viernes, 2 de octubre de 2026

MUNDO

Ilustración creada para el artículo por IA Gemini


El humano además de vida, posee mundo. El mundo es contorno lógico de la vida propiamente humana, vasta red de significaciones que nos permite trascender y dominar la realidad. Nuestro mundo tiene mucho de "fuga acercadora", como dice Ortega, de huida de la realidad inmediata y sensible, hacia su abstracción ideal, hasta esa forma esencial (eidos, idea) que aspira a recoger el nombre, el verbo y, en fin, el discurso o los discursos, sean estos los de la lengua común, los matemáticos o los lenguajes-máquina. 

Esta "fuga para acercarse" le pareció a Ortega y Gasset "la invención más genial que en el orden teórico se ha hecho en el planeta, sin que quepa comparársele ninguna otra" (La idea de principio en Leibniz, cap. 18). Se trata de un horizonte de sentido, aunque en ciertas épocas se muestre paradójicamente más bien como sinsentido y como abismo, en lugar de horizonte. Los animales no tienen "mundo", sino --como dice José M. Domínguez Prieto-- perimundo, medio biológico, ecofísico o antrópico, de estímulos-respuestas. 

El mundo no es un fatum ni una providencia dictada por otros, no tenemos asignado un destino necesario, sino que nuestro mundo depende más o menos y según quién, de nuestra atención y voluntad. Si no fuera así, la innovación política, religiosa, estética, cultural en general, carecerían por completo de sentido, ni habría modo de hablar de progreso económico o moral. 

Desde ese marco de signos y símbolos, de ideales y números, de conceptos, categorías y estereotipos, espontánea e intencionalmente causados, al menos en parte, organizamos el pensar, el recordar, el imaginar y el ingeniar. El lenguaje traza sus fronteras borrosas, las de nuestro mundo, por eso se ha llamado al lenguaje "casa del hombre". Sin embargo, es preciso aceptar un tipo de imaginería intensamente asociada a lo emotivo, icónica y sensible, hasta olfativa o musical, táctil, somática, concreta e intensamente sensible, y no necesariamente lógica ni lingüística, pero gestualmente comunicable... Pondré un ejemplo extraído de esa novela de aventuras maravillosa que es la Odisea:

Ya se había alejado Odiseo de la cueva de Polifemo con los compañeros que había dejado vivos el cíclope, hijo de Poseidón, cuando al llegar a la nave sus camaradas empiezan a gemir y a sollozar por los amigos sacrificados y devorados por el monstruo (ese que Góngora llamó "monte de miembros eminente"), entonces Odiseo no se molesta en decir ni una palabra, sino que "haciéndoles una señal con las cejas", les prohíbe el llanto. Y más adelante, tras burlarse temerariamente cíclope caníbal, al que habían dejado ciego, ordena a sus compañeros "haciéndoles con la cabeza silenciosa señal" que aprieten remos... 

Como se ve, a Odiseo no le hace falta dar voces ni órdenes verbales para imperar en la situación ni para mandar qué deben hacer sus compañeros de viaje, la mera gestualidad en cada situación conforma nuestro mundo mucho más decisivamente de lo que creemos. Piénsese en el valor y significado de actitudes y posturas en una discoteca en la que casi no es posible articular palabra con sentido lógico a causa de los decibelios de la música de baile. Por eso la kinesia o ciencia de la comunicación no verbal tiene tanta importancia en publicidad, en marketing, en política, en las artes representativas y dramáticas y, por supuesto, en la totalidad de las relaciones sentimenrtales y sociales.

El filósofo Peter Sloterdijk ha hablado en su trilogía Esferas del mundo en general y del mundo de cada cual como estructuras esféricas, como invernaderos o espacios de inmunidad. Esos mundos, sean microesferas como la pareja o el hogar, o macroesferas como barrios, naciones o religiones, los construimos para protegernos biológica y simbólicamente de la hostilidad del exterior, sea esta natura naturans o natura naturata, sea naturaleza o técnica, ecoesfera o iconoesfera. Tales invernaderos funcionan como incubadoras donde la vida humana florece gracias a la creación de atmósferas apropiadas, cada vez más artificiales y dependientes de la tecnociencia. Estas cápsulas vitales pueden también servir o molestar como celdas opresivas, impuestas por el contexto social o la circunstancia política.

No obstante, comunmente, el mundo de cada cual no es una muralla ni una esfera aislante, sino una superficie porosa en contacto y comunicación incesante con otras esferas. Es realista hablar de mundos compartidos. Esta sería la "circunstancia" de Ortega que uno puede apropiarse y modificar hasta cierto punto aunque no sin esfuerzo y resistencia externa, para hacer nuestra mediante una dinámica o una dialéctica de cambio e intercambio incesantes.

Cada uno vive en su mundo, es decir en una constelación o figuración de coordenadas de sentido que permite a la persona habitar la realidad de forma consciente y libre, más allá de una existencia meramente biológica con un horizonte de sentido, o un abismo de sinsentido.