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viernes, 2 de octubre de 2026

MUNDO

Ilustración creada para el artículo por IA Gemini


El humano además de vida, posee mundo. El mundo es contorno lógico de la vida propiamente humana, vasta red de significaciones que nos permite trascender y dominar la realidad. Nuestro mundo tiene mucho de "fuga acercadora", como dice Ortega, de huida de la realidad inmediata y sensible, hacia su abstracción ideal, hasta esa forma esencial (eidos, idea) que aspira a recoger el nombre, el verbo y, en fin, el discurso o los discursos, sean estos los de la lengua común, los matemáticos o los lenguajes-máquina. 

Esta "fuga para acercarse" le pareció a Ortega y Gasset "la invención más genial que en el orden teórico se ha hecho en el planeta, sin que quepa comparársele ninguna otra" (La idea de principio en Leibniz, cap. 18). Se trata de un horizonte de sentido, aunque en ciertas épocas se muestre paradójicamente más bien como sinsentido y como abismo, en lugar de horizonte. Los animales no tienen "mundo", sino --como dice José M. Domínguez Prieto-- perimundo, medio biológico, ecofísico o antrópico, de estímulos-respuestas. 

El mundo no es un fatum ni una providencia dictada por otros, no tenemos asignado un destino necesario, sino que nuestro mundo depende más o menos y según quién, de nuestra atención y voluntad. Si no fuera así, la innovación política, religiosa, estética, cultural en general, carecerían por completo de sentido, ni habría modo de hablar de progreso económico o moral. 

Desde ese marco de signos y símbolos, de ideales y números, de conceptos, categorías y estereotipos, espontánea e intencionalmente causados, al menos en parte, organizamos el pensar, el recordar, el imaginar y el ingeniar. El lenguaje traza sus fronteras borrosas, las de nuestro mundo, por eso se ha llamado al lenguaje "casa del hombre". Sin embargo, es preciso aceptar un tipo de imaginería intensamente asociada a lo emotivo, icónica y sensible, hasta olfativa o musical, táctil, somática, concreta e intensamente sensible, y no necesariamente lógica ni lingüística, pero gestualmente comunicable... Pondré un ejemplo extraído de esa novela de aventuras maravillosa que es la Odisea:

Ya se había alejado Odiseo de la cueva de Polifemo con los compañeros que había dejado vivos el cíclope, hijo de Poseidón, cuando al llegar a la nave sus camaradas empiezan a gemir y a sollozar por los amigos sacrificados y devorados por el monstruo (ese que Góngora llamó "monte de miembros eminente"), entonces Odiseo no se molesta en decir ni una palabra, sino que "haciéndoles una señal con las cejas", les prohíbe el llanto. Y más adelante, tras burlarse temerariamente cíclope caníbal, al que habían dejado ciego, ordena a sus compañeros "haciéndoles con la cabeza silenciosa señal" que aprieten remos... 

Como se ve, a Odiseo no le hace falta dar voces ni órdenes verbales para imperar en la situación ni para mandar qué deben hacer sus compañeros de viaje, la mera gestualidad en cada situación conforma nuestro mundo mucho más decisivamente de lo que creemos. Piénsese en el valor y significado de actitudes y posturas en una discoteca en la que casi no es posible articular palabra con sentido lógico a causa de los decibelios de la música de baile. Por eso la kinesia o ciencia de la comunicación no verbal tiene tanta importancia en publicidad, en marketing, en política, en las artes representativas y dramáticas y, por supuesto, en la totalidad de las relaciones sentimenrtales y sociales.

El filósofo Peter Sloterdijk ha hablado en su trilogía Esferas del mundo en general y del mundo de cada cual como estructuras esféricas, como invernaderos o espacios de inmunidad. Esos mundos, sean microesferas como la pareja o el hogar, o macroesferas como barrios, naciones o religiones, los construimos para protegernos biológica y simbólicamente de la hostilidad del exterior, sea esta natura naturans o natura naturata, sea naturaleza o técnica, ecoesfera o iconoesfera. Tales invernaderos funcionan como incubadoras donde la vida humana florece gracias a la creación de atmósferas apropiadas, cada vez más artificiales y dependientes de la tecnociencia. Estas cápsulas vitales pueden también servir o molestar como celdas opresivas, impuestas por el contexto social o la circunstancia política.

No obstante, comunmente, el mundo de cada cual no es una muralla ni una esfera aislante, sino una superficie porosa en contacto y comunicación incesante con otras esferas. Es realista hablar de mundos compartidos. Esta sería la "circunstancia" de Ortega que uno puede apropiarse y modificar hasta cierto punto aunque no sin esfuerzo y resistencia externa, para hacer nuestra mediante una dinámica o una dialéctica de cambio e intercambio incesantes.

Cada uno vive en su mundo, es decir en una constelación o figuración de coordenadas de sentido que permite a la persona habitar la realidad de forma consciente y libre, más allá de una existencia meramente biológica con un horizonte de sentido, o un abismo de sinsentido.


domingo, 31 de julio de 2016

FILOSOFÍA PERENNE


La expresión Philosophia Perennis fue acuñada por Leibniz, o por Leibnicio, según se escribía en español apellido de este gran filósofo cuando los españoles aún teníamos el coraje de apropiarnos la circunstancia, quiero decir de hispanizar lo ajeno, en vez de vendernos por un puñado de dólares, como cualquier colipoterra al Imperio de la Hamburguesa con dioxinas, al sheriff bravucón y pendenciero que lo resuelve todo a mamporros, igual que ese trozo de carne con ojos, Rambo, ¡ese modelo de sutileza y amabilidad!... Ahora consentimos incluso en mandar a las revistas especializadas (aunque sean hispanas) un resumen en inglés (“abstract”), esa bárbara lengua del Imperio de la Cocacola con fungicidas..., un extracto in English para estar a tono en la koiné global. ¡Cómo si los dioses pudieran mascullar algo en inglés! Cuando es evidente que, si los inmortales tuvieran que hablar para entenderse, lo harían en la lengua de Juan de la Cruz, Teresa de Jesús y Miguel de Molinos. Ya lo insinuó un rumano blasfemo pero fervoroso llamado Ciorán: si Dios fuera un cíclope, miraría el mundo por el ojo de España. Si no es la lengua de Cervantes la que utilizan los dioses, hablan sanscrito o el griego ático del divino ateniense, pero no una lengua germánica. Con buen criterio, cuando Mozart quiso un libreto para su ópera Don Giovanni contrató a un italiano. El francés por lo menos sirve para buscar lo divino en los alrededores de la almohada, pero eso es otra historia...

Pero la cosa de la Filosofía Perenne es también otra de esa arqueología del saber o esa deconstrucción que se practica en las facultades. Se trata de:

a) una Metafísica que reconoce una Divina Realidad en el mundo de las cosas, vidas y mentes;

b) una  Psicología que encuentra en el alma y el espíritu humanos algo afín a la Divina Realidad, o aun indéntico con Ella; y

c) una Ética que pone la última finalidad del hombre en el conocimiento de la Base inmanente y trascendente de todo ser, el asunto de la Philosophia Perennis es inmemorial y universal.


Aldous Huxley -sí, el famoso autor de Un Mundo Feliz, irónico título de profética novela- pudo hacer una antología espléndida de La Filosofía Perenne que apenas debe algo a los “filósofos de profesión”. La razón es que lo que sabemos, en el sentido de la sabiduría y no del mero conocimiento, depende sobre todo de lo que como seres morales hemos pretendido hacer de nosotros mismos. Siendo así, el Factor Común de la Realidad no se deja captar sino por aquellos que han decidido cumplir ciertas condiciones y, mediante una cierta ascesis, han conseguido el principal desprendimiento, haciéndose amantes, puros de corazón y pobres de espíritu (humildes). 

