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lunes, 19 de enero de 2015

Amenaza

Para mi la amenaza es más contundente que el ataque; genera inseguridad, ansiedad o angustia. Uno no sabe si se concretará en algún momento y en que lugar.

He observado que algunas padres hacen un uso abusivo de las amenazas y con la cantidad se pierde calidad. Estas amenazas paternales suelen ser ignoradas por los afectados; bien saben que difícilmente se concretarán del modo en que se anuncian. A lo sumo llegarán sin fuerza, convertidas en una recomendación o recriminación que resbala como la lluvia en las ventanas.

Hay otra clase de amenazas que son mucho más terribles; como las que tenemos ahora en nuestro mundo aparentemente civilizado. Son "los lobos solitarios", esas personas que se agazapan en el anonimato para un día salir con un kalashnikov a sembrar el terror indiscriminado.

Luego está la amenaza estratégica, propia de la guerra fría... y del ajedrez. En este caso se anuncia un probable ataque y nuestros movimientos se ven afectados por ella; además nos genera una duda que aumenta la inseguridad: la de si esta amenaza es real o sólo nuestra inteligencia la advierte.

De cualquier modo las amenazas son incómodas, fastidiosas e incluso peligrosas para nuestra salud porque angustian y solo cuando son exageradas o muy conocidas ya carecen de importancia.

Quizá la mejor manera de combatir una amenaza no es con la acción sino creando otra amenaza igual o mejor si es más grande. Pero no siempre tenemos los recursos para ello. En este último caso, sea por debilidad o por impaciencia, influye en nuestra conducta como si se hubiera ya realizado. Decidimos acabar con la situación ambigua; pero la impaciencia es mala consejera y la debilidad puede ser transitoria.

No recomiendo responder inmediatamente; es mejor convertir al tiempo en nuestro aliado, oxidando a las amenazas que se exponen demasiado a los elementos. Los gallegos sabemos, intuitivamente, que el tiempo siempre es nuestro amigo, si aprendemos a gestionar sus pulsaciones.

miércoles, 3 de julio de 2013

TRASCENDENCIA


Algunos piensan, cuando leen o escuchan la palabra "trascendencia", en eso que solemos llamar "el sentido de la vida". Recuerdo una película de los Monty Phyton con este mismo nombre. Yo mismo he pensado una y otra vez en lo mismo, "¿y quién no?", se preguntará el lector. Es verdad, no creo que exista humano que pasando de los cinco años no se halla hecho esta pregunta alguna vez; incluso para ciertas psicologías es una cuestión que abruma por lo repetitiva a lo largo de toda la vida. También está la superficialización de la cuestión que se manifiesta, sin ir más lejos, en la formulación de esta pregunta en cualquier entierro. Pregunta que va seguida de una silenciosa complicidad en el grupo, como si todos supieran que de esas cosas, como de las costumbres sexuales, mejor no menearlas porque son insondables.



Actualmente estoy convencido, aunque no intento convencer a nadie solo expresarme, que buscar "el sentido de la vida" más allá de las relaciones humanas... no tiene ningún sentido. Sería equivalente a preguntarse por el aroma de un triángulo, o por la justicia subyacente en el orden planetario de nuestro sistema solar.

Me explico. Hay productos humanos que lo son claramente; pongamos por caso un coche. Otros son productos más etéreos, en el sentido de que hay que pensar un poco para descubrir su origen puramente humano: el matrimonio podría ser un caso, ya que este hecho, o cosa, o relación tipificada en el código civil, es algo que se parece al "emparejamiento" pero que tiene marcadas diferencias con esta otra clase de relación; los zoólogos que hacen documentales a veces pecan de antropomorfismo cuando muestran las relaciones estables entre macho y hembra en diversas especies animales.

Y por último existen una clase de productos fabricados por el hombre que tienen la peculiaridad de parecer "naturales", y que por lo tanto son previos a la existencia de nuestra especie y probablemente también existan una vez que hayamos desparecido del universo. La justicia, o mejor dicho el concepto de "lo justo" podría ser un buen ejemplo.

Las religiones son, normalmente las encargadas de transmitir esta idea, sea en su forma judaica: un Dios que premia con la vida eterna a quienes se comportan justamente en su paso por la vida; o en su forma budista, un karma que se transmite más allá de los organismos vivientes individuales y que está orientado por la justicia de sus comportamientos.

Sobre el karma se puede teorizar mucho, y llegar a sutilezas teologales que casi nadie comprende, pero al ponerlo como ejemplo me baso, más que nada, en la visión popular (común en los países budistas) dónde el que las hace, las paga, aunque sea en otra vida.

Pues bien, la "justicia" no es otra cosa que un producto humano; fuera de nuestra especie no tiene el menor significado, y por lo tanto la idea de una naturaleza justa. o un proceso de causa-consecuencia basado en ésta, resulta un sinsentido tal como aquel triángulo aromático que he mencionado más arriba.

El mismo hecho de que esta afirmación resulte polémica para algunas personas sirve para demostrar, según lo veo, que algunos productos humanos son tan sutiles que ni siquiera parecen humanos; es decir que son inmanentes al universo y que nuestra especie solo interviene en su descubrimiento.

La "trascendencia" es la operación mental que hacemos con algunos productos nuestros para situarlos más allá de la especie. Surgidos de nuestro cerebro humano, imaginamos que están fuera de nuestro control y que por lo tanto sirven al igual que las estrellas lejanas, por su relativa inmovilidad, servían a los navegantes para orientarse en las noches oscuras y sin luna.

En pocas palabras: "el sentido de la vida" sólo tiene sentido en tanto lo charlamos con nuestros compadres, más allá o más acá carece de significado. Esta cualidad lo convierte en un tema perfecto para divagar siglos y siglos contribuyendo, así, a la supervivencia económica y social de algunos miembros mejor dotados de nuestra especie para hablar y pensar en términos puramente abstractos. Naturalmente que su negación también forma parte del juego.

martes, 25 de diciembre de 2007

Derechos Humanos


Los llamados "Derechos Humanos" son un gran invento de la humanidad por mejorar la convivencia sin apelar a ninguna autoridad trascendente.
En una época donde todo eran obligaciones la palabra "Derechos" sonaba a subversiva; y no faltaba razón ya que cuando todos los “derechos” son propiedad del autócrata, alegarlos era sin duda una forma de negar a la autocracia, fuese ésta representada por una corona o cualquier otro signo de legitimidad. El hombre tenía "Obligaciones" con su amo feudal, con sus caballeros, con el Rey, con el párroco y naturalmente con Dios... "derechos" no, ni, además, los necesitaba. Sería como exigir ser “dichoso” o que el cielo se incline ante nuestros deseos.
La Revolución Francesa significó toda una revolución (la primera de la serie contemporánea y probablemente la que más consecuencias ha tenido en nuestra manera de percibir el mundo social), y con ella aparecieron los Derechos con mayúscula. Todos los hombres, por el simple hecho de su naturaleza humana, venían al mundo con determinados Derechos. Y estos Derechos, que a su vez eran "obligaciones" para su entorno, especialmente para el poder político y religioso, lo acompañaban durante toda su vida en la tierra.
Pero lo que en su momento fue revolucionario se fue degradando imperceptiblemente hasta, en nuestros días, alcanzar el vacío con forma de trivialidad. Y con la costumbre y la repetición vino la desacralización y en cierta forma su des-humanización. Ahora todo bicho viviente tiene "Derechos" (que han sido reivindicados para los primates y algunos consideran que también otros órdenes biológicos son poseedores de sus derechos especiales) y en consecuencia la palabra y su concepto ha dejado de ser un arma contra el autoritarismo para devenir una pancarta agitada en cualquier reivindicación callejera o mediática.
La cantidad termina reduciendo a polvo la calidad. Este pensamiento podría parecer conservador, pero creo que es sólo una constatación (algo melancólica) de como se transforman las grandes cosas en una caricatura. "Del héroe mártir al funcionario legalista", podría ser, quizá, el proceso normal de cualquier movimiento social, político o religioso. ¡Y otra vez a empezar de nuevo!
Me adhiero a la propuesta de otro concepto que reemplace al manido "Derechos"; se trata de "Responsabilidad". Así se podría hablar de "Responsabilidad Humana", o "Responsabilidad del niño", y por supuesto también "Responsabilidad del preso" o "Responsabilidad de los homosexuales". La idea es sencilla, como la de Derechos, pero quizá ayude en algo a mejorar nuestro mundo. Se trata de pensar en lo que podemos dar, en lo que necesitamos dar para que el mundo funcione mejor y con menor dolor. En las necesidades que tenemos todos, más que en cualquier otra cosa.
A la larga también habrá que cambiar de término, y de idea. Pero por lo menos durante un tiempo sacralizando la "responsabilidad" hasta es posible que tengamos un poco más de ella. Y al mundo no le vendría mal, pienso.

martes, 30 de octubre de 2007

Reflejos

Reflejar, como bien dice el Casares es "Hacer retroceder o cambiar de dirección la luz, el calor, el sonido o algún cuerpo elástico, mediante el choque contra alguna superficie adecuada".

Los espejos reflejan aquello que tienen delante, los charcos lo que está arriba, los niños el ambiente que los rodea, los escritores sus fantasmas internos.

El mundo es un juego de espejos que bailan una eterna danza. Nunca se sabe donde está el objeto original. Como un billar metafísico donde todas las bolas se entrechocan y ninguna es causa inicial del movimiento.

