, lo expresa con gracia inmortal Samaniego en una de sus fábulas: EL VIEJO Y LA MUERTE.


Entre montes, por áspero camino,
tropezando con una y otra peña,
iba un viejo cargado con su leña
maldiciendo su mísero destino.

Al fin cayó, y viéndose de suerte
que apenas levantarse ya podía
llamaba con colérica porfía
una, dos y tres veces a la Muerte.

Armada de guadaña, en esqueleto
la Parca se le ofrece en aquel punto;
pero el viejo, temiendo ser difunto,
lleno más de terror que de respeto,
trémulo le decía y balbuciente:

"Yo... señora... os llamé desesperado;
pero... - Acaba; ¿qué quieres desdichado?
- Que me carguéis la leña solamente."

Tenga paciencia quien se cree infelice;
que aún en la situación más lamentable
es la vida del hombre siempre amable:
El viejo de la leña nos lo dice.

En Spinoza, éticamente, el conato expresa el esfuerzo de cada ser para mejorar su condición, aumentar su poder, mejorar su excelencia haciéndose con las virtudes (buenas costumbres). Al conato o conatus podríamos llamarlo más rastreramente apetito. Percibimos, sentimos y apetecemos como seres vivos. Según Spinoza, los afectos positivos aumentan nuestra capacidad de actuar y -por decirlo así- fortalecen el conatus. Cree Spinoza que el conatus de cada individuo y cosa es parte del poder infinito de Dios para existir y obrar.

Como Spinoza, también Thomas Hobbes identificó el conato con la pasión que precede a la acción, pensando además que podría medirse. Esfuerzo, impulso, fuerza activa, cobran en filosofía un sentido metafísico, como el élan vital de Bergson.

Leibniz, por su parte, otorgó gran importancia al conato al afirmar que las mónadas poseen un principio de acción, lo que le permitió desarrollar una concepción dinámica de la realidad. Afirmó el alemán que lo que en el cuerpo es conato en la mente es afecto. Define el conato como "la acción de la que se sigue el movimiento si nada lo impide" (1). Leibniz tomó la definición de conato de la física de su tiempo y la trasladó a la psicología. 

En 1671 define la voluntad como "conato del que piensa" y en una carta a Arnauld del mismo año insiste: "el conato de la mente, esto es, la voluntad". Para Leibniz, la armonía es composición de conatos. La fuerza activa de los cuerpos envuelve un conato o tendencia a la acción. Y añade que en esto consiste propiamente la entelequia (ἐντελέχεια). La fuerza activa es doble: primitiva y derivativa, es decir, sustancial o accidental. A la primitiva la llamó Aristóteles ἐντελέχεια ἡ πρώτη (enteléjeia hê prótê), forma sustancial, principio natural que junto con la materia o fuerza pasiva constituye la sustancia corpórea, que es por sí misma una (2).

Esta entelequia-conatus es o bien alma o bien algo análogo al alma que obra sobre un cuerpo orgánico que sin ella no sería sino una máquina. Por su parte, la fuerza derivativa es lo que algunos llaman impetu, es decir, conato por que se modifica la fuerza primitiva o principio de acción. El conato es la fuerza futuriza o que tiende al futuro. Todo cuerpo tiene conato, es decir "el impulso (nisus) a cambiar de lugar de modo que el estado siguiente al actual se sigue por si mismo, por la fuerza de la naturaleza" (3).

Leibniz consideraba que las almas y en general las sustancias simples son indestructibles por medios naturales y sólo pueden comenzar por creación o por aniquilación. La muerte no es corte de guadaña, sino "envolvimiento" de formas sustanciales.


Notas
(1) G. W. Leibniz. Escritos filosóficos. Ed. Ezequiel de Olano, 2003, pg. 156 y nota 86.
(2) Ibidem, pg. 104.
(3) Pg. 566.



martes, 4 de julio de 2023

TEOLOGÍA

Cristalización JBL, 2020

 He conocido a varios teólogos, algunos versados también en física o geología, otro se ganó la vida como periodista; otro, alemán, estuvo emparejado con una traductora de Machado a su idioma... Mentes inquietas.

Más allá del pathos nihilista al uso, el filósofo germánico Peter Sloterdijk pretende recuperar el pluralismo premetafísico de las ficciones del mundo, aun admitiendo el parte vitalista o antropocéntrico de defunción de Dios, el "Dios ha muerto" nietzscheano; es decir, parafraseando a Sloterdijk: La esfera Uno, que integraba los absolutos Poder, Verdad y Bien, ha implosionado, pero quedan "las espumas que viven", o sea "nuevos ideales que vuelen más discretos" e incluso que resulten menos peligrosos, menos fanatizantes.

Pienso que Juan Huarte de San Juan en su Examen de Ingenios (Baeza, 1575) acertaba al afirmar que la mera consideración de las cosas divinas y celestiales, de los grandes ideales de Bondad y Justicia, nos elevan y al elevarnos hacia "lo celestial" nos hacen mejores. La Teología, el estudio pormenorizado de los avatares de lo sagrado o el análisis del concepto de lo divino, que no tiene por qué ser la idea de una superpotencia patriarcal ni la de un tirano monoteísta que justifica formas sectarias de violencia contra la mujer o el infiel, tiene un valor humanístico. El gran poeta y erudito Robert Graves dedicó muchas de sus fatigas investigadoras al estudio de la Diosa blanca mediterránea. Nuestras Vírgenes y sus romerías son el resto de aquellos cultos a divinidades fértiles. No se olvide que en el cristianismo más ordotoxo, e incluso en otros menos "católicos", Dios tiene Madre.