Escribe Huxley:

“Sólo haciendo experimentos físicos podemos descubrir la naturaleza íntima de la materia y su poder latente. Y sólo haciendo experimentos psicológicos y morales, podemos descubrir la naturaleza íntima del espíritu y su poder latente”.

“Santos”, “profetas”, “sabios” o “iluminados” han conocido de primera mano dicho Factor Común; para ellos, como para el Sutra Diamante, la Verdad, en el sentido de Realidad, no puede ser partida en trozos y dispuesta en sistema. Las palabras sólo pueden usarse como figura retórica. Se trata principalmente -como manda el Tercer Patriarca del Zen o nos recomienda Séneca- de permanecer sereno en la unidad de las cosas, de no dejarse despistar por el vano ruido de las opiniones y la vana fantasmagoría de las apariencias...

Paisaje noruego. F.: J. Biedma L.
Como el Pseudo-Dionisio Areopagita, también nosotros deseamos ardientemente morar en esa traslúcida tiniebla y, por medio de no ver ni conocer, mirar a Aquel que está más allá de la visión y el conocimiento y, mediante el abandono de todas las cosas sin valor, de todas las chucherías emponzoñadas de los mercados, de todas las ilusiones engañosas de las pantallas, de todo el cutrelux que ha caído sobre nosotros como una cadena, alabar a Aquel que está más allá y por encima de todas las cosas. 

Desprendiéndose, con sólo quitar lo que nos estorba, la Forma Latente revelará su oculta y secreta belleza.


domingo, 3 de abril de 2016

SOÑAR

"¿Qué es uno? ¿Qué no es uno?
Sueño de una sombra,
el hombre"

Píndaro


Uso el infinitivo "soñar" en lugar del sustantivo "sueño" porque este es ambiguo. Decimos en español "he tenido un sueño" y "tengo sueño" para referirnos a cosas distintas. Los franceses distinguen entre sueño como representación onírica, rêve, y el hecho de tener sueño, avoir sommeil, y cuentan con esa otra preciosa palabra, reverie, ensoñación, fantasía, ensimismamiento, que usó Rousseau en el título de uno de sus ensayos. 

Las tres teorías más plausibles sobre por qué soñamos pueden ser sintetizadas en pocas palabras:

  1. Para purificar la mente de deseos o impulsos inconscientes, eróticos o tanáticos (Freud).
  2. Los sueños son advertencias o llamadas de atención que el inconsciente hace a la conciencia y expresan los arquetipos de un alma común y primitiva (Jung)
  3. Los sueños son alcantarillas a través de las cuales nos libramos de la basura de la memoria durante el descanso de la conciencia (Francis Crick).
Dejo de lado la importante función cultural, premonitoria, de inspiración artística o de incubación científica o filosófica que han tenido históricamente los sueños. El lector curioso puede profundizar en ello leyendo el magnífico libro de Jacobo Siruela, El mundo bajo los párpados, que resumo en mi entrada Luz en las tinieblas.

***

Recogeré aquí un asombroso texto de Fernando Pessoa, del Libro del desasosiego (123), aunque en él, el gran escritor, bajo el apócrifo de Bernardo Soares, se refiere más a las criaturas del insomnio, que a las del sueño profundo. 

Explica el portugués que quien quiera contar con un catálogo de monstruos no tiene más que fotografiar lo que la noche trae a las almas insomnes: son como murciélagos que planean sobre la pasividad del alma o como vampiros que chupan la sangre de la sumisión...

"Son larvas del declive y del desperdicio, sombras que llenan el valle, vestigios que quedan del destino. Unas veces son gusanos, nauseabundos para la propia alma que los alimenta y cría; otras veces son espectros, y rondan siniestramente a nada; otras veces, también, emergen culebras de los antros absurdos de las emociones perdidas.
"Lastre de lo falso, no sirven sino para que no sirvamos. Son dudas del abismo, echadas en el alma, que arrastran arrugas somnolientas y frías. Duran humos, pasan rastros, y no hay más que el haberlo sido en la substancia estéril de haber tenido conciencia de ellos. Uno u otro es como pieza íntima de fuego artificial; chisporrotea un rato entre sueños, y el resto es la inconsciencia de la conciencia con que lo vivimos."

Y, desasosegado, concluye el poeta: 

"Cinta desatada, el alma no existe en sí misma".
¿Estamos hechos de verdad de esa sustancia etérea, la sustancia de los sueños -como dice Hamlet recordando los versos de Píndaro con que encabezo esta entrada? Y si somos sueños, ¿son propios o de Otro? 


τί δε τις; τί δ'οὔ τις; σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος 

Πίνδαρος


viernes, 21 de agosto de 2015

Progreso

Carta a Salvador Solé sobre la quimera del progreso

Con "progresismo" no me refiero a la voluntad individual o política de hacer mejor las cosas o reformar para bien lo que hay. A eso debiéramos llamarlo tal vez "perfeccionismo", "reformismo", o simplemente: "trabajo bien hecho", que suele ser el trabajo hecho con amor o por amor. Por "progresismo" me refiero  a ese "determinismo eufórico" según el cual basta querer para ser, o es suficiente innovar para mejorar, o basta con revolucionar para justificar; o me refiero al prejuicio según el cual la vocación humana incluye en sí la capacidad para elevarse sin que medie esfuerzo, conservación, adaptación y educación.

Lo más cierto e irrefutable es, sin embargo, lo que muchas teologías han llamado Caída. O sea, que el hombre sólo puede levantarse con Dios y ayuda. Más trabajo y talento -añadiría yo-. "A Dios rogando y con el mazo dando"... Si te da vergüenza oír el nombre de "Dios" (en vano, como casi siempre), escribe en su lugar Suerte, Azar, Naturaleza, Cultura, Logos, Gracia, Destino, Fortuna, Dioses inmortales, Energía, etc. También hay quien piensa -como Ciorán-  que de la Caída en el tiempo el hombre no puede levantarse de ninguna manera. Sólo nos queda blasfemar, llorar o gemir con gracia.

Compara, Salva, el cine efectista, vacío de ideas, trajinado únicamente con furia y velocidad, que triunfa hoy, con el cine norteamericano de los años 60, repleto de grandes actores y actrices, formidables guiones, bandas musicales originales, nobles ideales morales. Compara los poemas de Garcilaso con la poética prosaica y extravagante à la page... ¿Hay progreso en el arte? Más bien pasa con la vida del arte como con la vida de las culturas y de los pueblos e individuos: tiene su juventud épica, su juventud lírica, su madurez trágica o didáctica, y luego los artistas se vuelven viejos verdes o gruñones, aburridos o añorantes, en decadencia medicamentada.

El progresismo apenas hace pie, para no ahogarse, en la carrera tecno-científica o mercatil-militarista, que nada tiene que ver con el bien, la verdad o la belleza, auténticos ideales de Civilización y Cultura con mayúsculas, pues es de todos sabido que la tecno-ciencia puede usarse para bien o para mal, para confesarse o para engañar, para producir cosas hermosas o bodrios y horrores. Ingenios electrónicos, cachivaches telemáticos, nuevas pulseras para el siervo moderno, "la atenazadora levedad de un delirio onírico" -escribe López Tobajas-. No tienes más que recordar la Alemania de Hitler, el país más avanzado tecnológicamente en aquel momento, o la URSS de Stalin, capaz de competir con los artefactos de destrucción y espionaje made in USA.

Tampoco me uno al prejuicio según el cual todo cambio es a peor, ese "determinismo aciago". No me hallarás ni neófilo ni neófobo. No estoy de acuerdo con J. M. de Prada (lúcido pero retrógrado recusador de la modernidad), que no ve en el mito del progreso más que una quimera maligna y un "grotesco determinismo eufórico". Negar la idea proversiva de progreso de la humanidad es dejar sin nervio creador a toda la modernidad, esa ilustración democrática y científica que a Occidente le gustaría imponer, con razón, a todo el resto del mundo.  

