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viernes, 10 de enero de 2025

ALMA

 



Hace casi veinticinco centurias, ¡ya son años!, Platón de Atenas nos advirtió de las nefastas consecuencias del materialismo: ciudadanos sin alma, deshumanizados, despiadados, desangelados, cínicos y nihilistas, ellos mismos creen que son hijos bastardos de la necesidad natural y del azar, como si al estallar la caja de tipos de una biblioteca pudiera surgir por casualidad el Quijote. Hoy como ayer, “casi todos los humanos, amigo mío, parecen desconocer el alma, cómo ella es y el poder que tiene…”, dejó escrito el Ateniense.

Esa alma es la psique. ‘Psyjé’ (ψυχή), según la pronunciaba y escribía Platón en su griego ático, término que parece haber significado primero mariposa y que puede traducirse también por mente o espíritu (el pneuma de los estoicos, ese “primer o último aliento”). Los pitagóricos atribuían psique a todos animales, también a las plantas pues consideraban el alma principio de vida e indudablemente las plantas son seres vivos como nosotros (en las que por cierto no falta la inteligencia, aunque carezcan de conciencia). Platón sigue a los pitagóricos, para él los materialistas –escribe- “desconocen que también nace el alma entre los seres primarios en los que gobierna capitalmente todo cambio y toda nueva ordenación de ellos”.

¿No será que el alma es anterior al cuerpo mismo? ¿No derivará la naturaleza del arte y de la inteligencia, precisamente, del alma, en lugar de derivar de una obscura y azarosa combinación de genes? Esto podría preguntarse hoy el sublime filósofo (cfr. Leyes 892ab). Esa palabra semi-olvidada, “alma” (mente, psique, espíritu, ánimo…), es definida por Platón como principio vivo de todo movimiento, porque el alma puede moverse y cambiarse y transformarse a sí misma. Es principio incluso de los movimientos del cielo y de todo el universo. En efecto, en su Timeo, Platón define al Cosmos como un ‘Pan empsyjón’, es decir, como un todo animado, o sea un ser con alma o, si usted lector amigo lo prefiere, el mundo es para Platón un inmenso animal viviente (‘anima’ es alma en latín, de donde “animal”). La figura del mundo como un enorme viviente del que formamos parte, como las bacterias forman parte de nuestro sistema digestivo, o como las neuronas viven en nuestro cerebro, sea o no cierta, da vértigo con sólo pensarla.

Hoy hay demasiados que cuidan obsesivamente de sus cuerpos con dietas, ejercicios gimnásticos, suplementos vitamínicos, prótesis, cirugía estética, etc. Y son precisamente los cuerpos lo que sabemos con toda certeza que se han de pudrir y cenizas serán. Esos mismos que rinden culto a sus cuerpos tal vez descuidan al presente sus mentes “parecen desconocer el alma, cómo ella es y el poder que tiene”… Temperamentos, caracteres, voliciones, razonamientos, opiniones verdaderas, prevenciones y recuerdos son para Platón anteriores a la longitud, anchura, profundidad y fuerza de los cuerpos. Y el alma, como causa principal, es anterior al cuerpo mismo, según concluye Platón… “pues el alma es causa de los bienes y de los males, de lo hermoso y de lo feo, de lo justo y de lo injusto y de la totalidad de los contrarios, pues la hemos puesto como causa de todo” (Leyes 896c-e). Si estas ideas platónicas no son verdaderas, merecen serlo, al menos como ideales reguladores y metas posibles. Se non è vero è ben trovato, como dicen los italianos. ¿Acaso no obedece el cuerpo lo que manda la mente? ¡Malo, si son los caprichos del cuerpo los que nos obligan y no la razón, “piloto del alma”, la que ha de gobernarnos como se debe!

