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domingo, 22 de diciembre de 2013

Filósofo

Rembrandt. El filósofo meditando

El filósofo siempre ha resultado incómodo al poder establecido. Dicen que Zenón de Elea, fundador según Platón de la dialéctica (o sea de la lógica y arte de intercambiar razones), tras seccionarse la lengua con los dientes, se la escupió al tirano que le ordenaba callar sus fechorías. Platón, el inventor de la filosofía en sentido estricto (distinta de la física y la sofística), fue vendido como esclavo y secuestrado por los dos tiranos de Siracusa: Dionisio padre y Dionisio hijo.

Como ni los tiranos ni los sofistas (tertulianos, publicistas, propagandistas, políticos, intelectuales orgánicos, demagogos, saltimbanquis mediáticos, etc.) soportan la ecuanimidad del filósofo, suelen acusarle de inútil u oscuro.

Por otro lado, la interpretación reductivamente técnica de la ciencia desprecia el valor ético y hemenéutico (interpretativo) que la filosofía aporta al saber y a la orientación de la conducta en general.

miércoles, 3 de julio de 2013

TRASCENDENCIA


Algunos piensan, cuando leen o escuchan la palabra "trascendencia", en eso que solemos llamar "el sentido de la vida". Recuerdo una película de los Monty Phyton con este mismo nombre. Yo mismo he pensado una y otra vez en lo mismo, "¿y quién no?", se preguntará el lector. Es verdad, no creo que exista humano que pasando de los cinco años no se halla hecho esta pregunta alguna vez; incluso para ciertas psicologías es una cuestión que abruma por lo repetitiva a lo largo de toda la vida. También está la superficialización de la cuestión que se manifiesta, sin ir más lejos, en la formulación de esta pregunta en cualquier entierro. Pregunta que va seguida de una silenciosa complicidad en el grupo, como si todos supieran que de esas cosas, como de las costumbres sexuales, mejor no menearlas porque son insondables.



Actualmente estoy convencido, aunque no intento convencer a nadie solo expresarme, que buscar "el sentido de la vida" más allá de las relaciones humanas... no tiene ningún sentido. Sería equivalente a preguntarse por el aroma de un triángulo, o por la justicia subyacente en el orden planetario de nuestro sistema solar.

Me explico. Hay productos humanos que lo son claramente; pongamos por caso un coche. Otros son productos más etéreos, en el sentido de que hay que pensar un poco para descubrir su origen puramente humano: el matrimonio podría ser un caso, ya que este hecho, o cosa, o relación tipificada en el código civil, es algo que se parece al "emparejamiento" pero que tiene marcadas diferencias con esta otra clase de relación; los zoólogos que hacen documentales a veces pecan de antropomorfismo cuando muestran las relaciones estables entre macho y hembra en diversas especies animales.

Y por último existen una clase de productos fabricados por el hombre que tienen la peculiaridad de parecer "naturales", y que por lo tanto son previos a la existencia de nuestra especie y probablemente también existan una vez que hayamos desparecido del universo. La justicia, o mejor dicho el concepto de "lo justo" podría ser un buen ejemplo.

Las religiones son, normalmente las encargadas de transmitir esta idea, sea en su forma judaica: un Dios que premia con la vida eterna a quienes se comportan justamente en su paso por la vida; o en su forma budista, un karma que se transmite más allá de los organismos vivientes individuales y que está orientado por la justicia de sus comportamientos.

Sobre el karma se puede teorizar mucho, y llegar a sutilezas teologales que casi nadie comprende, pero al ponerlo como ejemplo me baso, más que nada, en la visión popular (común en los países budistas) dónde el que las hace, las paga, aunque sea en otra vida.

Pues bien, la "justicia" no es otra cosa que un producto humano; fuera de nuestra especie no tiene el menor significado, y por lo tanto la idea de una naturaleza justa. o un proceso de causa-consecuencia basado en ésta, resulta un sinsentido tal como aquel triángulo aromático que he mencionado más arriba.