Pero comparto algunas de las objeciones que formula Agustín López Tobajas en su Manifiesto contra el progreso, 2005. Lo peor tal vez sea que damos por hecho que el crecimiento y el desarrollo económico, productivista-consumista, son mejores que el enpequeñecimiento, la austeridad y la costumbre. El absurdo es que creamos que salimos de la "crisis" sólo cuando se venden más coches. O qué pensemos la crisis únicamente en términos económicos. 

No obstante, son innumerables las especies vivientes que se han achicado, enqueñecido, para conservarse mejor, pero, como enfatizan la mayoría de los evolucionistas, ni siquiera la evolución puede entenderse como un sobrevivir de los mejores, como una orto-génesis, como un cambio hacia mejor, como un progreso. 

¿Es mejor ser mosca que mamut? La primera sigue molestándonos en verano, el segundo dejó de alimentarnos hace tiempo. La evolución es sumamente oportunista, y la necedad, la fealdad, la inarmonía, el parasitismo y la crueldad tienen en ella su oportunidad, y muchas veces resultan más adaptativas que el equilibrio, la belleza, la armonía, la excelencia o el talento. "Bicho malo nunca muere", dice el adagio popular. "Vive y reprodúceme, luego muere": ese parece ser el único imperativo categórico de esas misteriosas semillas de la vida, los genes. Eso al menos dice Dawkins, ateo de referencia. Si sólo puedes sobrevivir comiendo caca, come mierda; si sólo chupándole la sangre a otros, chupa; si escondiéndote bajo tierra en el reino de las tinieblas, vuélvete ciego, etc. 

De hecho, estimado amigo Salva, y como sabes por experiencia, la sensibilidad o la inteligencia superior no adaptan, sino más bien al contrario, excluyen y son castigadas, perseguidas, cuando no eliminadas del tono mediocre y del ritmo cansino en la melodía de la masa social viva, tono en el que se escribe la partitura de la vida humana conservable y conservada.  

He aquí una paradoja que da que pensar, el progreso como evolución es mera conservación, y no de lo mejor, ni de lo más bello, ni siquiera de lo más verdadero, pues ya sabes, porque como yo también tú la tienes próxima, que la fuerza política o persuasiva más poderosa de todas es la mentira.

Quedo por completo a disposición de tus irónicas o sarcásticas objeciones.

miércoles, 24 de junio de 2015

AMISTAD


"Amistad", "Verdad", "Bien" o "Justicia"..., nombres de Dios -diría un realista*-, nombres divinos -diría un nominalista-, ninguno de los cuales debiera pronunciarse en vano. Y es que la amistad, como el amor, exige cierto misterio.

Bajando del cielo a la tierra, o de la idealidad a la necesidad, o bien ascendiendo desde las profundidades donde se celebran los cultos esotéricos hasta la superficie ramplona de las cosas, tendríamos que decir sobre esta importante relación humana, la amistad, lo que sentenció Publilio Siro: que más amigo granjea la buena mesa que la inteligencia.

Los griegos -me refiero a los antiguos, aquellos generosos inventores de toda objetividad- ya lo sabían e hicieron del simposio, del banquete, un ritual de amistad adobado de especias, música, discursos y vino.

Hacen bien las madres en preocuparse por las juntas de sus hijos, porque uno es definido, conocido y conformado, por los amigos que tiene. Dime con quien andas y te diré qué ser pretendes. Si uno anda con los buenos, acaba bueno, porque sólo podemos perdurar como personas en esa interacción simbólica con los prójimos (próximos).

Evitemos no obstante los cursis empalagos de la amistad y el agobio del latoso, ese con el que ni puedes elegir soledad ni ganas verdadera compañía. Y es que cada amistad, como cada planta específica, requiere cuidados especiales, como aquella que si la riegas mucho se ahoga, y si poco, es seca.

Si la amistad pretendes
que sea durable, 
visita a tus amigos
de tarde en tarde.

No está mal llevarse un poco bien con mucha gente y entregar tu corazón del todo a nadie. Es lo que recomienda Marcial. De ese modo, puede que te lleves menos alegrías, pero también sufrirás menos desilusiones y pesares. Pues como canta la prudencia popular:

Amiga, la amiga
amiga del corazón,
la más amiga la pega
en llegando la ocasión

El exceso de confianza mata al varón y a la mujer y, a veces, da asco. Mantener la distancia no es tarea fácil, porque cada cual requiere su distancia, como cada toro su lidia. Verbigracia, si queréis estar en buenos términos con vuestros amigos, haced como si no los conocierais a fondo. 

No cabe duda de que el amor está sobrevalorado frente a la amistad. Tengo por cierto que las relaciones felices y estables se basan más en una amistad cómplice y tranquila que en una violenta pasión amorosa, bien es verdad que resulta importante que funcione..., digamos, la infraestructura sexual, para que una amistad sea firme asentamiento de un feliz matrimonio. 

Es sabido -desde Platón- que los apetitos no siempre congrúen con las emociones o las razones. Dicho en plata: se puede desear a quien no conviene desear, se puede desear a quien no amamos, se puede amar a quien no nos conviene y a quien no deseamos, etc. Es difícil poner paz entre las partes del alma. Y de un ánimo en conflicto conviene huir como de una peste. 

Seguro es que algo mejor andaría el mundo si el arte de la amistad tuviera para los hombres más importancia que el ars amandi. Y es también un prejuicio vincular la amistad solo con los sentimientos, como si no dependiese para nada de la voluntad, del hábito decidido y, en fin, de la libertad de escoger que puede ganar el hombre razonable.

Hay quien se queja de que la amistad, como la rosa, tenga también sus espinas. Bueno es que las tenga el amor -piensan- que es una flor, pero no la amistad, que es una hortaliza. Tal vez aludan con ello a la utilidad que puede acompañar legítimamente, como el placer, a la verdadera amistad, esa que consideraba Aristóteles la excelencia política de los mejores, la virtud que consagra el civismo.

Nosotros estamos más bien con Campoamor, poeta filósofo minusvalorado en España, porque ser profeta en esta tierra es doble de difícil que en tierra alguna. Acordamos con la sensatez de Campoamor en sus Doloras, quien desconfió del flechazo y la pasión apostando por la relación larga, leal y gustosa:

¡Pérfido amor, y cuál huye
tras los primeros momentos
del ardor! 
¡Santa amistad, que concluye
por cumplir los juramentos
del amor!

* La palabra "realista" se usa aquí en el sentido filosófico de alguien que da ser sustancial, formal y material, al universal o al ideal.

nota bene
Este texto ha sido compuesto con las notas que sirvieron a su autor para un brindis, tras los postres en un banquete de amigos (2015).

domingo, 4 de enero de 2015

Amenaza

En su origen la palabra fue neutra y plural:
cosas amenazantes, como malos presagios.
Fúnebres almenas del destino,
ámbito minado de la vida.

Imposible vivir sin riesgos ni amenazas.
Cada camino, sus piedras, sus abrojos.
Pero es peor si no sabemos de dónde procede
ni tal vez cuál pueda ser su forma.

Esta es la clave del suspense de Hitchkock
-se nos contraen los cojones, si te quedan-,
suspender el desastre; un arte elusivo.
La verdadera amenaza siempre es muerte,
la que llevamos dentro.

Temo la furia que habita en mi interior, como un verdadero afán destructor que ni siquiera domina ese que creo ser,
y no es más que imaginación.

Lo peor es que nuestra vida, aun orientada, se dirige
como una flecha sacudida por circunstancias adversas
hacia un horizonte de algún modo previsto
pero desconocido, desde su origen sentido vagamente.