Mikaela Vergara se apunta a nuestro estímulo por recuperar el alma en esta sociedad que a veces nos parece desalmada, y casi todos los días nos revela en Radio Clásica su valor e importancia en su programa Músicas con alma. Y es que si esta palabra “alma” desapareciese de nuestro uso vivo nos resultaría incomprensible una buena parte de la gran literatura, de la buena música, del pensamiento religioso, de lo que ha sido el pálpito de la vida humana y humanizadora durante milenios. ¡Cierto, bajo esta expresión y la de su hermana, la voz ”espíritu”, se han ocultado demasiadas cosas diferentes y a veces demasiado obscuras! Sin embargo, eso no disminuye su interés, eso no rebaja el precio de "alma", más bien al contrario, pues hay en cada palabra un germen, unas posibilidades e impulso del pensar, una potencia activa de enlace, por eso vale el alma como fuente de metáforas y motor de emblemas y de figuraciones artísticas. Y, además, hay en esta hermosa palabra una herencia, una fuerza de proliferación que viene de lo profundo, de las raíces, una energía ora poética, ora heroica, ora profética: el secreto, misterio y enigma de su sentido, el sentir del alma.

Con esa voz, “alma”, se ha apuntado -como nos recordó Julián Marías- a algo que no ocupa lugar aunque fluya en el tiempo, algo que se supone y adivina, que repele o enamora, porque –según cantó Gil de Biedma- también el amor es cosa del alma por más que el cuerpo sea el libro en que se lea. El alma de los seres vivos es algo con lo cual se cuenta, aún sin poder meterlo en un matraz; en el alma anidan las preocupaciones, ilusiones, frustraciones, odios, vergüenzas, gustos, amores…; “y si nos privamos de la palabra ["alma"], lo más probable es que perdamos de vista eso latente que tanto ha importado y quedemos súbitamente empobrecidos y condenados a un inquietante primitivismo” (J. Marías, La educación sentimental, Alianza 1995).

Jorge Manrique, poeta que nació en el adelantamiento de Jaén como ha demostrado el profesor Domingo Henares, allá cuando el sol de la Edad Media declinaba, predijo la diligencia que pondríamos en hacer nuestra cara corporal más hermosa “si fuese en nuestro poder”…

“Si fuese en nuestro poder / tornar la cara hermosa / corporal, / como podemos hacer / el alma tan gloriosa / angelical, / ¡qué diligencia tan viva / tuviéramos cada hora, / y tan presta / en componer la cautiva, / dejándonos la señora / descompuesta!” (Coplas por la muerte de su padre, XIII).

Recordemos que el Alma debe ser Señora como en la copla de Manrique, pues de la armonía de "la mente", nombre moderno del alma, depende directamente la salud del cuerpo. Cuando murió don Francisco Giner de los Ríos, Antonio Machado, que había sido discípulo suyo en la Institución libre de enseñanza le dedicó al "Maestro de maestros de la España contemporánea" una famosa elegía. En ella, el poeta hacía hablar al espectro de don Francisco… “Sed buenos y no más, sed lo que he sido / entre vosotros: alma.”

Hagamos caso del consejo, estemos atentos al maestro para este año 2025, y para los siguientes, los años y horas que las almas guardianas del mundo nos concedan.

"Alma, alma agitada en penas sin remedio;
oponle el pecho y firme aguanta su emboscada.
Y ni, al vencer, presumas largamente,
ni, vencida, te hundas en tu casa quejándote.
Ríe las dichas, llora los males, sin excesos:
comprende el ritmo que sujeta al hombre."

Arquíloco de Paros (680-645 a. C.),
traducción de Juan Manuel Macías.

domingo, 3 de abril de 2016

SOÑAR

"¿Qué es uno? ¿Qué no es uno?
Sueño de una sombra,
el hombre"

Píndaro


Uso el infinitivo "soñar" en lugar del sustantivo "sueño" porque este es ambiguo. Decimos en español "he tenido un sueño" y "tengo sueño" para referirnos a cosas distintas. Los franceses distinguen entre sueño como representación onírica, rêve, y el hecho de tener sueño, avoir sommeil, y cuentan con esa otra preciosa palabra, reverie, ensoñación, fantasía, ensimismamiento, que usó Rousseau en el título de uno de sus ensayos. 