Si uno, como fotógrafo, desea captar una imagen puede mirar hacia cualquier lado ya que mire donde mire encontrará la que pueda interesarle. Esto es la prueba, prácticamente experimental, que el mundo es ingrávido en tanto imagen; que no existe "arriba" o "abajo" en sentido absoluto, y que lo que está arriba aparece abajo, o al costado, dependiendo del capricho de la mente.

Los antiguos veían un orden donde nosotros advertimos sólo casualidad, azar. Las enseñanzas de Hermes Trismegisto, (así llamado por los griegos, y por los egipcios Tot, el dios lunar), aseguran, véase el "Corpus Hermeticum", que existe "una correspondencia entre lo que está arriba y lo que está abajo", una relación precisa entre los fenómenos celestes y los terráqueos, entre el mundo del espíritu y el material. Esa correspondencia permite, para aquel adepto que ha profundizado en el "Corpus" influir en uno u otro mundo según su voluntad. De aquí nace la Alquimia y otras tecnologías esotéricas que tuvieron su momento de esplendor y de las cuales nunca se puede decir que "no volverán".

Es posible que la misma idea de esta correspondencia, quizá se pregunte un escéptico actual, podría haber surgido de la contemplación de un charco en algún momento de la historia de la humanidad. Tiene algo de extraño ver en ese trivial y casual espejo, que lo que está arriba, muy arriba, abajo se dibuja. Se puede ver hacia arriba... mirando hacia abajo. Para un físico no hay misterio, pero para una mente acostumbrada a entrecerrar los ojos para que no deslumbre la realidad aparente, el charco es una ventana que se abre al cosmos. Lo humilde, lo que está abajo, es también el refugio de lo inasible, lo que está más arriba de nuestras cabezas, en un mundo invisible.

La idea es seductora. El fotógrafo se queda en la apariencia, pero el filósofo, o el teólogo, puede ir más allá sin temor. El premio a esta audacia puede ser ¿por qué no? un Corpus de conocimiento que perdura, gracias a su lenguaje hermético, en aquellos que comparten idéntica mentalidad mágica o meta-física.

La enseñanza está ahí, mostrándose como un jeroglífico. Para conocer, a veces, basta con dirigir la cabeza al lado opuesto. El que logra separarse de la fascinación del objeto, lo recupera, y quizá pueda manipularlo. El reflejo contiene también la llave que puede abrir una puerta inesperada.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Natural

Natural es, según el Diccionario del Español Actual, (de M.Seco y otros), aquello que es propio de la naturaleza; y también una conducta espontánea o instintiva, que se muestra sin afectación. Por analogía se entiende algo esperable, las consecuencias lógicas de algún evento.

Todos comprendemos de que se habla cuando se oye "¡es natural!", sin embargo precisarlo, como suele suceder, resulta bastante más complicado.

Si se entiende que por tal aquello impreso genéticamente en el individuo, todo lo que aprende, en tanto novedad no incluída en nuestra biología... no forma parte de "lo natural".

Ahora claro que si hacemos un esfuerzo imaginativo y extendemos el concepto a todo aquello que es producido o generado por un organismo, en su actividad de supervivencia, entonces los plásticos, las máquinas y todo lo que creado por el ser humano son perfectamente naturales.

Si se opone, por ejemplo, un vegetal transgénico a otro natural ¿dónde colocar casi todos aquellos que usamos y comemos? ya que resultan de una manipulación de milenios realizada por la especie humana y que sin ella no habría tenido lugar. Ni el trigo, ni el algodón, ni el arroz, ni el maíz ni cualquier otra planta de las que nos resultan úitiles habrían tenido alguna posibilidad de sobrevivir, en las condiciones en que existen actualmente, sin intervención humana.

La distinción es útil en tanto se la piensa para separar de un lado los árboles, las plantas, los pájaros y las hormigas; y del otro las ciudades, el humo contaminante de los coches y motos, el ruido y las chabolas de los barrios marginales. Pero vuelve a diluirse la frontera si se piensa que los volcanes lanzan millones de toneladas de contaminantes capaces de extinguir la vida en kilómetros a la redonda, o que el ruido que produce un terremoto no sólo no es agradable sino que espanta a todo bicho viviente; y nadie duda que son perfectamente "naturales".

Para colmo, de confusión, algunas personas consideran que es natural escribir con pluma y tintero y no lo es escribir en el ordenador. Esta distinción no es otra cosa que una ilusión, ya que en su momento estos medios ahora arcaicos fueron una tecnología puntera, en relación con medios más primitivos. Lo mismo podría decirse de los tratamientos con sábanas mojadas (para bajar la fiebre), las tisanas o cualquier otra técnica terapéutica de la "medicina natural". Todo fue "tecnología punta" en su momento, y al cabo de unos años, o siglos, de tan antiguo ya parece que ha crecido espontáneamente en algún charco humeante del paleolítico.

¿Significa todo lo anterior que la distinción es irrelevante, o propia de charlatanes?

No, no lo creo. Hay cosas que, intuitivamente, nos parecen más naturales que otras. Cosas, procesos, hábitos, reacciones: aquello que no es forzado, que sufre pocas transformaciones entre su origen y el producto final... En fin, todo aquello que no es producto de la violencia, que alarga la vida, que le da calidad, que invita a la creatividad.

Desde este punto de vista la mayoría de nuestras diversiones, puro alcohol y ruido, son muy poco naturales. Nuestras apetencias siempre insatisfechas son nada naturales. Nuestra educación es más artificial que el plástico y más ajena a tales propósitos que una instalación petrolera construída dentro del territorio virgen de la Antártida.

Es posible que la búsqueda de "lo natural" sea en forma críptica, cifrada y comprimida, una búsqueda de algo valioso que nada tiene que ver con la naturaleza que percibimos. A lo mejor buscamos no la naturaleza sino la "humanidad"; algo que por difícil y rara resulta un producto más intuido que conocido.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Tamaño

El Diccionario Ideológico, de J.Casares, indica que "tamaño", es un sustantivo con el significado de "mayor o menor dimensión de una cosa". Ser grande o ser pequeño en este mundo es importante; más de lo que se piensa.

Quizá sea la característica que más salta a la vista... y la primera que se pierde de vista. Todos hemos leído algún chiste sobre el grandullón aturullado, perplejo, indeciso, frente a un pequeñín gritón y dominante. El contraste causa gracia y también confirma lo que sabemos de muchas maneras, que no siempre el tamaño es señal indubitable de poder.

De esta experiencia (o mejor dicho, del paso de esta experiencia a la inconsciencia) saltamos, en una pirueta muy común, a considerar que el tamaño nunca importa, lo cual es totalmente falso. Importa, sí, y para ello no hay nada mejor que tirarse al suelo y mirar hacia arriba. Observar el paisaje cotidiano desde un ángulo bajo es una experiencia que nos devuelve a la infancia. Los niños están más cerca del suelo y hace años que perdimos ese punto de vista, de la misma forma que olvidamos tantas sensaciones inefables propias de la edad temprana.

La columna vertebral y en general todo el esqueleto, con sus articulaciones, tendones y demás piezas movibles, nos impide la experiencia repetida del cambio de perspectiva. Arrastrarnos por el suelo es, en principio, algo impropio, además de ser incómodo. Sin embargo poseemos un periscopio que permite hurgar allí donde los ojos apenas llegan: la cámara fotográfica. Ésta es nuestro brazo articulado, mejor dicho, nuestro ojo móvil que juega según los impulsos de la imaginación (sin imaginación, paradójicamente, la fotografía no es nada). Y con la perspectiva baja es dónde uno puede meditar sobre la grandeza de lo pequeño. Un niño se convierte en un gigante. Es la misma visión, o casi, de un perro o un gato. ¿Así nos ven? ¿Cómo no van a pensar que somos dioses, si los miramos desde arriba? Y si, además, los proveemos de comida y seguridad y los castigamos cuando infringen los límites sagrados.

La experiencia de ser pequeño tiene resonancias místicas. Es difícil sustraerse a la sensación de que se está entre gigantes; no sólo en tamaño sino también en otros poderes (incluyendo el conocimiento del bien y del mal).

¿Cómo puede dudar un niño de un adulto... si lo mira desde abajo? La mayoría de los adolescentes, por lo menos en nuestra época -y en los países bien alimentados-, ya sobrepasa, la altura de sus progenitores; y resulta difícil enfrentarse a ese ciclón de energía impaciente si además se lo mira a nuestro nivel, o peor aun si se tiene que elevar la vista.

Los altares siempre están elevados; obligan a elevar la mirada, e incitan, simultáneamente a doblar las rodillas (o por lo menos a inclinarse ligeramente). He leído que en los países budistas no está bien visto situar una representación de Buda muy baja. Tiene su lógica; una altura de niño (o de animal de compañía) no es adecuada para un "iluminado", para un ser humano que alcanzo el máximo grado a que puede aspirar otro ser humano: la cualidad de "estar despierto" (que no otra cosa significa la budeidad). Ello obliga a poner cualquier representación a un nivel honorífico. Más arriba, tan arriba como sea posible sin tener necesidad que abrir la boca y torcer el cuello; que tampoco se trata de parecer alelado.

Las personas normales van encogiendo con la edad; unos pocos centímetros (apenas perceptibles en décadas), poco a poco el adulto retorna al suelo. Pero vuelve rígido, endurecido, sin la flexibilidad del niño que salta y se revuelca como un gato feliz. Es un pasaje obligado… de allí la rigidez. A nadie entusiasma esta nueva perspectiva.