Toda la frágil arquitectura de nuestros hábitos pende de un hilo. Cuando sentimos esto, la existencia puede antojársenos un don o un milagro. Se adensa el instante a la luz del incierto porvenir.

Amenaza, en cualquier momento saltará la liebre del peligro y nos pillará desarmados, vulnerables. Un poco de grava en una curva de la carretera, un bichito invisible en el pulmón de tu hijo, una célula de tu páncreas que da un golpe de Estado convirtiendo en tumor maligno a muchas otras.

Tenemos que aprender a convivir con la conminación del Ser al ser. Tal vez el mal no sea más que una fractura del bien, pero se manifiesta en entes que intimidan. La amenaza principal se cumplirá inexorablemente y el náufrago se quedará mudo, sin queja, sin oración.

(Por cierto, la autoridad no amenaza, sólo avisa, y el que avisa no traiciona.)

domingo, 22 de junio de 2014

Cirílico (glagolítico, escritura cirílica)

Pintada de Aliatis Stratelat, comandante de la guarnición de Bizancio,
en la iglesia de Preslav, en cirílico (s X)

En el siglo IX, el cristianismo se hallaba dividido. Las tensiones entre el patriarca de Constantinopla, el de Alejandría y el papa de Roma, venían de lejos, políticas y doctrinales. Roma y Constantinopla pugnaban ahora por que las tribus bárbaras rezaran en latín o en griego. Los moravos, un pueblo eslavo, enemigos de los germanos, optaron por aliarse con Bizancio. Por eso pidieron al emperador que les enviara misioneros en 862:

“Nuestra nación está bautizada, pero todavía carece de maestros. No entendemos ni el griego ni el latín. [...] No entendemos los caracteres escritos ni su significado; enviadnos maestros que nos enseñen las palabras de las Escrituras y su sentido”. Ratislav I, príncipe de Moravia.

Los misioneros que partieron para la Gran Moravia fueron los hermanos Cirilo y Metodio. Procedían de Tesalónica. Cirilo había sido bibliotecario de Santa Sofía de Constantinopla y era considerado un filósofo. Los hermanos ya habían ejercido con misioneros entre los jázaros, en Crimea. Puede que Cirilo hubiese aprendido en torno al Mar Negro el hebreo y el samaritano y que tradujese una gramática hebrea al idioma de los jázaros, pueblo que se convertiría al judaísmo.

sábado, 1 de febrero de 2014

Utopía

El pensamiento utópico es ambivalente, la mentalidad utópica, soñadora. "Sueño de la razón" llamó alguna vez Platón a su Ciudad del Sol, su Heliópolis, tan justa como meritocrática, tan apropiada para insectos. 

A Utopía nos la imaginamos como a una bella señora, incitante, de noble rostro pero con garras peligrosas, una vampiresa irresistible. 

“A quien pide lo imposible –escribió Cervantes- es justo que lo posible se le niegue”. La fecundidad de la utopía está en estrecha relación con su verdad. La verdad de la utopía no es obviamente su realidad existente, sino su esencia proversiva: la representación de una posibilidad real, amable, realizable.

(Para la relevancia lógica de la "suposición proversiva" y la "inferencia proversiva", como potencial creador de la idea: "La suposición proversiva", en A Parte Rei).

La imaginación humana tiene un extraordinario poder de anticipación y previsión. Sin esta capacidad de invención anticipadora viviríamos en un presente estancado, estéril. Oscar Wilde decía que no merece la pena contemplar un mapa del mundo que no contenga el fabuloso Reino de Utopía. Las culturas sin utopía son prisioneras del presente y retroceden rápidamente al pasado. Como aquel árbol de mi ‘exlibris’ favorito, la cultura también puede decir “crezco o muero”. No es posible seguir viviendo si dejamos las cosas como están. O progresamos o perecemos. Hasta la cerveza se estropea –escribía Heráclito- si no se mueve, porque el presente sólo puede estar vivo en la tensión entre la tradición y el sueño.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Filósofo

Rembrandt. El filósofo meditando

El filósofo siempre ha resultado incómodo al poder establecido. Dicen que Zenón de Elea, fundador según Platón de la dialéctica (o sea de la lógica y arte de intercambiar razones), tras seccionarse la lengua con los dientes, se la escupió al tirano que le ordenaba callar sus fechorías. Platón, el inventor de la filosofía en sentido estricto (distinta de la física y la sofística), fue vendido como esclavo y secuestrado por los dos tiranos de Siracusa: Dionisio padre y Dionisio hijo.

Como ni los tiranos ni los sofistas (tertulianos, publicistas, propagandistas, políticos, intelectuales orgánicos, demagogos, saltimbanquis mediáticos, etc.) soportan la ecuanimidad del filósofo, suelen acusarle de inútil u oscuro.

Por otro lado, la interpretación reductivamente técnica de la ciencia desprecia el valor ético y hemenéutico (interpretativo) que la filosofía aporta al saber y a la orientación de la conducta en general.

miércoles, 3 de julio de 2013

Trascendencia

 

El inmanentismo vitalista carece de fundamento.

La vida es primeramente acción. Nos movemos por motivos y propósitos. Toda acción requiere una meta, pero la vida no puede ser fin de sí misma. De hecho, nuestra existencia resulta una aventura que acaba mal, con la enfermedad, el dolor y la muerte. La vida apunta a lo que no es ella misma. Por eso, el fin de la vida ha de ser una meta-vida. 

Pasa lo mismo con la lógica, no es posible hablar de ella ni explicar su sentido y valor, sus elementos y reglas de formación y transformación, sin otro lenguaje lógico que la envuelva, que refiera a ella significativamente: un lenguaje metalógico.

Si Dios existe, no está vivo, está meta-vivo.

Nietzsche tuvo que recurrir a un mito peregrino, el del eterno retorno, para justificar una vida que hace de sí su única referencia real. Pero de qué me sirve a mí una vida que retorna a sí misma si resulta pobre, desdichada o indigna. No creo que a Nietzsche le gustase repetir los diez últimos años de su existencia terrenal sumidos en la dependencia y la locura. La vida no se acredita por sí misma, es la salud, la alegría y la dignidad lo que la hacen valiosa, merecedora de ser vivida.

Añadamos como refutación al "instantaneísmo" de la “vuelta eterna” que el eterno retorno de lo mismo (¡Dios mío, que aburrimiento!) supone una descripción finita de la energía e infinita del tiempo, sólo en un tiempo ilimitado y si las combinaciones materiales que nos constituyen son finitas se volverán a repetir los mismos acontecimientos en el colosal caleidoscopio de la historia natural, ¡pero estamos lejos de saber si la materia del universo es cuantificable o el tiempo seguirá pasando siempre, per secula seculorum!

En el machadiano “hoy es siempre todavía” cuentan para autentificar el presente, ontológicamente seguro, tanto el antes como el después, implícitos en el "todavía" o, dicho de otro modo, sin conciencia histórica y aspiraciones trascendentes la vida no se eleva a la categoría de vida propiamente humana. 

Un ejemplo: Mozart y su Requiem; los restos mortales deshechos por el tiempo y la forma eterna de su música. La vida de Mozart se trascendió en el sentido de su música. Del Mozart viviente y material no queda casi nada.

sábado, 26 de enero de 2013

Relativismo

Mi amigo José Carlos Barrientos resume la crisis de nuestra civilización en una palabra: "relativismo", que suele ir acompañada de otra, "escepticismo": 

"llevamos el escepticismo como señal de identidad, dudamos de todo y de todos, la capacidad de asombro resulta sospechosa, la ingenuidad culpable y las convicciones profundas señal de trastorno mental".