Las tres teorías más plausibles sobre por qué soñamos pueden ser sintetizadas en pocas palabras:

  1. Para purificar la mente de deseos o impulsos inconscientes, eróticos o tanáticos (Freud).
  2. Los sueños son advertencias o llamadas de atención que el inconsciente hace a la conciencia y expresan los arquetipos de un alma común y primitiva (Jung)
  3. Los sueños son alcantarillas a través de las cuales nos libramos de la basura de la memoria durante el descanso de la conciencia (Francis Crick).
Dejo de lado la importante función cultural, premonitoria, de inspiración artística o de incubación científica o filosófica que han tenido históricamente los sueños. El lector curioso puede profundizar en ello leyendo el magnífico libro de Jacobo Siruela, El mundo bajo los párpados, que resumo en mi entrada Luz en las tinieblas.

***

Recogeré aquí un asombroso texto de Fernando Pessoa, del Libro del desasosiego (123), aunque en él, el gran escritor, bajo el apócrifo de Bernardo Soares, se refiere más a las criaturas del insomnio, que a las del sueño profundo. 

Explica el portugués que quien quiera contar con un catálogo de monstruos no tiene más que fotografiar lo que la noche trae a las almas insomnes: son como murciélagos que planean sobre la pasividad del alma o como vampiros que chupan la sangre de la sumisión...

"Son larvas del declive y del desperdicio, sombras que llenan el valle, vestigios que quedan del destino. Unas veces son gusanos, nauseabundos para la propia alma que los alimenta y cría; otras veces son espectros, y rondan siniestramente a nada; otras veces, también, emergen culebras de los antros absurdos de las emociones perdidas.
"Lastre de lo falso, no sirven sino para que no sirvamos. Son dudas del abismo, echadas en el alma, que arrastran arrugas somnolientas y frías. Duran humos, pasan rastros, y no hay más que el haberlo sido en la substancia estéril de haber tenido conciencia de ellos. Uno u otro es como pieza íntima de fuego artificial; chisporrotea un rato entre sueños, y el resto es la inconsciencia de la conciencia con que lo vivimos."

Y, desasosegado, concluye el poeta: 

"Cinta desatada, el alma no existe en sí misma".
¿Estamos hechos de verdad de esa sustancia etérea, la sustancia de los sueños -como dice Hamlet recordando los versos de Píndaro con que encabezo esta entrada? Y si somos sueños, ¿son propios o de Otro? 


τί δε τις; τί δ'οὔ τις; σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος 

Πίνδαρος


miércoles, 28 de octubre de 2009

Atención

No se ha reflexionado lo suficiente sobre el hecho de que la claridad e intensidad de conciencia de un objeto o de un sistema de relaciones dependa enteramente del grado de atención que les prestamos. No hay cosa, por pequeña que aparezca, que no revele su inmensa e infinita magnitud para el análisis o para la interpretación, con tal de que le prestemos suficiente
atención; la concentración crea, por ejemplo, para el jugador de ajedrez, un universo efectivo de posibilidades, de jugadas y réplicas, de ataques y defensas virtuales, una intrincada red de interrelaciones, en el que le va la "vida" a su dama, la posición a su torre y la "cabeza" a su rey. La consciencia puede entregarse del todo a ese espacio y a ese tiempo tan artificiosos, con tal de que su casa esté lo bastante sosegada y halle algún interés en salvar la "vida" de la dama y la altiva figura de "su majestad", por lo demás bastante estática. La fuerza de la atención dota sin más de vida a los objetos. Ese fue y es el sentido real del animismo. El espíritu no sólo reconoce lo que es él mismo, sino que también se disemina cada vez que escoge una dirección.

