Los diccionarios suelen decir de este sustantivo que es similar a “sinceridad”, o “franqueza”, o “claridad”, o “fidelidad”, etc., etc. Obviamente tiene que ver con la “verdad”, porque se dice de una persona que afirma alguna verdad que es “veraz”; por tanto, la veracidad sería la costumbre, el hábito o incluso el vicio de decir siempre que se tercie… ¡la verdad!
Todo parece muy claro, o cristalino, pero en el fondo este sustantivo femenino oculta un misterio… como todos los de su especie. ¿Qué es “la verdad”?
A veces uno —que de cuando en cuando escucha la radio— oye, en labios de un deportista o incluso de un artista: “¡Estoy en la verdad!”, como si se pudiera estar en un lugar que se denomina de esta suerte. A mí me suena muy extraño, como también cuando se proclama “¡Jesús es la verdad!”, aunque tal cosa también se predica de otros profetas, e incluso de figuras políticas de nivel internacional.
Llegado a este punto, uno ya no sabe a qué santo encomendarse, porque, si un personaje histórico muy respetable es la verdad, entonces ya no estamos en un sitio concreto, sino en el trance de incorporarnos a una serie de ideaciones que suelen estar muy alejadas de las cosas más concretas de esta vida. ¿Es necesario estar “en la verdad”, o ya es más que suficiente si nos quedamos en lo que apenas llega a la opinión?
Y ya que estamos, ¿qué es la opinión y en qué se diferencia de la verdad?
Pareciera que la opinión es lo que uno piensa y dice en ropa de andar por casa; o, a lo mejor, solo en ropa de trabajo. Mientras que la verdad supone un traje de fiesta, o lo que uno se suele poner en las mejores situaciones a las que la vida nos invita. Pero… si fuera así, entonces la “verdad” sería cosa rara, propia de circunstancias especiales, y lo más habitual sería tener solo “opiniones”, que es lo que se usa en los días cotidianos, ¿no?
De lo cual podría deducirse, si los pensamientos anteriores están bien encadenados, que la veracidad es algo importante, severo y escaso. ¿No es así?
1 comentario:
¡Cuánto me alegra tu intervención, amigo Carolus, es este Vocabulario subjetivo! Comentando a Platón, en su *Historia de la sexualidad* (2. "El uso de los placeres"), dice Foucault que la libertad-poder que caracteriza el modo de ser del hombre temperante (sensato) no puede concebirse sin una relación con la verdad. Dominar los placeres y someterlos al Logos es lo mismo. No podemos separar ciencia y templanza. Por eso los intemperantes e inmoderados son siempre ignorantes. "No podemos constituirnos como sujeto moral en el uso de los placeres sin constuirnos al mismo tiempo como sujeto de conocimiento". Principalísimo es, a este respecto, el conocimiento veraz de uno mismo, el reconocimiento de lo que somos, de nuestras limitaciones, es decir, la veracidad como un querer ser y estar situado en la verdad (que nos hace libres): el coraje de no engañarnos a nosotros mismos. No engañarse uno a sí mismo es lo más difícil en esto del arte de llevar una buena vida; engañarse y ser engañado por el halago de los Medios, de la publicidad comercial o de la propaganda política, es lo más fácil, incluso lo más cómodo.
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