El mismo hecho de que esta afirmación resulte polémica para algunas personas sirve para demostrar, según lo veo, que algunos productos humanos son tan sutiles que ni siquiera parecen humanos; es decir que son inmanentes al universo y que nuestra especie solo interviene en su descubrimiento.

La "trascendencia" es la operación mental que hacemos con algunos productos nuestros para situarlos más allá de la especie. Surgidos de nuestro cerebro humano, imaginamos que están fuera de nuestro control y que por lo tanto sirven al igual que las estrellas lejanas, por su relativa inmovilidad, servían a los navegantes para orientarse en las noches oscuras y sin luna.

En pocas palabras: "el sentido de la vida" sólo tiene sentido en tanto lo charlamos con nuestros compadres, más allá o más acá carece de significado. Esta cualidad lo convierte en un tema perfecto para divagar siglos y siglos contribuyendo, así, a la supervivencia económica y social de algunos miembros mejor dotados de nuestra especie para hablar y pensar en términos puramente abstractos. Naturalmente que su negación también forma parte del juego.

martes, 6 de julio de 2010

Duda



La duda es la filosofía puesta en marcha. Cuando ya no podemos creer, es obligatorio pensar. Pero es erróneo creer que podemos vivir sin creencias y una creencia equivocada: que todo pueda ser puesto en duda. Pensamos para formarnos nuevas creencias, más perfectas o refinadas que las anteriores en las que descreímos. Creencias en las que podamos residir, pues nos angustia no poder saber a qué atenernos.

Pensar no es sólo dudar. El pensamiento tbn. enuncia, persuade, demuestra, argumenta, explica…

Un escepticismo exagerado nos deja en el “todo vale” que acaba significando “nada vale”, o “todo es mentira”, que puede significar casi lo mismo que “cualquier opinión es respetable”. Los demagogos que conducen a la muchedumbre -a veces hacia el despeñadero- pueden incluso reivindicar el "derecho" a opinar lo que a uno le da la gana, como si eso fuese una libertad, pero quien opina lo que le sale de los huevos o le mana de los ovarios es esclavo de sus instintos más mendaces o de sus pasiones más locas, ensaya sacar lógica del oscuro azar de los genes, en vano. Es bastante tonto reivindicar el derecho a sostener opiniones viscerales, extravagantes o equivocadas. Y hay opiniones que no son nada respetables, que resultan despreciables u odiosas, como la opinión de que la mujer es inferior al varón porque procede de una costilla retorcida de Adán…

Ignacio Gómez de Liaño lo ha dejado escrito: “La duda es el estado anímico más congruente con la filosofía. De eso no parece que se deba dudar. Hacemos filosofía porque las cosas nos sorprenden… Pero sorprenderse es hacerse preguntas. Y hacerse preguntas es no estar seguro de tener un conocimiento efectivo” (Breviario de filosofía práctica, Spain 2005).

Si todo es mentira, también es mentira que todo es mentira. Si ninguna afirmación es verdad, ¿cómo se puede pretender que sea verdadera la tesis “nada es verdad”? “Todo es mentira”, o su equivalente, “Nada es verdad”, son autocontradicciones, asertos autoinvalidantes, modos de hablar que no nos llevan a ninguna parte.

Epicuro ya dijo casi todo al respecto: “Si rechazas todas las sensaciones, no tendrás siquiera el punto de referencia para juzgar aquellas que afirmas que resultan falsas” (Máximas capitales, XXIII. DL X, 139-154).

Pero, hoy, las sensaciones son la menor parte del problema del criterio para discernir lo verdadero de lo falso. Podemos recurrir a los aparatos de medición y a la técnica. Luego están las creencias. ¿Cómo discernir si estamos y cuánto estamos en lo cierto?

Y al fin, del todo, de la totalidad de cuanto existe, como decía Francisco Sánchez –no el hijo de la Lucía, sino el escéptico- “nada se sabe”, Nihil scitur.