Repetiremos con el psicoanálisis que mucho del interés que arrastra a la conciencia hacia un género determinado de realidades es inconsciente. Nuestro ser inconsciente se apega con obstinación a eso a lo que no hemos podido o no hemos querido prestar atención. No hay necesidad alguna de que la consciencia retroceda ante el misterio, ante el enigma, ante el horror. No hay que decirle a un maniático de los soldaditos de plomo que repare en ellos cuando le salen al paso; los buscará, los pondrá al paso, escudriñará su génesis y su historia.

Mucha gente lamenta sus descuidos hacia los demás echándole la culpa a la mala memoria. ¡Pobre Memoria!, sus debilidades siempre andan en boca de todos. A su hermana gemela, Imaginación, se la difama llamándole "la loca de la casa" y a la pobre memoria, también, llamándole "el talento de los tontos". Infamias sin fundamento que sólo descubren el lado infantil de la primera y el lado mecánico de la segunda. Sabemos sin embargo que la memoria y la imaginación (una misma facultad en verdad, si bien considerada desde el lado pasivo y activo, respectivamente) hacen posible que pasemos de un lugar a otro, sobre el mismísimo abismo, de lo sensible a lo inteligible y de lo inteligible a lo sensible; ellas dotan de cemento al mundo y comunican la naturaleza con la historia, la biología con la biografía.

Sucede que no les prestamos la debida atención a ciertos recuerdos, conservamos fácilmente los que queremos, los que quisiéramos adherir a nosotros mismos, los que estimamos hermosos y buenos, pero también muchos de los que quisiéramos olvidar. Tal vez esas pesadas adherencias, esos parásitos de la memoria, dependan de una atención que prestamos involuntariamente, sacudidos por la resistencia del mundo, impresionados por la fuerza de las cosas o asustados por sus amenazas. Necesidad, Azar y Deseo, Placer y Dolor, se disputan sus raíces, sin embargo sus frutos y flores ofrecen tal variedad de formas, que es inevitable concluir que, hasta los ápices de las ramas, el árbol tomó control de la materia, hasta informarla de intenciones y proyectos propios.

Tengo presente (hacer presente es lo que verifica la atención) una hermosa definición de Giner de los Ríos respecto de la atención, aunque seguramente ahora la reinvento o parafraseo:

La atención es el cuidado que el espíritu presta a la existencia de las cosas.

La definición de don Francisco tiene la ventaja de revelar el lado moral y metafísico de la atención, incluyendo también el lado puramente psicológico que la determina como condición de la percepción.
El descuido es una falta de atención, un desorden del atender. Una persona atenta -decimos con razón- es una persona que pone cuidado en no fastidiar la existencia de los demás, que observa las intenciones, respeta los deseos y cura los intereses de sus semejantes.


La atención es reconocimiento. Tal vez por eso la gloria y la fama sean tan sugestivas, tan encantadoras y tan venenosas... Cada vez que hablan de nosotros, nos dotan de existencia. Alentamos si no nos miran, vivimos sin que se cuiden de nosotros, como una higuera, como una berenjena, como una garrapata, ¿pero existimos personalmente sin la atención del otro?, ¿Seremos almas sin otras almas que se cuiden de la nuestra? Seguramente no, no hay identidad que pueda sobrevivir si no resulta reconocida por la palabra o la mirada del otro, en grandísima medida nuestra identidad depende de esa mirada, de esa palabra y de los gestos que la acompañan. Nos constituimos en ese tejemaneje de atenciones y cuidados. Quien se cuida de mí me reconstituye a cada paso. La atención reconoce la existencia, pero también dota de existencia, instituye realidad.

