martes, 14 de abril de 2026

AVARICIA & CODICIA

 

Alegoría medieval de la Codicia

Avaricia y codicia suelen darse mezcladas o hermanadas. Si Codicia es el afán patológico de adquisición, un deseo siempre insatisfecho y por encima de lo necesario y conveniente, Avaricia es afán de retención egoísta de lo ya adquirido. El codicioso nunca tiene lo suficiente; el avaricioso teme perder lo que ya posee y a veces ni siquiera es capaz de disfrutar de su riqueza y vive --como si dijéramos-- "en casa fría y desacomodada" por no gastar. Ni en saludos gasta. No le gusta compartir.

Cuenta Vilém Flusser (1920-1991) que en el terreno de la vida la batalla entre Cielo e Infierno sigue desenfrenada, o sea, la lucha entre generosidad y avaricia no cesa. El diablo declara que lo social funda lo real y que la mente es producto de lo social, por que nadie escapa a la "alienación" (esa palabra progre, y "pija" según Foster Wallace). Y el Maligno fortalece lo social gracias a la codicia y a la envidia. La codicia, lo mismo que su hermana la avaricia, fija y conserva la estructura social; por su parte, la envidia es el principio evolutivo de la sociedad, gracias al cual lo social y sus costumbres se reforman.

El progresismo y el espíritu revolucionario --declara Flusser en La Historia del Diablo (Buenos Aires, 2024)-- representan la acción o praxis política de Envidia, mientras que las tendencias conservadoras son más bien hijas de Avaricia. Codicia y Envidia se fortalecen en tensión dinámica y dialéctica, por eso la envidia tiene mucho de avaricia fracasada y la avaricia de envidia frustrada y por lo mismo el revolucionario es un reaccionario frustrado y el conservador un progresista cansado o envejecido. Eso también explica por qué, cuando la revolución triunfa, el caudillo revolucionario se convierte ipso facto en un reaccionario feroz y cómo el conservador activo consiente y hasta estimula cierto progreso, consciente de que hay que cambiar algo para conservar en propiedad, al menos, lo mejor.

Para el envidioso, por consiguiente, nada hay peor que la codicia; y para el avaricioso, nada peor que la envidia... "Los capitalistas son malos para el proletariado 'informado', los bolcheviques son malos para el capitalista 'demócrata'" (Flusser). Ante esta caída en el tiempo, que diría Ciorán, el animal social tiene dos alternativas: engagement o dégagement, tomar partido "hasta mancharse" --como dijo el poeta, y sin duda se manchará-- o no hacerlo, bien comprometiéndonos a favor de Envidia o a favor de Codicia, en cualquier caso seremos víctima de una ilusión y presa fácil del diablo, pero si la conciencia alerta se percata de la relatividad de ambas moralidades y se niega a tomar partido, perderá con ello todo sentido del valor y se volverá oportunista. También en este caso --según Flusser-- sería fácil presa del Diablo. El autor --nacido en Praga y nacionalizado brasileño-- nos ofrece un buen caso de cómo la historia política puede interpretarse en clave moral y teológica y la aventura del progreso como "historia del Diablo":

"Toda la sinfonía de la civilización, todo el avance de la humanidad contra los límites impuestos por la Divinidad, toda la lucha prometeica por el fuego de la libertad; todo esto, desde la perspectiva del diablo, no es más que su majestuosa obra. O, desde otro punto de vista, todo esto no es más que una ilusión creada por el diablo. La ciencia, el arte y la filosofía son los ejemplos más nobles de esa obra." 

¡Menos mal! Aunque no sorprende que se exprese así quien fue expulsado por los nazis de una realidad llamada "Praga". En cualquier caso, tal vez entre el compromiso político y el desenganche o huida hacia una estética "torre de marfil" o hacia una contemplación objetiva y desideologizada de lo real, quepa una tercera opción que consistiría en avanzar o superar la hipocresía hasta llegar a un "oportunismo informado" o a un "conformismo levemente crítico" o al "desespero grisáceo de la ética relativizada". El caso es que eliminado Dios y con él las anticuadas nociones de Justicia o Derecho divino resulta difícil cualquier compromiso de valor o con valores. En efecto, si todos los valores son relativos, cabe pensar congruentemente que no hay en absoluto valores.