Relativismo y escepticismo acaban mostrando su cara más oscura y destructiva en el nihilismo. Nihilismo del ser, del valor o de la verdad. Platón edificó la filosofía contra esta demagogia extremosa del "nada vale", del "todo vale", contra esa retórica soberbia que pretende poder argumentarlo todo y, así, tolerar lo intolerable.
Si nada es real, entonces se impondrán los simulacros y al consumidor le darán gato por liebre; si la verdad es relativa a mis intereses, entonces mi gusto será el único criterio de lo justo y me encastillaré en caprichos y sinrazones. Pero si no hay acciones valiosas en sí, al menos nos quedarán los valores de las intenciones, pues las hay malas de verdad; si nada es verdad, entonces todo lo será. Si no hay Dios -como decía Chesterton- cualquier cosa acaba convirtiéndose en divina, ora la camiseta de Messi, ora las bragas de Madonna.

Y es que ningún conocimiento -y el del escéptico también pretende cristalizar en pirrónica escolástica- puede acreditarse sin ciertas suposiciones acerca de lo que sea real, valioso o verdadero. Kant llamó a dichas suposiciones "postulados de la razón pura". Toda negación comporta una afirmación inicial. O no hay mal que por bien no venga. No hay ciencia sin la suposición de un orden natural, no hay vida moral sin la aprehensión inmediata de lo que es incondicionalmente bueno: la salud, la dignidad o la felicidad; ni lógica posible sin la aceptación -expresa o no- del principio de no-contradicción, pues no es posible que algo sea y no sea al mismo tiempo, ni que pensemos esto y no esto a la vez.

La fe del incrédulo es una fe imposible, pues a fin de cuentos (sic) la incredulidad se alimenta al menos de una certeza: la  de que "todo es mentira". Pero, ¿cómo puede estar seguro de ello el incrédulo? Si el nihilista fuese consecuente, pondría también en duda su propia incredulidad. Así, llegaría a la conclusión de que también es mentira que todo es mentira, o de que es preciso dudar de la propia duda, pues si todo es dudoso también lo será que todo lo es, y tal vez no tengamos más remedio que admitir algunos principios evidentes de suyo... como el de que estamos aquí, dudando o soñando que dudamos. Aunque todavía la certeza cartesiana de la conciencia pensante me parece menos ingenua que solipsista, ¡certeza ensimismada! ¿Y el otro? ¿No piensa también el otro y de otra manera?

La duda -quién lo duda-, es un buen punto de partida, un excelente purgante para vomitar dogmas paralizantes, un práctico estímulo para la tolerancia. Pero el escepticismo, como dijo Kant, si bien puede ser una graciosa casa de recreo en la que descansar e intercambiar opiniones y extravagancias, resulta un lugar inhóspito y angustioso para habitar. Las buenas personas, como José Carlos, creen en el valor de la verdad, aunque reconozcan naufragar en un mar de dudas.

No dudo del valor metodológico del relativismo en antropología. Pero el antropólogo debe aceptar la posibilidad de un discurso universal desde el cual el robo, el asesinato, la mentira, la mutilación genital de las niñas, la explotación del trabajo por el capital o el sometimiento de la mujer, no queden santificados por el mero hecho de resultar admisibles en tal o cual cultura. Ese discurso lo inventó Platón con el nombre de Filosofía. 


lunes, 16 de julio de 2012

Ideología


Por "ideología" entendió Marx una falsa conciencia, un modo de sentir y saber pervertido por las relaciones de producción, que son relaciones de explotación en las sociedades históricas. Como una parte de la superestructura, la ideología pasa por ser un reflejo desfigurado de lo que somos, distorsionado por el espejo de los intereses económicos, o sea, los de la clase dominante.

Pero en otro sentido, ideología pasó a representar una visión del mundo con pretensiones políticas: una metafísica que aspira a gobernar.

Gonzalo Fernández de la Mora escribió un libro excepcional, El crepúsculo de las ideologías (1965), injustamente despreciado por la gauche divine, a causa del vínculo del intelectual con la dictadura franquista. Pero el libro resultó profético. Mi tocayo Ferrater Mora, un exiliado republicano, lo confirmó en Las crisis humanas (Salvat, 1972). El propio Marx conjeturó que en la sociedad capitalista la economía por sí misma sería capaz de reproducir el modo de producción dominante. Todos economicistas y pendientes de la prima de riesgo y de la subida o bajada de las bolsas, como si en ello nos fuese de verdad la vida. Homo oeconomicus ya no cree que las ideas produzcan efectos decisivos, sino sólo que debemos ajustarlas a las exigencias de los mercados. Un error, sobre todo cuando éstos no satisfacen necesidades, sino que las crean. .

Pero todo lo que el hombre hace o experimenta pasa o retumba en su cabeza; el vacío dejado por la ideología se llena inmediatamente con otro relativo con pretensiones absolutas: el "absoluto funcional" y la "redención técnica", que con eficacia incomparable absorbe, amasa y nivela. Definitivamente, la palabra "ideología" sigue siendo útil al pensamiento crítico, al menos para interpretar hemiplejias y paraplejias cerebrales, compulsiones retóricas, vanas polémicas, dialécticas degradadas, discursos fideístas y suasorios con pretensiones ético-políticas. Así se puede hablar con fundamento de "ideología nacionalista" o "ideología de género", y también de "ideología ecologista o conservacionista".

El fundamentalismo es lo mismo, pero llevado al extremo. En la ideología del fanatismo la parte lógica de ideo-logía se reduce a la congruencia terrorista de que el fin justifica los medios. Uno podría hablar en estos casos de ideo-manía. Una sola idea, cargada con la dinamita de fuertes emociones y dudosas pasiones, en las que suele predominar el resentimiento, se impone a todas las demás ideas, hasta tiranizarlas. En lugar de una democracia de valores, en la que hay que pensar y discutir, cada día y en cada caso, sobre su relativa jerarquía, uno de estos valores toma la metralleta hasta condenar a prisión o muerte a todos los demás. Un valor convertido en obsesión -incluso si se trata de la justicia, valor de valores- acaba deviniendo en algo injusto, pues la misma justicia debe ser atemperada por la caridad, el amor o la benevolencia. La idea dominante en la mente de un fanático acaba convirtiéndose en un demonio y transformando al portador en un poseso, incapaz de reflexión y examen racional, incapaz de pensar. Es esta incapacidad para el pensamiento lo que impresionó a Hannah Arendt cuando percibió la banalidad y pobreza de espíritu de los asesinos de masas nazis.

Esta idea tiránica, este valor o ideal totalitario, puede ser una ilusión, una alucinación, una perfecta mentira, un cuento perfectamente fantástico; la restauración de un reino que jamás existió, la recuperación de un paraíso legendario, la revelación de un profeta inspirado o el fin próximo de los tiempos, el "comunismo libertario" o la "utopía científica" (valga la profunda contradicción entre los términos de estas entrecomilladas expresiones). La idea totalitaria puede ser tan irracional ella misma que busque continuamente razones en que apoyarse, que invente argumentos aun peores que los que construyó Gorgias de Leontini a favor de la nada, siendo además preferida por los grandes embusteros y narcisistas acomplejados, que son aquellos que tienden a creer sus propias mentiras. Puede ser incluso una idea o una imagen abstracta fea y ominosa, como la que centra el culto a Satán. Ceder a la fascinación de lo espantoso puede ser una tentación obscena, pero enraíza en el fondo animalesco de la naturaleza humana, arraiga en zonas recónditas de nuestro imaginario: esas en las que el miedo se impone a la esperanza aunque se sublime en éxtasis orgiástico.