Atentamente

domingo, 4 de octubre de 2009

Soledad


La soledad es la locura. De las leídas, ninguna novela ilustra mejor este hecho que la de Michel Tournier, Viernes o los limbos del Pacífico, una recreación del desesperado embrutecimiento de Robinson Crusoe en el aislamiento. Tal vez ningún temor más primitivo que el de quedarnos solos, sometidos al ataque o la humillación de una naturaleza madrastra o de una sociedad selvática. Todos tememos el naufragio social. Y todos acabaremos naufragando. Morimos más solos que nacemos. La Parca se comporta como una guadaña vengadora.

Pero la soledad es necesaria, inevitable; sobre todo, para el creador, para el poeta, para el místico, para el santo, para el filósofo, para el científico. Se me dirá que hoy la investigación la promueven equipos de personas más que Faustos románticos, geniales y aislados. No nos engañemos, esos equipos son agrupaciones de solitarios, de raros. 'Omnia praeclara, rara'.
Creo que fue Pascal quien escribió una vez que una persona civilizada es aquella capaz de pasar sola una tarde feliz en una habitación aislada. Pero en la felicidad que me represento cuando pienso en la frase de Pascal hay trampa, quiero decir que no hay tanta soledad como parece. Estoy físicamente solo, es posible, pero oigo música, y entonces las armonías y ritmos de otras almas me acompañan; o leo, y otros mundos amigos me amparan, dan forma a mi imaginación y me permiten viajar por espacios pasados o futuros, animados, previsibles.

Emma Riverola reflexiona en un artículo del EL PAÍS (4-10-2009) sobre las redes sociales (Facebook, Twitter, Tuenti) que están convirtiendo el desarrollo personal de nuestros adolescentes (y la adolescencia hoy se prolonga hasta la treintena) en un "crucero de masas". Afirma la articulista que el virus del exhibicionismo de los reality shows ha penetrado en nuestra conducta social. Ver, pero sobre todo, ser visto, "en esa obsesión por compartir la existencia se esconde un modo de reafirmar la identidad, de reclamar un lugar en el grupo y de lanzar al aire un ¡aquí estoy yo!, ¡contad conmigo!".

Ningún castigo peor que el de la exclusión social. Algunos se van con los malos, no porque los prefieran sino, simplemente, porque los buenos no les admiten en sus filas.

Pero la soledad es también una fuente de riqueza personal. Saber recogerse y dispersarse con medida. ¡Ese es el secreto! Nadie en verdad puede vivir solo. Todas las almas conviven entrelazadas. En su libro Yo soy un extraño bucle, Douglas R. Hofstadter explica lógica y poéticamente (y ese contraste es hermoso), aún afectado por la trágica y prematura pérdida de su esposa, cómo vivimos unos en otros, cómo albergamos muchísimos bucles extraños en nuestra cabeza, cómo nuestra alma nace, crece y se desarrolla en contacto con otras almas y cómo incluso puede sobrivir allí, si bien con menos resolución, en el soporte de otro cerebro. Nuestra alma es un complejo software que puede ser emulado por otro hardware. Igual que el encanto de un "nocturno" de Chopin puede deleitar a otros cerebros distintos del ya reducido a polvo de Chopin. Las almas de los amantes, en efecto, tienden a hacerse una sola, y la identidad "un cuerpo, un alma" no deja de ser un dogma simplista. Podemos asimilar los puntos de vista mentales de otras almas; haciéndolo, corregimos y mejoramos nuestro sentido de la realidad.
Para Douglas R. Hofstadter nuestras mentes son "máquinas de representación universal", y esta capacidad de simulación, de imitación simbólica, nos permite absorber experiencias y creencias ajenas mediante la empatía: la virtud más admirable de la humanidad, a juicio del científico norteamericano. Podemos asumir los deseos de otros, sentir sus anhelos y frustraciones, asumir sus deseos, estremecernos con sus temores, formar parte de su vida, fundirnos con su alma...

Pero esa dispersión en los demás tiene un límite si no queremos perdernos a nosotros mismos. También el exceso de empatía o de gregarismo produce locura. Si dejamos que nuestro cerebro esté demasiado poblado por otros "yoes", nos perdemos a nosotros mismos, si las otras voces son demasiado fuertes, hacen peligrar la propia identidad, la destruyen o la esclavizan.