Lo cierto es que la envidia se articula en mitos, mientras que la codicia recurre preferentemente a ritos. Ambos vicios temporales, codicia y envidia, conforman el punto de partida de la historia humana, tanto al menos como la soberbia que apartó a nuestros primeros padres del Paraíso de las bestias, dando lugar a esa conciencia que Foster Wallace interpreta como una pesadilla de la naturaleza. Maestra envidia innova productos anímicos y hasta espirituales que doña Avaricia persigue y la dueña Codicia atesora. La envidia es idealista, el envidioso fantasea, por ejemplo, con lo divinamente que lo estará viviendo el rico, sin que ello se corresponda necesariamente con nada real; la avaricia es más bien materialista aunque se las dé de otra cosa u organice galas benéficas.


Dilthey fue el primer pensador que articuló envidia y avaricia de forma consistente, al explicar ambos desatinos como deformaciones de la mente bajo la presión de la autoconciencia y de la relación con los demás. La avaricia y la codicia, en efecto, hipertrofian el instinto de autoconservación y su búsqueda de seguridad; la envidia, por su parte, nos hace odiosa cualquier comparación con otros, cualquier alegría de los demás. 

Pero antes que Dilthey Platón denunció la codicia como una patología de la voluntad, es decir, del ánimo y del sentimiento (del thymós). En el libro IX de Leyes la trata como principal causa de asesinatos y delitos. La codicia es ese lamentable embrutecimiento de las almas, sacudidas por el más intenso y frecuente de los afanes, 

"aquella magia de las riquezas que engendra por naturaleza y por una lamentable educación mil ansias de poseer sin saciedad y sin término". 

Platón achaca en afán y empacho insensato de bienes materiales a una "mala educación", la que elogia demasiado y tradicionalmente a la riqueza (πλοῦτον) tanto entre griegos como entre bárbaros, pues juzga las riquezas materiales como el primero de los bienes, cuando no es sino el tercero, ya que antes de la riqueza, y más valiosas, están la salud del cuerpo y la del alma. Platón afirma que la riqueza es por causa de (ἕνεκα) el cuerpo y "el cuerpo existe por gracia del alma" (ὡς ἕνεκα σώματός ἐστι, καì σῶμα ψυχῆς ἕνεκα, 870b).

No hay nada malo para Platon en enriquercerse o en querer enriquecerse (al contrario que suele pensar el envidioso), siempre y cuando respetemos la preferencia del bien común, dado que este mismo argumento nos enseña:

"que el que ha de ser feliz no debe buscar simplemente el enriquecerse, sino el enriquecerse dentro de la justicia y la moderación. Y de este modo no se producirían en la ciudad muertes que tuvieran que purgarse con otras muertes." (870bc)

Además --sigue Platón-- el temperamento del alma ambiciosa engendra envidias que son convecinas perversas del envidioso mismo y, luego, de los hombres mejores de la ciudad. 

Nos equivocaríamos si pensásemos que la codicia es un vicio puramente desiderativo o la avaricia un exceso meramente sentimental. Sin duda ha triunfado muchas veces en la historia y en la vida particular de sus protagonistas la codicia racional... En su obra El Gran Dilema Nicéforo Argiroteo previó un triste final para las civilizaciones avanzadas, bien por molicie o bien por aburrimiento, y es que la Razón en su codicia no descansa hasta poder convertir los átomos en bombas y a los electrones, protones y otros corpúsculos y energúsculos en narcóticos y cremas antiarrugas. Así, la avaricia y la codicia de la Razón lo avasallan todo y echan la naturaleza (incluida la nuestra) a perder. Lo estamos viendo sin cesar con esas obras del Diablo que son terrorismos y guerras.

Notas

-- Sobre la Envidia puede leerse y meditarse una entrada en este mismo Diccionario Subjetivo

-- Sobre la metafísica de Nicéforo Argiroteo, autor de una famosa Teofaria, puede consultarse Mojigangas y pamplinas.

viernes, 3 de abril de 2026

Veracidad

Los diccionarios suelen decir de este sustantivo que es similar a “sinceridad”, o “franqueza”, o “claridad”, o “fidelidad”, etc., etc. Obviamente tiene que ver con la “verdad”, porque se dice de una persona que afirma alguna verdad que es “veraz”; por tanto, la veracidad sería la costumbre, el hábito o incluso el vicio de decir siempre que se tercie… ¡la verdad!

Todo parece muy claro, o cristalino, pero en el fondo este sustantivo femenino oculta un misterio… como todos los de su especie. ¿Qué es “la verdad”?

A veces uno —que de cuando en cuando escucha la radio— oye, en labios de un deportista o incluso de un artista: “¡Estoy en la verdad!”, como si se pudiera estar en un lugar que se denomina de esta suerte. A mí me suena muy extraño, como también cuando se proclama “¡Jesús es la verdad!”, aunque tal cosa también se predica de otros profetas, e incluso de figuras políticas de nivel internacional.