-Señor -reza un personaje de El Roto- habla con tus fanáticos.
-No puedo -responde desde las alturas el "Todopoderoso"- también a mí me tienen amenazado.

martes, 8 de marzo de 2011

Crueldad


José Antonio Marina no incluye la crueldad en su Diccionario de sentimientos. ¿No es la crueldad una respuesta emocional?, ¿o es un vicio?, ¿y una patología?, ¿clínica o moral?

Puede que la crueldad, más que un sentimiento, sea -como dice el Larousse- un deleite: la sevicia del que se deleita haciendo sufrir o contemplando el sufrimiento ajeno. Figuradamente, "cruel" es también lo insufrible o excesivo, como un dolor inmerecido (casi todos lo son) o una humillación insoportable. Cruel es la tortura. Pero, aunque no nos guste, el humano es también "el animal torturador".

En la terminología del derecho, se entiende por "sevicia" una "crueldad excesiva". Y es curioso el empleo de este adjetivo, "excesiva", ¡cómo si hubiese alguna crueldad tolerable o un grado aceptable jurídicamente de crueldad! El derecho romano, mucho más práctico que el ideal griego de la justicia, contempla la sevicia asociada a los malos tratos que inflige un superior, alguien que "tiene potestad o autoridad legítima", a un subordinado. En el derecho tradicional las sevicias podían ser motivo de divorcio -siempre que fuesen graves y pusiesen en peligro la vida o salud del cónyuge-, y los tribunales podían suprimir en esos casos el derecho de patria potestad. Por supuesto, sería el varón el que más corrientemente incurriría en sevicias, contra la mujer o la prole...

lunes, 30 de agosto de 2010

Celda


Diez años cavando desde mi celda un túnel hacia la libertad. Diez años de sufrimiento y soledad. Lo único que me salvó de la locura fue la ilusión de la liberación, la esperanza de volver a ver la luz del sol. Esa confianza en mi escapatoria me mantenía con vida, fortalecía mi cuerpo, empujaba la corriente de mi sangre, daba un sentido a mis días. "Ya falta menos", "ya falta poco" -con esas frases me animaba cuando ponía con cuidado la tapadera de aquella madriguera de sueños, al final de cada noche, para que nada pudiera verse durante el día.

Diez años imaginando cómo sería mi liberación en la oscuridad, arañando, comiendo tierra, tosiendo polvo, soñando con el momento en que mis retinas se contraerían dolorosamente por culpa de la luz de fuera, la luz natural, la del padre sol. Tal vez sólo podría mirar directamente al mar... pero ya no vería barrotes, ni guardias detrás de los barrotes, ni ratas junto al jergón, vería el mar, el infinito mar...

Diez años cavando desde mi celda una escalera hacia la luz, ¡Y ahora, un simple fallo en los cálculos -tal vez una esquina mal resuelta- hacen que me halle en la celda de otro hombre!

viernes, 30 de julio de 2010

Diseño

Diseño, disegno, design


“¿Diseñas o trabajas?”. La pregunta entraña algún desdén hacia los “artistas”, que en todos los tiempos han sido también aquellos que se las ingenian para no trabajar. El trabajo, qué duda cabe, tiene algo de condena: “parirás a tus hijos con dolor, ganarás el pan con el sudor de tu frente” –parafraseo la sentencia pronunciada por el ángel tras el pecado original, que sin duda fue muy gordo, pues Adán y Eva pretendieron ser dioses, o ascender  a ser “como dioses” por el camino fácil, comiendo manzanas, higos o lo que fuera. Es como pretender llegar a la felicidad a través del callejón endemoniado de las drogas “de diseño” y la música tecno.

Si padecemos prisa o pereza, la alternativa narcisista al trabajo es el cante o el baile… ¡o el diseño! Aunque, y a pesar del mayestático “tu” del halagador y conocido eslogan “¡porque tú lo vales!”, no, ¡no todo el mundo vale! Ni para trabajar ni para diseñar. Algunos, como avellanas vanas, resultan del todo inútiles aunque suenen. Es el porcentaje de parasitismo que aguanta cualquier ecosistema.

Algunos no saben qué inventar para no trabajar, incluso puede que se agoten haciendo el tonto, más que trabajando, como, en general, nos resulta agotador no parar de “divertirnos” y las bodas largas resultan insoportables. Hacer de artista sin serlo resulta bastante ridículo, involuntariamente patético, porque el arte es como un juego, jugarlo mal es perder el tiempo, sin que de ello se derive el menor provecho para nadie. Lo mínimo que puede hacer el artista –si no denuncia, ni enseña ni revela misterios tremendos- es entretener, embeber nuestra atención para que no notemos que sufrimos y que el sufrimiento es irremediable. Y para que el arte absorba tiene que ser verosímil.

Todo arte es imitación de la vida, más imitación que invención. No nos damos cuenta porque despreciamos la autoridad de los clásicos y la indudable influencia de la tradición, y porque padecemos el síndrome postromántico, vitalista e individualista de la “subjetividad genialoide”. El halago de los medios nos ha convencido de que cualquier gesto que hagamos con suficiente intensidad emotiva es arte. Pero nuestras manías les pueden ser perfestamente o ininteligibles a los demás. Jamás se le debe perder el respeto al público.

Pero el diseño es otra cosa que el arte, es techné, una genuina recuperación de la vieja unidad perdida: mezcla de técnica y arte: diseño industrial, gráfico, de interiores, de moda, de mobiliario, urbanístico... Puede que algún día se reconozca al diseño de una maquinilla de afeitar, un inodoro o una moto Montesa, como joyas del arte del siglo XX, mientras que una buena parte de la música horrísona que soportan con estoicismo los pedantes melanómanos, se olvide sin remedio porque no emocione a nadie. El diseño es hoy un proceso integral que abarca mucho más que lo estético o lo formal: marketing, desarrollo, comunicación, factores económicos y ecológicos...

A mí no me extraña que la voz española "diseño", o la inglesa "design", vengan del italiano "disegno". Siguen siendo los italianos quienes deciden qué corbatas estan de moda, los cortes de los trajes masculinos o las botellas de aceite extra virgen de casi todo el mundo… Al delinear la figura, al definir dibujando la epidermis de las cosas, las diseñamos. Sillas de diseño o melones cúbicos. Se trata, claro, de lo externo, no de la forma (morphé) en el sentido clásico de esencia de algo, no se trata de lo que la filosofía contemporánea llamaría su estructura, sino sólo de la descripción o bosquejo [gráfico] o verbal de algo (cuarta acepción que le reconoce a la palabra de marras el diccionario de la academia).

Que el diseño haya llegado a ser tan relevante también define el sentido superficial de nuestra cultura industrialmente teledirigida, lo que importa ni siquiera es la estructura o forma íntima, sino sólo el aspecto externo, rediseñable funcional o estéticamente: “disposición de manchas, colores o dibujos que caracterizan exteriormente a diversos animales y plantas” (sexta acepción RAE). ¡Es verdaderamente increíble que el color o el diseño de los alerones, haya llegado a ser tan importante a la hora de comprar un coche, tanto que el comprador está dispuesto a esperar un montón de tiempo para hacerse con su utilitario predilecto!

La Iglesia tendría que ser más benevolente con nuestros pecados sexuales. A fin de cuentas, ya estamos convencidos de que el sex-appeal reclama de superficie a superficie, nace de la piel, del dibujo de la figura, de su diseño, importa sólo la piel, su cosmética, el simulacro externo, así que ya nadie peca profundamente, los contactos dejan al ser intacto porque son de superficie, epidérmicos.

Los ricos se rediseñan delgados y elásticos con cirugía estética, o en clínicas particulares y academias de yoga. El diseño industrial de modelos sobrevalora la gracilidad funcional. Importa sobre todo la humedad, lozanía, lisura, frescura, bronceado, tatuaje, sombreado... de la piel, importa sólo el pellejo, no la carne no la intimidad anímica invisible.