En el artículo de Emma Riverola que antes comentaba: "La hipermnesia y Facebook", la autora se preguntaba si, al no haber recibido la dosis habitual de soledad , al vivir en un mundo aparentemente hiperconectado, no resultarán nuestros hijos más vulnerables al sombrío y temible ataque del gregarismo...
Cuando veo a esas masas narcotizadas y anestesiadas en torno a la hoguera tribal del botellón, ensuciendo el mundo, viviendo de noche y durmiendo de día, alejados del sol que hace crecer las plantas que nos alimentan, saltando al "tono" que les marcan las operadoras de telefonía móvil o los anuncios de coches, adorando el becerro dorado de la Heineken o el J&B, no puedo sino pensar que ya no nos enfrentamos a un caso de vulnerabilidad, sino a una herida mortal, una herida mortal de nuestra civilización estéril y consumista, despilfarradora y drogada.
Se ha reducido drásticamente la vida interior y la densidad anímica de quienes conjuran en la redes sociales el fantasma de la exclusión o llenan con esa simulación de relación, con ese sucedáneo del amor (una creación poética que exige también su soledad), su inmenso vacío íntimo. Algunos, los menos, sienten la nostalgia del espíritu, o se aíslan más gregariamente aún en sectas destructivas, en poses y esteticismos trasnochados.

En este mundo lleno de ruido y de vanas pompas publicitarias, disuelto por la velocidad, dominado por el glamour de la Vanidad y el trono de los Siete Pecados Capitales, los espacios de aislamiento resultan preciadas perlas exóticas, raros ámbitos de lucidez, calma y sobriedad. Uno estaría tentado a huir a un monasterio remoto, a un eremitorio serrano, da igual que sea budista o cristiano, si aún sus obligaciones familiares no le comprometieran.
Uno se debería de imponer una larga dieta de silencio, de vez en cuando, para poder volver a oír voces sinceras, voces cargadas de sentido, en sonora soledad.

domingo, 26 de octubre de 2008

Ligereza






A Milan Kundera la ligereza o "levedad del ser" le parecía insoportable. Uno, sin embargo, aprecia la ligereza de los que resultan ser soportables. Ni siquiera exijo que sean ya amables los interlocutores, sólo ligeros, versátiles. Nietzsche jugó a convertir la ligereza (Leichtheit) en valor, pero su eterno retorno de lo mismo, ¡por Dios!, resultaría tan pesado y previsible como los anuncios de la tele.

La vida no es un fenómeno tan recalcitrante como para que se repita alguna vez idéntico a sí mismo. Sorprende como una aventura. Más bien se parece en esto -la vida recreada bellamente- a una pieza de Bach o de Mozart: mantiene el patrón melódico y rítmico, pero juega a producir efectos cromáticos insólitos, en una cadena siempre renovable, como los dígitos del número pi. Un juego bien reglado de infinitas variaciones.

Pero Nietzsche no estaba completamente obnubilado por los opiáceos. Laghima, la ligereza indú, es una de las ocho siddhis o perfecciones: la capacidad para compensar la fuerza de la facticidad.

A pesar de su gravidez esteatopigia, el andar de la mujer del género femenino tiene siempre algo de la ligereza del baile. Si bien la ligereza, como cualidad del carácter, arrastra en español ciertas connotaciones peyorativas: inconstancia, superficialidad, inestabilidad, irreflexión. Ciclotimia insegura, imprevisible. Las maliciosas atribuirían estas connotaciones al androcentrismo. Atribución nada ligera.



Parece que en italiano, la leggerezza no carga con ningún pesado fardo semántico, es la virtud del atleta: agilidad, rapidez (agility, speed, por decirlo en koiné postmoderna). Igual que la velocidad y levedad de la luz, que vuelve lo ligero transparente. Uno debe ser como la luz si aspira a divinizarse. Esto lo recomienda el budismo y se deduce de Juan el Evangelista.