Un buen fotógrafo tiene que arrastrarse para captar la verdadera realidad; fotografiar por debajo de la mesa (a riesgo de ser considerado un pervertido); destruir el mundo que nuestro tamaño desarrolla como la perspectiva habitual de las cosas. En realidad un filósofo también lo intenta, aunque de manera que pocos lo entienden. Wittgenstein dijo, una vez, que si un caminante encuentra a un hombre, frente a un árbol, y lo oye musitar "esto es un árbol", no piense que es un tonto, un simple, sino, probablemente, un filósofo. Sólo los filósofos, según W, pueden hacer preguntas obvias y plantearse un problema donde nadie espera encontrarlo.

Sugiero que ese filósofo se tire sobre la tierra, tan largo como es, y desde abajo, mirando a ras de suelo, contemple el árbol wittgensteiniano. Un árbol visto desde las raíces es cosa seria. Un templo vegetal. Probadlo alguna vez, y cuando una hormiga se meta por vuestra oreja, simultáneamente, captareis que gran parte de la confianza adulta se funda en cuestión de centímetros. Metro y pico por debajo de nuestro mundo, ruge otra escala de valores.

martes, 4 de septiembre de 2007

El Mal

Pensar en el mal es pensar en el bien. Son dos caras de la misma moneda. Una carretera con dos vías: ida y vuelta. Se puede hacer el mal o se puede hacer el bien. También se puede no hacer nada; sin embargo en muchos casos el resultado no es el previsto: un acto neutro; sino otro que se inclina para uno de los dos extremos que deseamos evitar.

Lo dicho arriba no se refiere a la naturaleza del mal, sino a su íntima asociación con su opuesto el bien. El filósofo se pregunta, (y es legítima su interrogación), por la sustancia del concepto. ¿Es el mal una abstracción consecuencia de una clasificación posible entre muchas imaginables; o es una entidad diferenciada, capaz de obrar y perseguir sus propios fines? Dicho con otras palabras ¿existe el mal como se lo ha concebido durante siglos, o sólo es un nombre que identifica todo aquello que nos parece desagradable o terrible?

En general las religiones tienden a concebir al mal como una presencia. Como algo maligno que llama al desastre. Ese algo puede encarnarse en un ser humano o en un espíritu. Las películas (sobre todo las norteamericanas que son las que más frecuentan el tema) constituyen el género de narración donde se dramatiza esta idea. No se representa a ese algo con pezuñas y olor a azufre, pero casi. En general es lo que mueve las cortinas amenazadoramente, lo que provoca caídas desastrosas de los personajes y que, a veces, impulsa a desbordamientos de tipo sexual o de locura homicida. Nada serio, en realidad, ya que están hechas para entretener y no para ilustrar al público; pero muestra el imaginario de los guionistas: el mal encarnado en un ser oculto y maligno.

El tema no es sencillo, ni simple. Cuando estamos frente a ciertos hechos perturbadores: los campos de concentración, la violencia planificada, las relaciones sádicas hacia los débiles, los psicópatas criminales, los terroristas que ignoran los sentimientos de humanidad, uno no puede menos que preguntarse si realmente no existe algo que actúa persistente más allá de cualquier avance social o cultural. Algo que se ríe de los buenos propósitos y que es capaz de convertir la mejor idea en una caricatura sangrienta.

Es verdad que no hay una única manera de percibir el mundo. Nuestra mente ordena la realidad de tantas maneras posibles que marea sólo el enumerarlas. Además, y esto es algo que muchas veces se nos escapa, no existe un algoritmo racional que pueda discernir el pensamiento verdadero del falso. Se puede decir que una proposición es falsa o verdadera por la manera que está construida, pero no se puede decir lo mismo de una larga cadena de razonamientos combinados con experiencias vitales. El mundo puede ser vestido de tantas maneras como mentes lo piensen. La ciencia aumenta el conocimiento, pero en áreas limitadas. La ciencia es un buen instrumento y una mala brújula. Paralelamente discurren otros mundos caóticos donde la ciencia queda empantanada. Que sean reales o no es un problema de elección personal. No hay una prueba crucial que separe, a priori, las buenas y malas consecuencias; las reales y las imaginadas. Se necesita décadas, y a veces siglos para poder entender la bruma de los hechos y hacia donde apuntaban.

Aclarado, entonces, que no hay palabras definitivas (según mi modesta opinión), uno puede dar una opinión en materia tan compleja a la par que cercana. Quizá sería conveniente recordar que 'santos' y 'perversos' son muy pocos entre los humanos. Muy pocos. Cualquiera puede hacer perrerías al vecino, pero llegar a la perversidad extrema casi nadie lo hace. Creo que si la mayoría de los humanos tuviera un anillo que otorgase inmenso poder, lo usaría para llegar tarde al trabajo sin tener problemas o para comerse una pizza sin pagar al salir. Probablemente ese inmenso poder terminaría aburriéndolo porque hasta un tonto captaría, luego de un número finito de pruebas, que es más divertido un mundo incierto, que otro que se controla en su totalidad. Habría extremos sin duda, pero insisto que la mayoría no sabría que hacer con tanto poder. Estoy convencido que la perversidad es tan rara como la genialidad. Está al final de una curva normal que describe la conducta humana y que las novelas y las películas exageran porque necesitan hacerlo para llamar la atención. Justamente, llamar la atención porque es algo raro.

Si preguntamos a un niño sobre la cuestión, es muy posible que nos de bastantes ejemplos del "mal". En estos casos suelen ser cosas desagradables, pero también están mezcladas otras que a ojos adultos nunca habrían sido clasificadas de tal suerte. El pensamiento del niño arroja luz sobre las debilidades del nuestro.

Pensar en el mal como la suma abstracta de todo lo que no nos gusta es pensar en un mal muy relativo. Lo que no nos gusta puede ser bueno para otros humanos; o para otros seres no-humanos. Ello llevaría a una verdadera relativización del concepto. Todo dependerá del punto de vista. La consecuencia inevitable será que el mal no existe como tal: ni como presencia ni como ausencia. Lo que existe es una suma geométrica de situaciones desagradables que van desde un malestar en la columna vertebral a la muerte (propia o de un ser muy allegado). En el medio está toda la lista de calamidades que el pasado siglo XX se encargó en ampliar y enriquecer con gran éxito.

En realidad circunscribir el mal a las cosas malas que nos suceden es eliminar su malignidad. La mayoría de las cosas desagradables que nos acaecen suceden porque tomamos decisiones idiotas. Algo así como construir una ciudad demasiado estrecha cuando hay espacio suficiente. También es verdad que, a pesar de todo, queda un residuo duro de hechos que no dependen de nuestra voluntad, de nuestro raciociocino y de nada que podamos controlar. Pueden atribuirse al azar, a la predestinación o al pago de canalladas realizadas en otra vida; pero en cualquier cosa no dependen de la voluntad. Esa clase de cosas ¿son muestra evidente de la existencia del mal?

No lo veo así. Podemos quedar paralíticos por causa de un accidente inesperado; se puede morir nuestro hijo o nuestra pareja; podemos perder fortuna, honor, seguridad, salud o cualquier cosa valiosa que se nos ocurra. Podemos ser obligados a hacer la guerra o a sufrirla. Pero esto no prueba nada. En la medida que todo ser es frágil, que su vida dura un instante, que su inteligencia es limitada y que está en un mundo demasiado vasto... cualquier cosa es esperable. Y para ello no se necesita la presencia (o la invención) de un algo maligno sino la pura casualidad y durar lo suficiente para que el azar intervenga. Si se vive lo suficiente algo malo nos sucederá. A pesar de intuirlo nadie quiere pensar en ello; pero aunque no se piense, sucederá.

Hay gente que niega el azar. En consecuencia el razonamiento anterior le resulta estúpido. Sin duda lo sería si se pudiera mostrar que todo lo que nos sucede está sujeto a una ley, una ley moral. "Si me porto bien, nada malo me sobrevendrá". Pero esto es materia opinable y que yo sepa fuera de un contexto religioso no existen estas clases de "leyes". La naturaleza es amoral, o (lo que vendría a resultar igual) si tiene alguna moral no es la que conviene a los seres humanos. Nosotros somos sólo un instante en la vida del universo; nos creemos inmortales como especie, pero es una ilusión ya que es razonable pensar que todo lo que tiene principio también tendrá fin. Imaginar el mal como una presencia es asignarle, aunque sea inconscientemente, las características de un organismo viviente. Y en ese caso ya dejaría de ser algo que mueve las cortinas y arruina nuestras vidas sino alguna clase de bicho que tiene su hábitat, su vida, su familia, y su ciclo vital. Algo imponente, en algunos casos, pero sujeto a las mismas leyes de los dinosaurios y los virus. Una presencia molesta, en suma, pero nada maligna.

Además hay otra cuestión que los estudiosos del tema apenas rozan: ¿cuándo debe juzgarse una acción humana o hecho de la naturaleza? Y no es un problema sencillo. Según el momento cambia nuestro juicio. Hay cosas que nos parecen terribles a poco de sucedidas; sin embargo luego de medio siglo la perspectiva puede ser radicalmente diferente. Y no digo nada si el análisis se hace unos pocos siglos después. Por supuesto que dentro de mil años el juicio de la maldad o la bondad de algo puede sufrir tan drásticos cambios que quizá no podrían ser aceptados por los que vivieron las circunstancias juzgadas. Luego ¿qué clase de mal es ese que cambia según el tiempo que lo juzga?