¿Será porque la carne engorda? La semilla no es fértil en la corteza.

miércoles, 14 de julio de 2010

Palingenesia

"Palingenesia"  o "palingénesis". Dos preciosas palabra de origen griego, femeninas en español.
Regeneración, renacimiento de los seres después de una muerte real o aparente.
Somos sucios, contaminantes y letales, pero consuela pensar que también menospreciamos la capacidad regeneradora de la naturaleza, su recuperación de lo mismo de la vida en lo otro de la forma diversa.
Haeckel llamó así, palingenesia, a la repetición, en el desarrollo de un ser, de estadios pertenecientes a fases anteriores en la evolución de la especie. Aunque la hipótesis de la recapitulación onto-filogenética de Haeckel está hoy subiudice, todavía resulta útil y fuerte esa idea de que para llegar a ser humanos propiamente hablando hemos de pasar por una fase de vegetales, otra de peces, otra de anfibios, otra de reptiles, otra de mamíferos carroñeros, otra de depredadores asesinos, hasta poder llegar a ser personas... Explicaría por ejemplo por qué los niños tienen esos instintos natatorios que han descubierto hoy los pedagogos, y que luego olvidan, debiendo aprender a nadar. O por qué "tomamos el olivo" o nos inmovilizamos en posición fetal cuando nos asusta un violento acontecimiento o una fiera. O por qué el adolescente "tira al monte".
En filosofía de la historia, la teoría de la palingenesia o palingénesis sostiene que las mismas clases de acontecimientos vuelven a suceder al cabo de cierto tiempo en el mismo orden, o ciclo. Parece difícil ensayar una explicación de lo que sucede históricamente sin suponer algo de palingénesis en la secuencia de los acontecimientos.
Pero tampoco debemos caer en la superstición del "eterno retorno de lo mismo", que compartieron estoicos y vitalistas nietzscheanos. Kierkegaard escribió todo un libro para lamentarse de que lo mismo (sobre todo si fue la propia felicidad) resulta irrepetible. Puede que esa sea una de las raíces de la angustia existencial, que hoy se denomina muchas veces estrés.
Es un poco tonto eso de querer volver a la ciudad donde pasamos aquellos felices y despreocupados años de juventud, buscando besar con la misma eficacia emocional con que dimos y nos dieron el primer beso..., sobre todo si hipotecamos el presente y el futuro a esa ilusión de repetir lo que nos dio alegría o seguridad. Preferible resulta estar abierto a nuevas emociones, aunque, ¡ay!, con los años resulten más débiles y difusas, haciéndose encontradizo con una alegría que tiene siempre causas renovadas.

Ritmo

No creo que nadie haya podido analizar con suficiente profundidad la extraordinaria capacidad de subversión que ha tenido la introducción de la música -o de la rítmica- africana, negra, en el occidente cristiano. Que ha supuesto un indudable enriquecimiento lo demuestra el tesoro formidable del jazz. Con el Jazz, Juan Sebastián Bach se sometió a una cura de rejuvenecimiento, el tronco de sus cantatas y tocatas echó nuevos brotes con el vigor fértil y el feroz impulso procedente de la jungla. 
Luego el ritmo se impuso demasiado. La música debería volver a su cauce más complejo. El ritmo asegura, consuela, vigoriza. Los niños lo entienden más fácilmente que el cromatismo o la melodía. No se cansan de que repitamos lo que les conmueve. Pero la melodía y los acordes descubren consonancia y armonía (harmonia, symphonia), y regalan sentido emotivo al tiempo, son éstos, tanto al menos como el ritmo, si no más, los que otorgan al impulso significado y diversidad.
Nos agarramos al ritmo, que es mera repetición, porque da seguridad. Lo que se repite familiariza, ordena, porque en verdad nada o casi nada se repite y en el mundo existen también el azar y el caos. El ritmo anima, excita, incluso irrita, suenan ritmos edificantes y ritmos diabólicos, apolíneos y dionisíacos, constructivos y destructivos, como ya percibió Platón. La música también tiene sesgo moral.
Pero la melodía no sólo emociona, sino que también hace recordar, soñar y hasta pensar, la consonancia cromática nos acerca a la ilusión de un bien posible en que los contrarios pueden fundirse armónicamente en un mundo por fin acogedor.

martes, 6 de julio de 2010

Duda



La duda es la filosofía puesta en marcha. Cuando ya no podemos creer, es obligatorio pensar. Pero es erróneo creer que podemos vivir sin creencias y una creencia equivocada: que todo pueda ser puesto en duda. Pensamos para formarnos nuevas creencias, más perfectas o refinadas que las anteriores en las que descreímos. Creencias en las que podamos residir, pues nos angustia no poder saber a qué atenernos.

Pensar no es sólo dudar. El pensamiento tbn. enuncia, persuade, demuestra, argumenta, explica…

Un escepticismo exagerado nos deja en el “todo vale” que acaba significando “nada vale”, o “todo es mentira”, que puede significar casi lo mismo que “cualquier opinión es respetable”. Los demagogos que conducen a la muchedumbre -a veces hacia el despeñadero- pueden incluso reivindicar el "derecho" a opinar lo que a uno le da la gana, como si eso fuese una libertad, pero quien opina lo que le sale de los huevos o le mana de los ovarios es esclavo de sus instintos más mendaces o de sus pasiones más locas, ensaya sacar lógica del oscuro azar de los genes, en vano. Es bastante tonto reivindicar el derecho a sostener opiniones viscerales, extravagantes o equivocadas. Y hay opiniones que no son nada respetables, que resultan despreciables u odiosas, como la opinión de que la mujer es inferior al varón porque procede de una costilla retorcida de Adán…

Ignacio Gómez de Liaño lo ha dejado escrito: “La duda es el estado anímico más congruente con la filosofía. De eso no parece que se deba dudar. Hacemos filosofía porque las cosas nos sorprenden… Pero sorprenderse es hacerse preguntas. Y hacerse preguntas es no estar seguro de tener un conocimiento efectivo” (Breviario de filosofía práctica, Spain 2005).

Si todo es mentira, también es mentira que todo es mentira. Si ninguna afirmación es verdad, ¿cómo se puede pretender que sea verdadera la tesis “nada es verdad”? “Todo es mentira”, o su equivalente, “Nada es verdad”, son autocontradicciones, asertos autoinvalidantes, modos de hablar que no nos llevan a ninguna parte.

Epicuro ya dijo casi todo al respecto: “Si rechazas todas las sensaciones, no tendrás siquiera el punto de referencia para juzgar aquellas que afirmas que resultan falsas” (Máximas capitales, XXIII. DL X, 139-154).

Pero, hoy, las sensaciones son la menor parte del problema del criterio para discernir lo verdadero de lo falso. Podemos recurrir a los aparatos de medición y a la técnica. Luego están las creencias. ¿Cómo discernir si estamos y cuánto estamos en lo cierto?