Légèreté. Tantos acentos, agudos y grave, parecen atribuir cualidades icónicas apropiadas a la palabra francesa. Definida en la luz, en el viento, en mitad de una lluvia fina, o sea, facilité de l'esprit ou du style.

Es trágico lo que cuenta Edward O. Wilson sobre las reinas hormigas que, después de haber probado, vírgenes, las delicias de la ligereza alada, una vez que son fecundadas por los zánganos, se arrancan las cuatro alas de avispa por la base, para cavar la guarida de sus hijas y ligarse para siempre a la tierra.

Nosotros, los platónicos, más bien aspiramos a lo contrario, reconocemos que la tierra nos renueva la fuerza inmortal de Anteo, nos sabemos limitados por el cuerpo, pero luchamos por lo que ansiamos, porque nos nazcan de una vez y para siempre alas en el alma.

viernes, 18 de abril de 2008

Alma




¿Podemos renunciar al alma? Si creemos que sólo somos lo que comemos, o lo que aparentamos ser físicamente, tal parece que podamos vivir sólo materialmente, sin alma. Al olvidarnos del alma se nos cierra la comprensión de un fracción impresionante del arte, la literatura, la filosofía y el pensamiento religioso.
Entre la vitalidad y el espíritu situaba Ortega la zona del alma, más clara que el ámbito de la vitalidad, más oscura que el ámbito del espíritu; en la atmósfera, abierta o cerrada, porosa o hermética del alma, palpitan los pensamientos que la iluminan, así como las emociones que les prestan calor, y los deseos, impulsos y apetitos que les asignan dirección.
Si nada vivo es meramente mecánico o bestial y todos los que han llegado a ser vivos y animados deben ser considerados del mismo género, hay que atribuir alma no sólo al ser humano, sino también a las plantas. Los pitagóricos supieron ver en las plantas ese principio fértil que les anima en silencio, que les mueve, hacia arriba y hacia abajo, siguiendo la parábola del sol, hasta crecer y reproducirse, recorriendo a veces grandes distancias. Maurice Maeterlinck me convenció definitivamente: ¡también hay inteligencia en las flores y en las plantas!
Pero no hay que sobrevalorar el valor de la inteligencia. Casi toda nuestra cultura ha pecado de esa exageración, seguramente porque lo escaso parece siempre muy excelente (omnia praeclara rara). El mismo Maeterlinck insistía en que somos un todo espiritual indivisible: apetitos, emociones, pasiones y pensamientos sólo son separables en abstracto, no en la vida. Se nos convence de que la inteligencia actuaría mejor sin los sentimientos y las pasiones, porque éstas la turban o la ofuscan, y nos imaginamos que el pensamiento volará de verdad libre cuando reine sobre todos los sueños y los sentidos. Pero cuando viene la vejez la inteligencia puede ser todavía clara, aunque ya no tiene objeto, ni tiene nada que hacer. Si la obra de la juventud o de la madurez vale más que la de la vejez es porque en ella no se han ahogado todavía las fuerzas misteriosas que inspiran y animan a la inteligencia: la energía del espíritu, que sopla donde quiere.
La tecnociencia alimenta en nuestra sociedad el aparentemente muy sofisticado prejuicio de que el alma no existe. La revolución biológica también parece empujarnos a una concepción materialista de nosotros mismos. Francis Crick, el codescubridor de la doble hélice genética afirma: “el alma se ha desvanecido junto a gran parte de la metafísica”. Incluso ciertas “filosofías” -economicistas o no-, han pugnado por hacernos eliminar de nuestro léxico las palabras “alma” y "espíritu", insistiendo en que esas palabras no tienen un significado claro o en que lo tienen equívoco, o en que comprenden tanto que no se extienden a nada. Por supuesto, a nada material se extienden, aunque se entiendan bien como horizontes ideales, oníricos o sentimentales.