Resumiendo. No estoy seguro que el mal no exista. Pero si llegara a existir le recomendaría que trate de encontrar la manera de llegar a algunos acuerdos básicos con la especie humana. Tal como pintamos (en el circo cósmico), somos una especie tan agresiva y pujante que sin darnos cuenta podemos cargárnoslo y dejarlo en el camino seco y espachurrado. Claro que si no es un ser vivo tiene muchas más probabilidades de acompañarnos en el trayecto que la suerte nos depare en nuestra carrera por el Universo. Puede ser nuestro compañero virtual (o mental) que haga el trabajo sucio que su otra parte (el bien) no quiere responsabilizarse. En realidad si nos agrada el bien, podemos contar conque el mal tiene también su cubierto puesto en la mesa del hombre.

¡Así son las cosas! ¡No se puede tener sólo la cara de la moneda! La vida es atractiva porque es arriesgada, lo que implica que exista la miseria, la violencia, el terror, la desesperación, la enfermedad y nuestra muerte. Quitemos todos los males del mundo... y éste se acaba. La idea del paraíso es tan estúpida que incita a la curiosidad pensar que tantos hombres se hayan confortado con ella. Sólo puede imaginarse placentera una vida sin dolor aquel que está bajo el dolor. Es comprensible, pero no tiene sentido esa propuesta como un programa global. Si alguna idea ha creado el diablo (o cualquier espíritu perverso), no dudo que ha sido la del "paraíso" o la de la "bienaventuranza". Sólo los tiranos necesitan hacer creer a la gente que puede existir y ser placentero un mundo sin riesgo y sin dolor.

jueves, 30 de agosto de 2007

Azar

Casualidad, suerte, fortuna, acaso, ventura, suceso, accidente. Tantas maneras de llamar a lo que no se espera y tan difícil de establecer su naturaleza.

Los supersticiosos apenas creen en el azar. En un mundo de señales, mensajes, avisos... resulta frívolo, superficial, afirmar la casualidad. Nada sucede "por que sí", nada es fortuito. Sin embargo, a pesar su lógica geométrica, los supersticiosos también creen que existe. Sólo que se arman un barullo mental, una confusión de órdago, y terminan por imaginar que incluso el azar está determinado, o que siendo indeterminado forma parte de un sistema causal, lo cual significa que a la postre también está constreñido por leyes deterministas.

Los científicos, en cambio, y aunque parezca paradójico, están en el bando opuesto. Como saben estadística tienen el dato que son muchas las coincidencias fortuitas; muchas más que lo que el vulgo supone. Cuando un tirador de cartas o un fanático del Tarot mencionan una sugestiva "coincidencia", ellos, los científicos, sonríen como si estuvieran con un niño de parvulario y se disponen a escuchar esa clase de "coincidencias" que, cualquier estudio estadístico de primer curso, demuestra que no son tales. Ellos no ignoran que el azar ha metido la cuchara en la sopa determinista y aquello que parecía "significativo" no es otra cosa que una jugada de la suerte. Cara o cruz, por donde caiga la moneda, no indica nada ajeno, ya que ambas tienen igual oportunidad en la tirada. Incluso aunque salgan varias del mismo lado, no hay razón para sospechar. Si la moneda no está trucada, el azar se disfraza, muchas veces (más de lo que supone una mentalidad a-matemática) con una máscara determinista.

Personalmente soy un creyente del "azar". Me gusta esta posibilidad que nivela todas las prepotencias. No hay dinero que valga, ni gobierno que se menee, frente al caso fortuito. Ningún país está libre del azar, generalmente en su faz menos agradable; asimetría que los sociólogos contemplan con fruición. También ninguna persona debería organizar su vida de tal manera que el azar fuera definitivamente expulsado, como posibilidad.

Creo que es mejor ver la botella 'medio llena' que 'medio vacía', por lo tanto tiendo a pensar que el azar es básicamente benigno: una fuente de sorpresas y regalos; no una pesadilla que acecha en cualquier vuelta de una oscura esquina.

Mi "mejor foto", sin ir más lejos, es el resultado del azar. Sentado en el patio interior de una cafetería (también librería), sentado de puro cansancio y sin esperar absolutamente nada, de pronto una señora y una niña (quizá madre e hija) se sientan en el banco de enfrente y se quedan calladas. Cada cual sumergidas en sus propios pensamientos.

Gracias a todos los Dioses que protegen a los fotógrafos, llevaba conmigo la, en ese entonces, inseparable Contax. Así que aproveché para sacar una foto que ni las alertó ni las sacó de su ensimismamiento armónico.

Luego, al verla en papel, me di cuenta que era una gran foto. Esa clase de imágenes completas y que pueden estar años delante de uno, sin cansar. Aquí tendría que aclarar que los gustos, como se sabe, son muy íntimos, y que nadie tiene porque coincidir con mi juicio. Yo acepto que para los demás una foto así sea sosa, o que no diga nada; pero para mi dice mucho. Habla de cosas que uno ve, cuando duerme, y que no se pueden describir sin parecer tontas, cuando uno se despierta. Una fotografía de esta clase no es una fotografía cualquiera porque no todos los días uno puede fotografiar un ensueño. Por eso se sacan muy pocas en una vida; a veces... no se tiene suerte y no se obtiene ninguna.

El azar actuó y yo estaba allí para celebrarlo. Otras veces uno está allí para lamentarlo. No hay regla fija. Pero el universo sin él sería diferente. No habría forma de escapar, los grandes siempre ganarían y los viejos siempre se aburrirían. Desde aquí, y en silencio, elevo una oración hacia el Azar que si bien no ha creado nada es, en su indeterminación, una gran esperanza para todos los no creyentes.

lunes, 27 de agosto de 2007

Escalera

La escalera es una herramienta sencilla que probablemente fue usada antes de inventarse. El hombre primitivo debe de haber encontrado diversas series de escalones naturales que le sirvieran para subir o bajar en la dirección deseada.

Como la mayoría de las herramientas tradicionales, la escalera es, también, un símbolo con mucha miga. Se la relaciona con ideas de ascensión (lo que parece obvio) y de comunicación con jerarquías de otro nivel (algo también previsible). Osíris, el dios egipcio, era denominado también: "el que está en lo alto de la escalera". Uno puede imaginarse el espíritu del mortal ascendiendo lentamente para enfrentarse al dios radiante. En mi caso, en mi historia particular, la escalera estuvo durante los primeros años de mi vida asociada a la seguridad; ahora, con el paso de los años, el significado ha ido rotando insensiblemente para representar incomodidad y algo que, si no se necesita urgentemente, mejor dejarlo para otro momento. ¡sic transit gloria mundi!

Todos los niños tienen pesadillas; luego éstas desaparecen en la vida adulta, y si aparece alguna nunca es tan terriblemente vívida. Yo recuerdo que, en esos años de sueños angustiosos, siempre buscaba una escalera para escapar, y si la encontraba ¡sentía que estaba salvado! Siempre huía hacia abajo, nunca hacia arriba; y lo hacía a gran velocidad, volando casi. Esto, por supuesto no era otra cosa que una transposición literal de mis experiencias diurnas.

En esa época recorría la escalera de la casa de mis padres (3 pisos antiguos, con una escalera de marmol, en caracol y muy empinada) y lo hacía corriendo, saltando de escalón en escalón de tal suerte que apenas tocaba el bordillo. La misma velocidad de caída me mantenía en equilibrio (según lo recuerdo) y sólo necesitaba deslizar la mano izquierda por el estrecho pasamanos de madera para lograr la dirección correcta. Supongo que si, en un momento de duda, hubiera perdido esa guía me habría estrellado contra la pared o habría caído en forma descontrolada. Pero los niños no dudan, no tienen miedo, y la velocidad les da seguridad en vez de quitársela. Ningún adulto era capaz de alcanzarme si jugaba a perseguirme; y a mis 8 o 9 años me sentía tan seguro como un impala trotando en la sabana delante de pesados leones. Esa experiencia era tan fuerte y repetida (lo hacía siempre que podía) que luego, en mis pesadillas, la tenía a mi disposición para dejar a los monstruos nocturnos con un palmo de narices, rugiendo impotentes sin poder atraparme. Y además aún la recuerdo con gran placer.

La mente, a partir de sus experiencias, teje su propia novela. Los sueños ilustran y aunque está pasado de moda examinarlos, sigue siendo tarea estimulante. Por lo que he visto a todos los niños sanos les gustan las escaleras; aunque ignoro si aparecen en sus sueños como un ámbito de libertad. Supongo que la perciben como una prótesis que les permite situarse a la altura de los grandullones y mirarlos directamente a los ojos, o mejor aún, observarlos desde arriba.

Una escalera es una herramienta simple, pero que abre nuevos mundos. Incluso en mi biblioteca, modesta en su altura, cuando subo por la escalera que me ayuda a alcanzar los últimos estantes, percibo mi estudio de otra manera. Me gustaría verme así trabajando, pero no he alcanzado aún la bilocación, así que me conformo con ver desde el nuevo ángulo el lugar donde trabajo y pienso.

En otro libro que consulto leo que, en los misterios de Mitra cada escalón (eran siete) de su escalera estaba construído con diferentes metales. El primero era de plomo, y ya podéis imaginaros de que sería el último (cada escalón aumentaba la nobleza del metal y la calidad del esfuerzo). Muy arriba se alzaban las pirámides mayas y aztecas con sus numerosos escalones de piedra labrada. En lo alto los sacerdotes mostraban los corazones arrancados y el espectáculo debía ser sobrecogedor. Y no falta, tampoco, el símbolo de la escalera en la organización secreta o semisecreta más famosa de Europa: la masonería.