Llegado a este punto, uno ya no sabe a qué santo encomendarse, porque, si un personaje histórico muy respetable es la verdad, entonces ya no estamos en un sitio concreto, sino en el trance de incorporarnos a una serie de ideaciones que suelen estar muy alejadas de las cosas más concretas de esta vida. ¿Es necesario estar “en la verdad”, o ya es más que suficiente si nos quedamos en lo que apenas llega a la opinión?

Y ya que estamos, ¿qué es la opinión y en qué se diferencia de la verdad?

Pareciera que la opinión es lo que uno piensa y dice en ropa de andar por casa; o, a lo mejor, solo en ropa de trabajo. Mientras que la verdad supone un traje de fiesta, o lo que uno se suele poner en las mejores situaciones a las que la vida nos invita. Pero… si fuera así, entonces la “verdad” sería cosa rara, propia de circunstancias especiales, y lo más habitual sería tener solo “opiniones”, que es lo que se usa en los días cotidianos, ¿no?

De lo cual podría deducirse, si los pensamientos anteriores están bien encadenados, que la veracidad es algo importante, severo y escaso. ¿No es así?


miércoles, 11 de febrero de 2026

LO COOL


Alex Katz, Retrato de una mujer

 El hombre o la mujer cool no son ni el decadente pesimista de Nietzsche ni el trabajador oprimido de Marx, se parecen al telespectador canaleando por curiosidad, uno tras otro, los programas de la noche, al consumidor que arrastra su carrito por el Super sin decidir su compra, a la dueña que duda entre escoger unos días de retiro en una residencia rural o de  relax en una playa de moda.

El consumidor cool está sumido en la apatía, inducida por el campo vertiginoso de las posibilidades y del libre-servicio generalizado. Se trata más de un efecto social, que de la decisión estoica y personal de limitar las pasiones. La frialdad del cool es la de la indiferencia pura, la de la distancia irónica y el desapego. Nada de sentimentalismo, nada tampoco de transpiración. Mínimo esfuerzo.

En sus ensayos de crítica social, Gilles Lipovetsky asocia la conciencia cool a la ideología del bienestar. La falta de atención de los alumnos, de la que con razón se quejan maestros y profesores, sería uno de sus síntomas. Una conciencia dispersa en monitores, captada por todo y por nada, excitada e indiferente a la vez, sobresaturada de informaciones, en las antípodas de la conciencia voluntaria propia de los caracteres fuertes del pasado.

"Automat", de Edward Hopper, 1927

Han desaparecido los grandes objetivos, los grandes relatos de salvación o de emancipación, todo lo que queda es el imperativo: "Disfruten de su compra". Cool es el nuevo zombi atravesado de mensajes que contempla impasible una pelea a puñetazos en un callejón lluvioso (hard-boiled), los personajes solitarios de Hopper (pintor del silencio) bajo las luces de neón, noctámbulos solitarios, los colores planos y los rostros sin emociones de Alex Katz. Este representa la exaltación de la simplicidad en gran formato compitiendo con vallas publicitarias.

A pesar del significado directo de la palabra "cool", el estilo cool puede ser cálido y comunicativo, aunque esté vacío del sentimiento de existir y carezca de todo entusiasmo. No obstante, los estilistas hablan de una frialdad cortante, cuyo precedente filosófico podría espigarse en El extranjero de Camus y extenderse a través del minimalismo reiterativo. El cool puede asociarse al estado del cuerpo que deja la desilusión existencialista, para la cual, lo sabemos por Sartre, "el infierno son los otros", o también puede que esté vinculado a un nihilismo elegante, hedonista y tolerante.

El hombre cool aparece y se anticipa sublimado en las novelas negras de Raimond Chandler y Dashiell Hammett, en el estilo comunicativo y el encanto enigmático de sus detectives, Philip Marlowe y Sam Spade: cortante, lacónico, rápido, cínico, lleno de metáforas afiladas, sujeto al control emocional. Son tipos que ocultan sus sentimientos, pero sienten, aunque no sabemos qué.

Puede que haya algo debajo de las latas de Andy Warhol, pero no sabemos qué. Ese pop es también cool como arte urbano, igual que los grafiti que transforman espacios de la gran ciudad (street art). Parece que, en contraste con el abstraccionismo y el expresionismo, la figuración cool, neorrealista, busca sobre todo el impacto visual.

Sobre Alex Katz: https://youtu.be/UFEE7-1e3eI?si=D9KhfxDGpJG_nOE6