El progreso de las neurociencias parece llevarnos a pensar el pensamiento como un proceso de activación eléctrica de redes neuronales y liberación de proteínas (sinapsis), “materia pulverizándose contra materia”. Nos hemos quedado con un cerebro sin mente.
Y en cierto sentido no es extraño que el cerebro se haya quedado sin alma porque, a fin de cuentas, el cerebro siempre ha sido el más oscuro de nuestros órganos. Tengo una relación vivencial con muchas partes de mi cuerpo, con mis manos, mis ojos, incluso con mi corazón, cuando se altera con ciertas emociones, pero no con mi cerebro. Sé que hay un cerebro en mi cráneo, pero apenas lo siento, preso como está en mi cabeza, salvo si me duele. Por eso Paul Ricoeur hablaba del cerebro como “interioridad no vivida”.
La gente puede pensar que es muy moderno sentirse sólo cuerpo, porque la existencia del cuerpo se puede probar y la del alma –y no digamos la del espíritu- no puede ser probada. Y eso a pesar de que la percepción que tenemos del espíritu y del alma es tan intensa, cada vez que siento que siento, sé que me muevo o sufro por lo que pienso, o cada vez que digo “yo” o “tú”, que resulta imposible descartar el espíritu y el alma de nuestro horizonte existencial. Ni siquiera sabemos qué haremos en el futuro sin el alma o el espíritu, porque no contamos con la experiencia o el recuerdo de una época en que se prescindiera de estos conceptos.
El imaginativo descubrimiento de que la vida está animada por el espíritu probablemente constituyó una de las primeras ideas de nuestros antepasados. Puede que esta idea esté en el origen de toda forma de religión, todo tipo de arte y toda especie de filosofía…, de toda forma de humanidad, o sea, de toda forma de creatividad e inventiva. En efecto, la mejor forma de presencia viva del espíritu en el mundo es su creacion y su creatividad. Una mano sobre la superficie de la gruta, la sombra de un antílope en el techo, una piedra convertida en hacha… Pero también, el que haya mundo, en lugar de nada.
Tal idea es bien profunda y fértil. Sólo una mente ágil puede llegar a pensar que lo que mueve las cosas que se mueven y se ven es un principio invisible e inmóvil (Psique, Ser, Logos, Energeia, Morphe, Pneuma...). Seguramente fue el materialismo, y no el espiritualismo, la primera filosofía de nuestros ancestros hombres-monos. El materialismo es también la filosofía de mi perro, que sólo siente como real lo que huele o mal ve.
Tal vez, el abandono del espíritu implicará la vuelta de los seres humanos al mundo mental de los austrolapitecos o incluso al mundo de criaturas anteriores, pues es claro que los neandertales ya rendían culto al “espíritu” de sus muertos. Puede que el futuro posthumano cuente con una tecnología muy sofisticada y que sin embargo se parezca mucho al pasado prehumano. Máquinas reproduciéndose automáticamente, ciborgs luchando ciegamente por sobrevivir en un universo sin alma, o con un alma inconsciente de sí.
La foto que ilustra este artículo la tomé en un instante en que sentí que el alma de otra criatura muy diferente se cuidaba de mí y me miraba. No sólo con sus ojos, sino también con sus antenas. Tal vez soñé entonces que una abeja carpintera dudó por un instante ante mí y mi cámara: entre la curiosidad y el miedo, entre el conocimiento y la huida, entre la amistad y la pelea.
Bibliografía consultada
Felipe Fernández-Armesto. Breve historia de la humanidad. Barcelona, 2005.
Los Filósofos Presocráticos, I. Gredos, Madrid, 1978.
Maurice Maeterlink. La inteligencia de las flores, Barcelona, 1987.
Julián Marías. La educación sentimental, Madrid, 1994.
Paul Ricoeur. Sí mismo como otro, Madrid, 1996.