Si uno conservara el ánimo juguetón de la primera infancia, más la autonomía que dan los años, sería creativo llevarse una modesta escalera portátil cuando vamos de paseo. Detenerse en algún lugar, y desde arriba mirar al mundo y a su devenir. Incluso sentarse en el último escalón y, con las piernas colgando, observar a la gente que va y viene ocupada en sus labores. Creo que comprendo a Simon, el estilita, que se subió a una columna y que se quedó años allá arriba. El mundo desde arriba parece menos peligroso, casi como una casa de muñecas. La mirada convencional tiene también su altitud convencional. Subir unos escalones hace milagros.

viernes, 24 de agosto de 2007

Fruslería

Vivimos rodeados de fruslerías, esas cosas que, según Maria Moliner, tiene el significado de "chuchería, cosilla, friolera, futesa, insignificancia, nadería, pequeñez, simpleza, tontada, tontería." Bagatelas que provocan una sangría a veces considerable al bolsillo y que muestran los caprichosos que seguimos siendo una vez alcanzada la adultez.

Pero nuestra calificación de las bobadas es también muy elástica. Los padres suelen calificar de esta manera las serias preocupaciones de sus hijos, mientras los abuelos suelen mostrarse mucho más comprensivos. Y a la vuelta de los años la mayor parte de nuestros "logros" no parecen otra cosa que "cosillas" que uno hizo en vez de dedicarse a las verdaderamente importantes. Pero no nos vayamos por las ramas; en esta entrada me refiero básicamente a las cosas materiales; aquellas que se muestran en los escaparates y deslumbran nuestros ojos y ciegan nuestra razón (cuando ésta existe, claro)

Las mujeres eran tradicionalmente las mayores consumidoras de estas fruslerías (a juzgar por los autores tradicionales; la mayor parte hombres, naturalmente). En esta época el consumo se ha democratizado y abarca ambos géneros de la especie humana y bien podría decirse que la producción de "tonterías" mueve fortunas y permite el desarrollo de grandes naciones. Veáse si no, el caso de China.

A la postre ¿que es lo que verdaderamente necesitamos? ¿con qué podríamos vivir cómodamente y sin lujos innecesarios y engorrosos? ¿No está el así llamado "mundo desarrollado" sumergido en una montaña de fruslerías tan absurdas como costosas?

Viendo un programa de televisión sobre la basura y sus problemas en EEUU uno se da cuenta de la enormidad del consumo de esta clase de productos. Y por otro lado, mientras movemos la cabeza asintiendo a quién nos comenta criticamente el espectáculo, no dudamos, a renglón seguido, de contribuir al gasto general con nuestra cuota de gastos caprichosos.

Si esto es así, llevamos el apetito por las cosas inútiles grabado a fuego en nuestros genes. En cierta forma sucede igual que con el sexo. Con períodos del año dedicados a la faena, como en el caso de la mayoría de los animales, sería suficiente para mantener y hacer crecer la especie; pero no, tenemos sexo todo el año y además hacemos lo posible para incentivarlo, como si no hubiera otras cosas interesantes de que ocuparnos. Pues bien, el apetito de fruslerías es inmanente a la especie también.

Sólo los desastres naturales o humanos hacen que ese deseo disminuya. Entonces una manta vale más que un televisor panorámico y una botella de agua limpia más que una sortija de diamantes. La civilización se achica y lo elemental brilla con luz propia. Viendo la humanidad doliente uno puede darse cuenta de cuantas cosas inútiles aspiramos a tener por qué sí.

jueves, 23 de agosto de 2007

Historiar

Existe un documento médico que recibe el sugerente nombre de: "historia clínica". En él se nos pregunta sobre achaques pasados de cierta entidad, operaciones quirúrgicas, minusvalías sobrevenidas, etc. También para encontrar empleo se utiliza una encuesta parecida (aunque se le denomina "curriculum" por aquello de establecer una diferencia con la anterior y para indicar que lo importa no son los males sino lo que de útil el pretendiente ha hecho). También el psicólogo, como profesional, es afecto a recolectar episodios pasados buscando antecedentes de los problemas de su paciente. En otros casos sucede (y pienso que toda persona más tarde o más temprano lo intenta) que el sujeto se de a la afición de "historiar" su pasado; no con ánimo terapéutico, laboral o político, sino para entender su vida, o quizá para justificar su estado actual.
En ese último caso la tarea es caótica. Más allá de los olvidos (y las omisiones deliberadas) la cuestión central se plantea en la organización de lo acontecido: ¿qué destacar? Qué sucesos estuvieron preñados de consecuencias y cuales fueron inanes en una sucesión ininterrumpida.
¿Podría ayudarnos la teoría histórica, la de la gran "Historia", en nuestra minúscula búsqueda?
Edward Raymond Carr, el conocido historiador y ensayista británico, escribió hace mucho tiempo algo sobre el tema:

"En 1850, en Stalybridge Wakes, un vendedor de golosinas era deliberadamente golpeado hasta la muerte por una muchedumbre enfurecida, tras una disputa sin importancia. ¿Es ello un hecho histórico? Hace un año hubiese contestado que no sin vacilar. Lo había recogido un testigo ocular en ciertas memorias poco conocidas; pero nunca vi que ningún historiador lo considerase digno de mención. hace un año, el Dr. Kitson Clark lo citó en sus Conferencias Ford en Oxford. ¿Confiere esto al dato el atributo de histórico? Creo que aún no. Su situación actual, diría yo, es la de que se ha presentado su candidatura para el ingreso en el selecto club de los hechos históricos. Se encuentra ahora aguardando partidarios y patrocinadores. Puede que en años sucesivos veamos aparecer este dato primero en notas a pie de página, y luego en el texto, en artículos y libros acerca de la Inglaterra decimonónica, y que dentro de veinte o treinta años haya pasado a ser un hecho histórico sólidamente arraigado. Como también puede que nadie lo mencione, en cuyo caso volverá a sumirse en el limbo de los hechos del pasado no pertenecientes a la historia, de donde el Dr. Kitson Clark ha tratado generosamente de salvarlo" (1)

Siguiendo el mismo razonamiento podríamos considerar un hecho personal como histórico (en el sentido de "historia personal") si el sujeto o algún profesional que lo requiere (por ejemplo su médico) lo consideran relevante en sus consecuencias. Comer una fabada hace veinte años, pongamos por caso, en un reunión familiar... no es relevante, no es un hecho histórico; a menos que de la ingestión susodicha se haya derivado una indigestión con consecuencias que sí son memorables. En estos casos tenemos el problema no menos peliagudo de remontarnos en la cadena de los hechos hasta su causa primera. Algo que es muy difícil de establecer, sino imposible.
Estas reflexiones me llevan a concluir que los problemas para clasificar los hechos en la pequeña historia del individuo son más difíciles de resolver que los hechos históricos de una comunidad (aunque más no fuera que un pueblo pequeño). En ambos casos se necesita del recuerdo y mejor aún si existe documentación, pero la historia de las comunidades humanas es mucho más variada y siempre cabe la posibilidad de que cualquier hecho (incluso trivial) sea encumbrado a la memoria pública por obra y gracia de la necesidad colectiva de tener una “Historia” propia. En cambio en la historia personal no es habitual esta manera rebuscada de afirmar o confirmar la identidad. Por lo menos en la mayoría de los casos, aunque quizá peque de simplista ya que es habitual en las personas mayores una reflexión no pedida sobre su vida pasada. ¿Necesitan los individuos, al igual que los pueblos, inventarse un pasado significativo?
En cualquier caso, tal como sugiere el autor citado los hechos, en si mismos, no llevan adosados ninguna etiqueta que permita clasificarlos:

"... ¿Qué será lo que decida cuál de ambas cosas ha de suceder? Dependerá, pienso yo, de que la tesis o la interpretación en apoyo de la cual el Dr. Kitson Clark cite este incidente sea aceptada por los demas historiadores como válida e importante. Su condición de hecho histórico dependerá de una cuestión de interpretación. Este elemento interpretativo interviene en todos los hechos históricos" (ibid)

Se me ocurre que si aceptáramos conscientemente lo que de hecho hacemos sin saberlo… podríamos darle un poco de más sal a nuestro aburrido pasado. Incluso ofrecer datos sorprendentes para competir en la dura lucha por la vida.
Pongamos por caso que uno está en trance de confeccionar un “currículum” (ese documento que puede determinar por si mismo un cambio importante en nuestra vida) ¿por qué no incluir, como dato significativo, el hecho de que cuando pequeño, fui un apasionado lector de los libros de Emilio Salgari? ¿No puede haber alguna relación de causa a efecto entre esas lecturas infantiles, donde los piratas arriesgaban su vida para conseguir un cuantioso botín, y nuestra responsabilidad actual para encarar tareas comerciales o administrativas? ¿Quién puede negar con rotundidad que esas tempranas lecturas infantiles no han estimulado tanto nuestra imaginación como formado nuestro carácter para empresas posteriores? Por qué no ampliar nuestro curriculum explicando que en la juventud uno trajinó las humosas salas de billares nocturnas, hasta que cerraran las puertas ¿Quizá demostraría nuestro temprano interés para comprender las relaciones físicas entre sólidos y las consecuencias que éstas tenían en los humanos participantes? Una experiencia que normalmente no atinamos a rememorar en las antesalas de un cazador de talentos.
En realidad es imposible demostrar que no existan efectos importantes de hechos hoy subestimados por la teoría psicológica. En el futuro, estoy persuadido, se reconocerá que toda la vida del sujeto es una estructura donde cada pieza juega un papel clave y por esta interpretación cobrará más relevancia lo que ahora juzgamos nimiedades.
Dejamos constancia, por lo tanto, que la exploración del pasado no es tarea de ociosos sin mejor cosa que hacer. La Historia nos fortalece, si está adecuadamente diseñada (lo que implica, siempre, un poco de imaginación y benevolencia simultáneamente). Con palabras de Montaigne: “Quién recuerda los males que ha sufrido, aquellos que lo han amenazado, las livianas circunstancias que lo han hecho pasar de un estado a otro, preparase así a las mutaciones futuras y a la asunción de su condición”.