Además, muchas casuísticas metodológicas y heurísticas, concebidas como auxiliares para la resolución de contradicciones teológicas, han acabado sirviendo para afrontar problemas jurídicos, éticos o de otro tipo. De hecho, independientemente de que la prueba llamada a priori u ontológica de San Anselmo sea eficaz para mostrar la necesaria existencia de un Ser Perfecto o la perfecta existencia de un Ser Necesario, es verdad que compromete grandes cuestiones de lógica y ontología. No extrañe que algunos filósofos le hayan dedicado a esta prueba 'adversus insipiens' o "contra el ateo que dice "en su corazón" Dios no existe", espesos y rigurosos tratados. 

Lo mismo podría decirse de las famosas Vías de Tomás de Aquino, que no fueron concebidas como pruebas definitivas de la existencia de Dios -ni mucho menos del Dios trinitario y personal cristiano- sino como "itinerarios de la mente hacia Dios"... Reconozco mi debilidad por la Tercera Vía, la prueba que parte de la contingencia de todos los entes que percibimos y que ha merecido en nuestros días la crítica de un físico de altura como el británico Paul Davies.

Pensando en una disciplina tan aparentemente fuera del juego mediático y de los enredos biosofísticos como resulta hoy la Teología, me ha llamado la atención un texto del premio nobel Hermann Hesse, de su novela Bajo la rueda, cap. II: 

"En la teología ocurre igual que en otras cosas. Existe una teología que es arte y otra que es ciencia o que al menos se esfuerza en serlo. Así fue en la antigüedad y así es ahora, y siempre han escanciado los científicos el viejo vino en los nuevos odres, mientras los artistas, sin cuidado para algunos errores exteriores y perseverantes en sus concepciones, han sido el consuelo y la alegría de muchos. Es la vieja lucha desigual entre la crítica y la creación, entre la ciencia y el arte, en la que aquélla tiene siempre la razón sin que nadie saque de ello provecho y en la que ésta lanza al aire la semilla de la fe, del amor, del consuelo y de la belleza, hallando siempre la buena tierra donde fructifica. Pues la vida es más fuerte y la fe más poderosa que la duda"



lunes, 10 de abril de 2023

MUERMO

 



Distinguía Helijondo entre un aburrimiento de lluvia y otro de sol. El de lluvia conduce a estados somnolientos, lánguidos; el de sol, enerva, exaspera. El muermo de alcohol, que acompaña a la resaca, se parece al tedio de sol; el de la yerba y drogas afines al tedio de lluvia. Las drogas, después de la euforia, aburren y consumen. Como todo.

Tampoco es lo mismo el fastidio del campo que el esplín de ciudad. El del campo no pincha. Podríamos decir que el tedio al aire libre, paradójicamente, embrutece menos. En una estación de ferrocarril, en un aeropuerto, en un gran hotel, el aburrimiento puede incluso enfurecer cuando acompaña a la frustración de enterarse que no se puede llegar a ninguna parte, y sobre todo al darse cuenta de ello.

La inactividad amuerma a quien se gana la vida con actividades físicas o absorbentes. Para el que ama su oficio o sus negocios, la vacación puede ser un pozo sin fondo. 

Hay gente que frecuenta los cafés y los bares para aburrirse o aburrir a otros. Aburrirse -no se crea otra cosa- es de por sí un lujo que acompaña a la sociedad del bienestar y propio de los ricos más inútiles. Es raro que los pobres se aburran. No pueden. 

Para combatir el aburrimiento, los caballeros ingleses inventaron el sport, que luego ha devenido fiebre universal, higiénica manía y espectáculo de masas, además de fantástica ocasión para comprar y vender lo no necesario.

También cabe que el aburrimiento sea para una persona muy ocupada algo dulce, como una droga o un analgésico que se consume ocasionalmente, como una cura de sueño (también hay sueños aburridísimos). 

La gente joven suele aburrirse con más facilidad que los viejos, y soporta los parones y el muermo de la vida mucho peor. Es natural, porque para los viejos "el tiempo se precipita / como una piedra en su caída / ganando velocidad", como cantó el poeta un tanto prosaicamente, es decir con sabiduría de viejo que no conoce en persona el aburrimiento, es decir que sigue amando. 

En realidad a los viejos no les queda tiempo ya ni siquiera para aburrirse; le temen al tiempo porque los mata; así que ellos ya no intentan matar el tiempo como hacen muchos jóvenes. Son víctimas más que verdugos de ese orden de la sucesión que no sabemos qué es ni por qué ni para qué existe. Sólo que su río nos arrastra y ahoga.

Puede que Baroja tuviera razón al decir que a partir de los treinta el aburrimiento ya no angustia. Yo diría que hoy más bien eso sucede a los cuarenta o a los cincuenta, porque en general envejecemos más tarde y mejor. Para el autor de LAS HORAS SOLITARIAS, el aburrimiento es "la tristeza de las fuerzas no empleadas". Yo diría más bien que es el fastidio o el muermo de las fuerzas e ilusiones consumidas.

Para saber más sobre el aburrimiento, la desidia y sus motivaciones humanas..., 

cfr. "El mal sin forma"