Y al fin, del todo, de la totalidad de cuanto existe, como decía Francisco Sánchez –no el hijo de la Lucía, sino el escéptico- “nada se sabe”, Nihil scitur.

sábado, 5 de junio de 2010

Realismo

La palabra "realismo" es ambigua, se presta a equívocos. Sirve en la calle para decir que uno es "realista" en el sentido de que uno no es un soñador, un utopista, un fantasioso, porque uno tiene muy en cuenta la realidad, o sea, aquellas circunstancias que limitan nuestras libertades o simplemente nuestras posibilidades; pero la voz "realismo" sirve en la Academia para referir a la doctrina que afirma que las ideas (y los ideales) son cosas (en latín, 'res, rei'), o por lo menos poseen algún tipo de realidad objetiva. Así, uno es "realista" en filosofía cuando acepta que los valores (belleza, justicia...) y los conceptos universales (animalidad, humanidad...) existen de algún modo a parte rei, con independencia de que existan cosas bellas o animales...
Pero también se consideró "realista" la doctrina ontológica de Aristóteles por suponer que hay una adecuación posible (verdad) entre el conocimiento, el lenguaje y la realidad. Es decir que cuando decimos la verdad, lo que decimos puede ser pensado como adecuado a lo que existe o que se da en el decir verdad la adecuación entre pensamiento y realidad: el pensar verdadero no es un inventar ficticio. La verdad es así la adecuación de la cosa al intelecto. He aquí una concepción "realista" de la verdad, porque cuando digo "tengo una perra que se llama Nana" mi perra está de algún modo en lo que digo y en el entendimiento de lo que digo.
El idealismo no se opone en filosofía al realismo, sino que, al menos en el primer sentido, el platónico, el realismo es la forma extrema del idealismo.
Lo contrario del realismo platónico es el nominalismo, que afirma que los universales y los valores son sólo nombres, etiquetas útiles pero que sólo tienen realidad en cuanto que los aplicamos o suponemos en las cosas (in re) o, si son ideales, tienen sentido como metas regulativas de la acción, pero son ilusiones inexistentes, pues en ningún sitio existe la justicia perfecta, ni la libertad, etc. "No hay más cera que la que arde". El nombre "rosa" puede ser útil para meter en su cajón muchas experiencias de rosas concretas, pero sólo existen éstas, las que crecen sobre tallos espinosos y mueren, no existe la rosa universal y perfecta, intemporal y ubicua.

Considero que uno no tiene más remedio que ser realista en ciencia e idealista en ética; y además, considero que esto es lo correcto, en el doble sentido de lo más verdadero y lo más bueno.
Kant fue un realista epistemológico, pues consideraba que los conceptos podían referir a objetos científicos con tal de que tuvieran contenido empírico; pero fue idealista en ética, puesto que afirmó que la experiencia no nos sirve para deducir lo que debemos hacer, sino que los principios de la moral los hallamos a priori, en la propia universalidad ideal de la razón.
Ser realista en ciencia significa que uno supone que hay razones objetivas para distinguir entre rosas y margaritas, entre tocino y velocidad, entre vacas y nísperos.
Puede que nuestra mente imponga una retícula al ser, y puede que nuestra mente funcione como una criba que sólo admite como grano de realidad aspectos útiles del ser, antropomórficos. Una imagen perfecta de la realidad sería una imagen de infinitos píxeles. Pero, en cualquier caso, aunque todo conocimiento humano signifique cierta "domesticación" de la realidad, aunque todo conocimiento esté transido por el poder y el deseo humanos, demasiado humanos, eso no significa que el conocimiento sea arbitrario. Si bien nuestro conocimiento de la cosa, ¡y no digamos nuestro saber sobre el mundo, el alma o Dios!, no agota la realidad, ni la agotará nunca, sí nos dice lo que las cosas relativamente son o pueden ser.
El realismo actual (el de Putnam, por ejemplo) sostiene que las teorías científicas ofrecen descripciones ciertas de objetos y procesos observables e inobservables del mundo, con independencia de la mente.
Para apuntalar su realismo, Hilary Putnam recurre el "argumento del milagro": el realismo es la única filosofía que no hace del éxito de la ciencia un milagro.

lunes, 29 de marzo de 2010

Derechos

Siempre he preferido la ética de las virtudes (hábitos saludables) a la de los valores; de modo análogo, siempre he preferido las deontologías, es decir, las lógicas de los deberes y obligaciones, tan profesionales, a la retórica de los derechos, tan publicitada por los políticos.
Admitido el dictamen vitalista de que la muerte de Dios no es otra cosa sino el fin de los valores absolutos, me parece portentosa la credulidad de quienes, negando a Dios, sostienen dogmáticamente la "existencia" de los derechos humanos. Siendo así que éstos serían algo que todos tendríamos per nos, de modo innato, sin tener que ganárnoslos ni esforzarnos por merecerlos, incluso sin asumir las obligaciones de respetar los derechos ajenos.
¿Por qué una hormiga, un sapo o una "mala hierba", de esas que invaden los campos de dalias, no tienen "derechos" y los humanos sí, incluso si son peores que las malas hierbas o carecen del todo de la senbilidad para los encantos de las dalias? ¿No son ellos también, el gusano, el sapo o la encina, seres vivos, hijos del azar y la necesidad, de la recombinación genética, la adaptación al medio y el férreo principio de causalidad?
La concesión o el reconocimiento de derechos inalienables está bien, supone el reconocimiento de la superior dignidad del hombre, o sea, del universo moral: de la culpa y del misterio. Lo cual supone a la postre el reconocimiento de la trascendente superioridad del bien común, del bien absoluto, o sea, de Dios. Éste puede ser trascendente o inmanente, estar más allá de la realidad o confudirse con la Naturaleza, eso da igual.
La cuestión principal es la afirmación de la superior dignidad del Ser sobre el No-ser. De ahí el derecho de lo que hay a permanecer. Pero en esa apuesta subyace un acto de fe, una preferencia por el Ser y su Salvación. ¿Por qué, si no, va a ser preferible vivir que estar muerto?
Todo esto se expresa alegóricamente en los relatos según los cuales Dios crea al humano a su imagen y semejanza. El humano es superior a los animales porque se parece a Dios. Niéguese dicho parecido, dicha superioridad o dignidad basada en lo divino del hombre, y todo el tinglado humanista, y humanitarista, se nos viene abajo, todo el tinglado de los "universales derechos humanos" se hunde como un castillo de naipes sin ese plus metafísico, inteligible pero no sensible.
En el fondo de la filosofía de los derechos humanos, hija de la Ilustración, está el pilar secularizado de la divina providencia, en la forma de confianza en el progreso. Se confía en la capacidad del humano para proyectar y trascenderse, para llegar a ser más de lo que es, para superarse, en una palabra, para divinizarse.
La filantropía, el amor a lo humano, no se sustenta por sí mismo. Caín es tan humano como Abel; Judas es más humano que Jesús, la mezquindad y la voluntad aniquiladora son tan consustanciales al género humano como la simpatía o el erotismo; y la historia está tan plagada de progresos y conquistas, como de regresos y errores, tan poblada de héroes como de víctimas inocentes.
Si pensamos en el ser humano como un objeto científico, el amor al ser humano no es más que un estorbo para la exactitud de la comprensión y el entendimiento del fenómeno humano. Entonces no hay más "derechos" que los valores vitalistas: salud, fuerza, belleza, inteligencia..., en nombre de los cuales se puede desheredar de derechos a los enfermos, los débiles, los tontos o los feos, esto resulta tan perfectamente natural como inmoral. Y ésta fue sin duda una consecuencia terrorífica de la exaltación atea de la vida, en nombre de esta exaltación vitalista del "superhombre" se cometieron en el siglo pasado horribles genocidios. Los seres humanos, objetivamente, son casi nada, agua, carbón y sales minerales, parásitos de las plantas, primates asesinos, predadores crueles. Lo que vale es su proyección trascendente, hacia atrás o hacia adelante, esencial o proversiva, que desciende del Paraíso o se dirige al Olimpo.
Para nosotros, sólo una vida que reconoce su origen misterioso y aspira a divinizarse es digna de ser vivida. Y esto no tiene nada de natural. Para ser más de lo que somos resulta socorrida e imprescindible la metafísica. La bondad no es un fenómeno natural, sino una virtud ganada con esfuerzo, hija de la educación y las buenas costumbres. Exige elección, sí, pero también entrenamiento. Y exige, sobre todo, un referente superior, un modelo de perfección más allá de este mundo al que podamos considerar Padre o Destino, siquiera remotamente.