Nota:
(1) E.H.Carr(1961) : "Qué es la historia",. Editorial Planeta-Agostini, Barcelona, 1984, Tit.Orig: "What is history?", London. , pag. 16.

lunes, 20 de agosto de 2007

Diario

En cualquier parte del mundo la gente lee el diario de la misma manera. Esto no es raro, si se piensa que hay pocas alternativas (leer cabeza abajo o de costado, resulta muy trabajoso) ¡Sería interesante saber si existen diferencias apreciables más que en la postura, en la cabeza del lector!

A priori me inclino por pensar que deben registrarse importantes discrepancias desde la perspectiva de la nacionalidad, la raza o la religión. A estas probables diferencias habría que agregar, para mayor complejidad, las que surgen del universo mental de cada lector.

Esta variedad de reacciones surgen de la gran oposición que existe entre la realidad y la que imaginamos al leer un texto.

Pienso, por ejemplo en Winfried Georg Sebald, escritor ya desaparecido, quien solía acompañar sus escritos con algunas fotos de los lugares que relataba. En "Los anillos de Saturno", describe una melancólica playa del sudeste de Inglaterra, totalmente desolada; más al volver la hoja la encontrarnos fotografiada y sufrimos una fuerte desilusión, un choque. ¡Qué contraste entre la costa imaginada y la que vemos! Ese páramo era otra cosa en nuestra mente: más dramático, menos trivial.

Tales cosas me llevan a pensar que las mejores ciudades visitadas son las que uno recorre con la mente. Quizá debería recomendarse a la gente que divida sus viajes en dos claros tramos: el primero, de simple recolección de sensaciones... y el segundo, mucho más interesante, donde se cierran los ojos y afloran los recuerdos con sus emociones. Esta segunda parte sería el viaje real, el mejor por supuesto. Cómo ciertos alimentos, para saber mejor no deben comerse frescos.

Volviendo a los diarios, me temo que en muchos casos su lectura no deja nada, ningún recuerdo, ninguna emoción. La experiencia semeja al sueño producido por el opio u otra droga narcotizante. Al doblarlos y dejarlos sobre la mesa flotan algunos restos en la memoria; imágenes aisladas, fragmentos de titulares, algún hecho destacado... Al principio, cuando se lee, la información es clara, pero rápidamente se degrada no bien se la pierde de vista. Como el lector de diarios no "estudia" lo que lee, no vuelve atrás para comparar ni toma notas de lo llamativo, avanza progresivamente hasta la consumación del rito y cada nueva información, cada foto, cada columna con sus comentarios, se van integrando en una nube colorista que cosquillea en la conciencia, como las burbujas de esas bebidas carbonatadas tan populares.

No obstante su futilidad, o quizá por ello, la lectura del diario suele ser una "droga poderosa" que crea hábito. Conozco personas que si no empiezan el día con una lectura del diario, no se sienten cómodas; algo les falta para sentirse normales. Y hay otras que necesitan del diario de los domingos, normalmente engrosado hasta extremos cómicos, para darse cuenta que realmente están al fin de la semana.

En realidad es un hábito inocuo que no debería criticarlo ya que a nadie enferma y además mantiene cientos de puestos de trabajo de gente inteligente. No obstante origina un efecto algo inquietante: la inmensa mayoría de los lectores "de diarios" creen, con la fe del carbonero, que por esta acción banal y semiconsciente... se mantienen perfectamente informadas sobre la marcha del mundo. El delirio (así lo defino por su poca conexión con la realidad externa) llega a tal extremo que para algunos lo que no ha sido publicado en "su" diario o no existió, o su importancia es nula.

Naturalmente nada saben, pero al perder la conciencia de su ignorancia han añadido a ella un factor de estabilidad y solidez fruto de la confianza del que "cree" saber. Y así anda el mundo, cada vez más desinformado de lo esencial pero conociendo hasta el detalle todo lo que por capricho de los medios resulta publicado.

Algunos opinan, con cierta depresión, que existe un elemento demoníaco en el consumo de la información (cada vez más degradada). ¡Este sí que es un vicio moderno! Vicio que no podría existir sin nuestras comunicaciones casi instantáneas. Gracias a ellas lo que sucede en ciertos países es más interesante que lo que sucede en otras partes. Una señora se despierta cierto día y decide cortarle el pene a su amante. Si el episodio ocurrió en Nueva York tendrá plana mundial, si sucede en Ghana, sólo se enterará el gato de la casa que recibirá ración extra. El criterio es elástico. No se trata que lo que pasa tenga relevancia (según los especialistas de la cuestión), sino simplemente que suceda en el lugar y momento oportuno. Dicho consumo es inagotable y nunca se sacia; cuanto más, más se quiere. No existen límites biológicos, ni psicológicos al consumo de información basura. Si uno no se auto limita, después de un diario puede venir otro, y luego una revista, y luego otra, y luego la televisión, y en el coche la radio, y así de seguido. La información se realimenta de sí misma, y resulta frecuente que un medio reseñe a otro ("El diario tal ha publicado tal reportaje donde..."). Cazar noticias es fácil y barato porque cualquier cosa se convierte en ella si resulta publicada. La noticia es lo que se publica, no lo es antes de publicarla (antes está en estado de materia virtual, transparente e informe).

Para los humanos de épocas antiguas la información era vital para subsistir. En siglos pasados, menos comunicados, la información seguía siendo importante y también era fuente de poder en un universo pequeño y estático. Ahora la información publicada siempre entretiene pero excepcionalmente importa. Ya no sirve para nada pero ayuda a conversar; proporciona un tema neutro, alejado de las propias penas. Además, y como resto arqueológico de épocas pretéritas, el que las comenta parece algo más ilustrado que el que no las conoce. Sucede como el que tiene libros en un estante, están ahí, por estética, pero el visitante tiene la impresión de que en la casa hay "cultura" (Hojeando revistas de decoración percibimos que ya ni siquiera son necesarios como iconos. La gente termina dándose cuenta que algo que no se usa puede siempre ser reemplazado por algo más bello o impactante).

Los diarios son la señal de una sociedad industrializada; dentro de poco tendremos otras señales más actuales. Pero difícilmente comprenderemos mejor lo que sucede. La tecnología permite rediseñar nuevos árboles, con líneas llamativas, que, como siempre, cumplirán su importante misión de ocultar el bosque.

viernes, 17 de agosto de 2007

Camino

"Muy a menudo es fácil reconocer una ventaja, pero saber lo que se ha de hacer con ella es otra cosa." P.H Clarke

Todos conocemos los caminos; permiten ir de un lugar a otro. Ellos se forman cuando la gente recorre el espacio. No hay manera de evitar su creación (no sólo los humanos los crean, también los animales). Gran parte del dinero de una civilización se invierte en diseñarlos y mantenerlos. Los caminos comienzan su progreso cuando son empedrados y luego, con los siglos, forman rutilantes autopistas adornadas con toda clase de señalizaciones. Los caminos indican que hay vida. Si hay caminos existe alguna clase de inteligencia en el entorno. Por supuesto yo no comparto la idea que únicamente los humanos gozamos de esa facultad.

Ciertos caminos son invisibles, como los que recorren los aviones. Rutas que no se ven, pero ahí están. Un alma ingenua podría pensar que los aviones van por donde quieren. No, van por donde deben. Hay senderos en el aire solidamente trazados y el salirse de ellos ocasiona trastornos que el piloto debe conocer. No obstante las pistas celestes no están restringidas al quehacer humano; los pájaros recorren en sus migraciones anuales también sus rutas. Los observadores de aves lo saben (al igual que los cazadores) y se apostan en lugares específicos para verlas pasar.

El fenómeno es recurrente. Al principio se puede ir por cualquier parte, más tarde aparecen senderos y las personas, en su ajetreo, dan forma a un nuevo camino. Los animales también prefieren sus propios caminos, incluso en los insectos se observan pautas en su andar de apariencia tan anárquica; senderuelos poco llamativos que responden a circunstancias vitales que a nosotros pueden parecernos insignificantes; confundidos por la pequeñez de estos individuos.

Cavilando sobre la cuestión pronto uno descubre otra suerte de caminos, igualmente invisibles. Algunos los llaman hábitos, otros "tendencias", pero en la práctica son verdaderos caminos por donde fluye la actividad cerebral con igual intensidad que en las avenidas de una gran ciudad. Hay, en la mente (entendiéndola no como una entidad mística sino como lo que hace el cerebro) rutas muy trilladas, calles céntricas y concurridas; y hay otras que sólo se recorren en momentos especiales: son callejuelas solitarias que constituyen los suburbios del espíritu. El precepto antiguo "conócete a ti mismo" debería ser releído, para mayor precisión y guía de los humanos, como "conoce los caminos principales de tu mente; y no pierdas de vista los secundarios". Esta tarea cartográfica es indispensable aunque perfectamente postergable. Casi siempre lo urgente está por delante de lo importante.

Sin un mapa de nuestros caminos mentales toda interpretación de la conducta es cándida y todo propósito fortuito. Y como este mapa casi nunca existe, ni tampoco el deseo de construirlo, la mayoría de nuestros planes tienen un carácter aleatorio que preferimos no pensar. Nos gustan ciertas cosas, evitamos otras, y unas terceras nos producen francamente asco. Estas orientaciones y fobias obligan a las carreteras de la mente a diseñar inesperadas curvas, a entrar en viaductos subterráneos, a crear caminos sin salida (aunque ello se ignora porque tampoco se recorrerán hasta el final). El sujeto se siente libre y cree, al igual que el ingenuo que cito más arriba, que puede ir en cualquier dirección, como los aviones; y como ellos tiene un camino prefijado hasta el detalle.

Cada sensación, idea, emoción o pensamiento habitual se mueve por un camino construido. Cada vez que algo realmente nuevo se intenta se necesita rediseñar un circuito mental; lo que no quita que existan, en apariciones inesperadas, pensamientos extraños, fuera de ruta. Aparecen como intuiciones repentinas, como fantasmas al borde del camino. Serían perturbadores sin duraran; pero su carácter fugaz y aleatorio permiten llevar una vida normal (cuando persisten el individuo siente que algo ajeno se ha instalado en su cabeza).

Introducir un cambio importante en la vida es simultáneamente una operación vial: hay que crear un nuevo camino. Descubrimos que se necesita material de construcción, conocimientos topográficos, aplanar el terreno, contar con recursos económicos, enlazar el punto de partida con pueblos intermedios... y sucede, casi siempre, que la operación se abandona a poco de empezar; como esos proyectos de autopistas que, en algunos países subdesarrollados, de pronto desaparecen en el desierto.

Las leyes de la construcción de caminos mentales son implacables. Los diseños son pocos; y los probables menos aún. Sólo el genio presenta un diseño excéntrico (para bien y para mal). Las utopías educativas siempre alentaron esa clase de posibilidades; como si todo fuese posible, baste con que se empiece muy temprano. Estos fracasos demuestran algo: que no sólo necesitamos caminos, sino, además, puntos importantes para comunicar. Si la educación no crea puntos de atracción, que operen como ciudades mentales, los caminos no comunicarán nada significativo y serán por lo tanto obras de ingeniería inútiles.


Nota: la cita inicial es de "100 Soviet Chess miniatures", G.Bell & Sons Ltd, London 1963. Existe traducción de Jaime Piñeiro en Editorial Bruguera 1973).

jueves, 16 de agosto de 2007

Argumento

A los españoles nos gusta argumentar; pero, en la mayoría de los casos, se tiende a confundir el acto de elevar la voz con la seriedad intrínseca de la tesis. Si se expresa en voz baja, se puede sospechar un muy moderado compromiso personal con ella.

Esto de "argumentar" tiene su encanto. Además existe un repertorio casi infinito de juicios para sostener cualquier razonamiento; por lo que es imposible quedarse sin ellos. Si el otro se calla seguro que está cansado o tiene prisa para otros negocios.

Suponiendo energía y tiempo libre cualquier ser humano normal, más aún si es latino, puede emplear el arte de la argumentación para demostrar que lo cuadrado es redondo, o que sólo nos mueve el respeto por la ley, la norma ética o el normal transcurrir de las cosas.

Sin embargo argumentar es materia ardua si se toma el proceso con seriedad. No es fácil apilar juicios y que estos queden ensamblados coherentemente. La argumentación es, la mayoría de las veces, un puzzle mal construido que pasa por bueno sencillamente porque está escrito en el aire; y este medio sutil no es idóneo para descubrir los detalles y las incongruencias.

Por supuesto no me estoy refiriendo al discurso científico o legal, sino a lo que se habla en el día a día cotidiano. En este nivel todos, en algún momento, necesitamos utilizar argumentos. Ellos muchas veces "vencen" pero no "convencen". El asentimiento se fuerza por medios implícitos, tales como: una potente voz, la autoridad del que habla -generalmente de tipo burocrática-, o la ardorosa pasión.

Esta última es el principal argumento de cargo. Si uno está convencido tiene todas las de ganar; o por lo menos, la improbabilidad de perder. El discutidor ni siquiera tiene conciencia del proceso; se autoconvencence... al escucharse. Intuye que su convicción es la piedra de toque. La confianza opera como un filtro que detiene todas las objeciones. Algunos dicen que "convencer" implica "con" y "vencer", o sea, es obra de equipo, de concierto de voluntades, de compromisos. Que la tarea excluye la dominación pura y dura. Pero esto es puramente literario; en la práctica terráquea convence el que vence. En los mundos celestes y angélicos otras son las reglas... pero "ésta" es otra historia.

Si la reflexión anterior es cierta, habría que huir de las personas "convencidas" (por lo menos en situaciones de conflicto o dudosas); con ellas no es posible el diálogo, sólo un armisticio precario.

Existe un montón de verbos que tienen relación con este acto tan humano y cotidiano de argumentar: razonar, discurrir, argüir, proponer, definir, describir, distinguir, resumir, retorcer, inferir, deducir, abstraer, analizar, sintetizar, colegir ... Todos estas palabras son diferentes, aunque relacionadas. Cada una implica un matiz diferenciador, una conducta específica que, muchas veces, requiere años y años de educación. En estos verbos está encerrada, como el demonio de la botella, todo lo que la humanidad ha logrado y todo lo que la humanidad ha destrozado.

Poderosa es la mente y argumentar es su principal herramienta. Se puede someter por la fuerza a la gente, pero mantenerla así, durante mucho tiempo sólo se puede por la razón. No la razón con mayúscula, sino la pequeña, la que sirve para entender nuestro mundo, aunque en el fondo no se comprenda nada. Esta clase de razón se funda en argumentos. Argumentos que el tiempo modifica y caduca; argumentos que van cayendo como hojas secas cuando la época que los sostiene también desaparece.

Si se pudiera (lo que linda con la fantasía) influir en uno mismo (antes que en los demás) creo que se debería buscar no la perfección en la argumentación, ya que si estamos equivocados ese arte consolida nuestro error, sino otra clase de modelo de pensar. La crítica de la argumentación pasa, creo, por lo que escribe De Bono:

"'Yo tengo razón tu estás equivocado' condensa la esencia de nuestros hábitos de pensamiento tradicionales que fueron implantados por el último Renacimiento (...) Para el fin de derrotar la herejía, el sistema era sumamente eficaz, porque el pensador podía partir de conceptos comúnmente aceptados (axiomas) (...) Este sistema de principio, lógica y argumento es la base de nuestro muy utilizado -y a menudo beneficioso- pensamiento legalista. Donde falla es en la presunción de que las percepciones y los valores son comunes, universales, permanentes o incluso generalmente aceptados."

Argumentar es un adelanto, biológico y humano, pero nuestro mundo actual pide dar un salto hacia el costado para revisar el dogma de la argumentación aplicado a la política y a la ética. Más allá de vencer al contrario está la posibilidad, por ahora poco explorada, de generar un modelo flexible que provoque la síntesis de posiciones divergentes igualmente razonables.

Mientras tanto lo que se puede hacer es captar los términos del dilema, medir y percibir la magnitud de la brecha que los argumentos confrontados establecen. No es mucho, pero lo veo más progresista que incorporarse de hoz y coz a una de las partes en conflicto. Lamentablemente toda regla es de aplicación limitada, y en política y moral (o religión) el campo donde reina es muy restringido. Sólo el sentido común, definido provisionalmente como la capacidad de tolerar incoherencias y huecos argumentativos, tiene aquí un papel esencial. Algo insatisfactorio para aquel que cree que el mundo puede ser descrito por la razón.

Nota: la cita está en el libro: Edward De Bono."Yo tengo razon; tu estas equivocado".(I am right, You are wrong).Ediciones B.Barcelona, 1992.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Amenaza

Los humanos conocemos muy bien lo que es sentirnos "amenazados". Es una sensación vital, que acompaña, probablemente, a todo bicho viviente y en ciertos momentos conscientes.

Las amenazas son múltiples, provienen de cualquier lado; desde el interior, donde nuestro organismo envía señales a veces ambiguas pero cuando toman la forma de dolor o molestia se convierten en inquietantes. De afuera, donde una mirada ajena demasiado fija, una nube que amenaza tormenta o una carta donde se nos convoca, son signos amenazadores.

Ya lo adelantó el Buda, vivir es estar en permanente peligro y congoja. No sólo cuando estamos mal, sino, lo que es ya el colmo, cuando estamos muy bien. En este caso el malestar proviene de la aguda conciencia de vivir un instante perecedero; y que cuanto mejor estamos se avizora, con ciencia intuitiva, lo complejo que resulta el retorno de un placer similar.

Evitamos, olvidamos, alejamos los miedos, inventando toda clase de juegos y complicadas estructuras sociales. Es increíble lo que se avanza tecnológicamente para no recordar la fragilidad de la vida. Más cada época tiene su particular estrategia para afrontar las amenazas inherentes a la existencia.

En la Edad Media preferían abordarlo desde "lo peor". Los sermones religiosos apuntaban casi siempre a lo perecedero de la vida y a la superficialidad de cualquier placer. Era una solución extraña a los ojos modernos, ya que implicaba pasarlo muy mal incluso en los mejores momentos. Dado que los peligros acechan siempre, la solución pasaba por recordarlo de tal manera que el daño de su aparición real era amortizado desde mucho antes de su posible aparición. Así como el tacaño vive una pobreza anticipada y reacciona frente a ella con "más miseria", el religioso medieval se adelante a todos los temores convirtiéndolos de posibilidad en realidad presencial. Siglos después nos parece una mala solución, y quizá la evolución nos haya obligado a comprobar que la anticipación del dolor es peor que el sufrimiento real.

Los europeos nos cansamos de los sermones y el péndulo se fue al otro extremo. Así concluimos que mejor es no pensar en "lo malo" y que se debe soñar con un futuro donde las amenazas se van reduciendo hasta lo imperceptible. Por supuesto no todo funciona así: las compañías de seguros necesitan de la anticipación negativa para sobrevivir; pero la mayoría de los procesos mentales contemporáneos van por ese camino, o por lo menos se intenta. Cualquier predicción agorera es despreciada como "sesgada"; cualquier pronóstico de calamidades es acogida con una tolerante sonrisa. Todo el mundo "sabe" que las cosas si empeoran será por poco tiempo, y la mejor manera de prevenir cualquier desdicha es no pensar en ella. Así de "mágico" se ha convertido nuestro pensamiento.

Extraña solución. Quizá tan extraña como la medieval. El sentido común no encuentra un término medio aceptable, ya que probablemente no exista. No se puede estar "un poquito embarazada", de la misma forma o hay amenazas o no las hay.

El gran acierto del misticismo es haber captado que la existencia humana es asimétrica; que no hay la misma proporción de beneficios y perjuicios o de placer y dolor. Que aunque se pudiera demostrar que el beneficio individual aumenta con el progreso social y tecnológico simultáneamente se incrementa la sensación de inseguridad y las amenazas se reinventan (como las enfermedades) adoptando nuevas formas. El mensaje parece pesimista: vayas donde vayas y te desarrolles como te desarrolles siempre estarás atenazado por dolores reales y otros anticipados, por miedos y ansiedades; circundado por amenazas físicas o virtuales; temiendo lo que se te viene o preocupándote por perder lo que has alcanzado. Sin embargo es posible que el análisis tenga también, luego de tocar fondo, su propio antídoto: y éste no es otra cosa que el descubrimiento de la vacuidad, del vacío. Nagarjuna, el gran místico y teórico budista, es el referente intelectual de este gran descubrimiento: el vacío es la sustancia que subyace a toda realidad, incluyendo las amenazas que nos persiguen. Pero el tema del "vacío" no tranquiliza a nadie, excepto a los que tengan una vocación filosófica irrefrenable. Así que la historia sigue.

martes, 14 de agosto de 2007

Ajedrez


"A los jugadores profesionales de ajedrez no debería permitírseles declarar en los tribunales de justicia."

Maimónides. Mishnah (Sanhedrin 3.3)


Los humanos somos animales de costumbres. Esto es cosa sabida, pero casi nunca pensamos en esto (excepto, claro, cuando las circunstancias obligan).

¿Tiene algo que ver el ajedrez con los hábitos? Veamos, si las costumbres nos rigen, casi siempre más allá de la autoconciencia, puede suceder que ignoremos los recursos que están a nuestro lado. Recursos inapreciables que, sin embargo, son invisibles.

Estaríamos, en cierta forma, en la situación de aquel que se muere de sed por no ver la abundancia de agua en su entorno. Menesterosos rodeados de riquezas; así nos lamentamos de lo que no tenemos y apenas damos un vistazo aburrido y superficial a nuestro mundo.

¡Qué desastre cuando hay un corte de luz y no podemos ver televisión! ¡Qué terrible cuando se nos acaba nuestra provisión de lectura! ¡Qué hacer para llenar esos huecos grises que, al pasar de los años, se ensanchan a la par que se encogen las primeras ilusiones!

Alguna vez he pensado que si alguien, decidido a suicidarse, se tomara el tiempo de hacer una lista minuciosa de todas las cosas que puede hacer... en sus últimos momentos (ya que por su misma situación extraordinaria estaría en la privilegiada situación de excederse en lo que le de la gana), la lista podría ser tan extensa… que el suicidio tendría que postergarse sine die.

Y es así, que filosofando sobre aquellos recursos que estando al alcance de todos son, sin embargo, invisibles para la mayoría, uno puede apercibirse del valor del ajedrez ¡El ajedrez también está allí!

El ajedrez posee la gran virtud de todo juego (que en tanto actividad lúdica no es algo práctico). Y, además, por su complejidad y variedad resulta el monarca de los juegos.

Es el jugar la actividad propia de los mamíferos inteligentes (cuanto más inteligente es la especie más tiempo dedicada al juego), y como tal los juegos constituyen un porcentaje mayor en la ocupación del tiempo en las sociedades más desarrolladas. Homo ludens, sociedad sofisticada.

Dentro de los juegos el ajedrez ocupa un compartimiento especial. Observando la práctica ajedrecística constatamos su semejanza con una de tipo meditativa, individualista y recoleta. Los jugadores recuerdan más al ambiente de un claustro de monasterio que a las bulliciosas gradas de un estadio contemporáneo. Sin embargo esa primera impresión se pierde cuando se contempla la impresionante cantidad de torneos, en todo el mundo; de revistas, libros, tiendas especializadas y programas informáticos especializados. Hay mucha actividad en torno a este modesto juego donde dos personas, frente a frente, separadas sólo por un pequeño tablero con cuadros de dos colores, desplazan pequeños trebejos luego de largos minutos de concentración.

Por el dinero que mueve y por la gente que participa se parece a un deporte con sus asociaciones "federadas" (y sus inevitables rencillas tan típicas de cualquier escenario similar), sus estatutos, y los habituales y multitudinarios encuentros locales, nacionales e internacionales. Sin embargo, y a diferencia de cualquier otro deporte conocido, también puede existir en cualquier lugar insólito y poco frecuentado por aspirantes a la fama: un asilo, el patio de una iglesia, un parque, una playa solitaria o el ámbito reservado de una estancia privada.

Cualquiera puede aprenderlo y no se tarda mucho, si apetece, en dominar las reglas básicas. Y puede acompañar toda una vida o gran parte de ella. Sirve de entretenimiento, y para algunos predispuestos, es materia de reflexión tanto en su aspecto técnico como en otro más general (lindando con la metafísica), en el cual el ajedrez modeliza aspectos de una realidad tan compleja como inasible.

Hay otros juegos que pueden comparársele, pero ninguno tiene su antigüedad, su capacidad de emigración y de sintonización con culturas muy dispares (piensesé, por ejemplo, en los GM estadounidenses e indios; representantes de sociedades tan opuestas). Recopilar sus cualidades y sus avatares históricos deja perplejo al investigador. ¿Qué puede aportar, entonces, una actividad que no lleva a ninguna parte, y que, por ello mismo es irrelevante para la subsistencia? Una actividad propia de especialistas y que sin embargo podemos verla en acción en cualquier rincón de nuestro mundo.

El desarrollo tecnológico no lo ha afectado. La aparición de programas informáticos capaces de ganar a un humano es un aliciente para el ajedrez, no decretó su ruina. Hasta hace unos años si alguien quería mejorar en el juego necesitaba o largos años de estudio o contratar un entrenador para ello. La primera alternativa es privilegio de pocos; la segunda es más dinámica pero muchísimo más cara; la combinación de ambas ideal, pero, por supuesto, los costes se elevan. La informática ha democratizado el acceso a niveles más elevados de juego. Hace posible que cualquiera tenga su "entrenador" en casa y que siempre pueda desarrollarse si está dispuesto a ello. Por lo tanto y contra los pronósticos agoreros los programas informáticos traen una renovada fuerza al antiguo juego al permitir elevar el nivel de experiencia de sus jugadores (se aprende más cuanto más probable sea la posibilidad de perder).

La práctica del ajedrez tiene muchos senderos. Se puede elegir la vía del “experto” (hasta coronarla con el título de Gran Maestro), o la más amistosa y placentera del vulgar aficionado. Se puede jugar en una época de la propia existencia y luego dejar que se aleje en alas del recuerdo. Se puede volver cuando ya otros objetivos han perdido su capacidad de atracción, o se puede ir y venir al compás de nuestros humores, ilusiones y necesidades. Hay sabios unilaterales que son aquellos que sólo hacen ajedrez, y hay estudiosos que lo comparten con otras actividades científicas o artísticas. Como dijo Ludek Pachman, el famoso ajedrecista y GM checoslovaco muerto hace poco, "los buenos ajedrecistas son hombres cultos y polifacéticos; los geniales son de otra manera".

En cada instante, a partir de la iniciación (que puede darse en cualquier momento de la vida humana), el ajedrez propone varias líneas de "juego", con sus variantes siempre abiertas. Personalmente no creo que el ajedrez desarrolle cualidades especiales de tipo intelectual; sin embargo estoy convencido que si esas cualidades preexisten, jugar al ajedrez es equivalente a beber un buen sorbo de agua clara y fresca en una jornada agobiante de estío. ¡El que se muere de sed, en nuestra sociedad contemporánea... se lo merece por tonto!