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viernes, 4 de enero de 2008

Concordia

La concordia no es una virtud que esté de moda. Los políticos deliran, empanzados de "patrioterismo", "tolerancia" y "solidaridad", así que, con ese atracón retórico, no les queda espacio para ejercitar o exaltar la concordia.
Sin embargo, Aristóteles describía en el libro VIII de su Ética a Nicómaco, cómo los legisladores de la antigüedad clásica dedicaban la mayor parte de sus esfuerzos a preservar esa amistad que mantiene la paz social, pues "en efecto la concordia (homónoia) parece ser algo semejante a la amistad, y es a ella a lo que más aspiran, mientras que lo que con más empeño procuran expulsar es la discordia, que es enemistad. Y cuando los hombres son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, mientras que aún siendo justos necesitan además de la amistad, y parece que son los justos los que son más capaces de amistad".
Aristóteles asociaba la concordia con los actos que son útiles para todas las partes, como cuando todos juzgan que determinados poderes del Estado han de ser electivos. La concordia es la amistad civil y comprende los intereses comunes y todas las necesidades de la vida social. Esta virtud, imprescindible para la ciudadanía, supone corazones sanos y espíritus rectos que sólo quieren las cosas justas y útiles, guiados por el interés común. Por eso, entre los malos no es posible la concordia.
El romano Cicerón fue, tres siglos más tarde, un verdadero campeón de la concordia, a la que consideró el más fuerte vínculo para la preservación de la res publica. La concordia es para el orden civil lo que la armonía para el canto (concentio). La concordia es un concepto político que también tiene un análogo psicológico: consensio.
El consenso que hizo posible la Constitución española que hoy sirve de protección de nuestros derechos, frente a la discordia de las comunidades, o frente a la prepotencia del Estado, fue una forma de concordia. Con ella la emparenta Herrero de Miñón en uno de sus artículos (asequible en la Magna Malla Mundial). Es la voluntad de vivir en común, previa a cualquier acto legislativo. La constitución expresó esa concordia.
Más privadamente, es la misma virtud que hace posible la convivencia leal y duradera de las parejas, la estabilidad y unión de las familias. No es de extrañar que la cultura antigua la santificase, la personificase, y le erigiese templos.
En la foto que ilustra esta entrada, tenemos una foto del llamado Templo de la Concordia, en la antigua Akragas de Empedokles. Hoy sobrevive su armónica estructura -milagrosamente, después de 25 siglos- en el Valle dei Templi a los pies de la ciudad siciliana de Agrigento, cerca del mar. Debe su supervivencia, seguramente, a una auténtica voluntad de concordia entre religiones. Pues los cristianos, en lugar de destruirlo, lo utilizaron como basílica cristiana de los santos Pedro y Pablo en el año 597 d. C. Hay que celebrar la voluntad del emperador Teodosio de convertir los templos paganos en iglesias (edicto del 435 d. C.). Los cristianos añadieron muros y arcos, cortaron columnas, etc., pero en el siglo XVIII el príncipe de Torremuzza recuperó la antigua ligereza y armonía, que algunos artistas ha descrito como "perfección estupefaciente" (J. Houel). En este edificio se aplicaron todas las finezas típicas de la arquitectura griega madura.
El nombre "Concordia" con que se le conoce universalmente deriva de una inscripción romana de época imperial hallada en 1500 en los alrededores del templo, pero nadie sabe seguramente a qué divinidad estuvo dedicado hace dos mil quinientos años. Algunos han especulado con que la dedicación cristiana a los santos Pedro y Pablo supusiera un doble culto anterior, quizá en honor de los Dióscuros, hijos de Zeus y Leda, pero no hay indicio arqueológico que lo corrobore. Prefiero pensar en el dios desconocido del que habló Pablo... y al que pueden rezar todos las mujeres y varones de fe, por ejemplo, para pedir concordia universal entre los seres humanos.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Persona







A la memoria de mi tío

Fernando Biedma Campos



En nuestro tiempo y espacio la personalización de los animales corre pareja a la animalización de los seres humanos. La dimensión personal, la que posee dignidad y merece respeto, parece contar poco.

Persona es lo que muere irremediablemente, mientras la naturaleza recicla sus restos materiales. Pero no es lo que se inhuma o arde. Es lo irrepetible: por eso resulta tan trágica la muerte de cualquiera; cualquiera es siempre único, especie única (Unamuno). Una interpretación irrepetible de la humanidad.

Persona es lo indivisible, lo inclasificable, lo que sólo puede ser referido y abarcado insuficientemente por el nombre propio.

Los adolescentes temen usar los nombres propios porque intuyen que eso les compromete personalmente. Las cosas no me solicitan ni me reclaman como a un igual; las personas, sí. Por eso digo "tío", o "tronco", "tronca" o "chichi" o "pischa", en lugar de Isabel, Carmen, Araceli... El apodo es una vía intermedia, singulariza pero todavía clasifica, cosifica. El Pelao, de la familia de los Pelaos, que se llaman así por su calvicie prematura o su pelo ralo...

Persona es un concepto tan primitivo como cosa, salvo que persona es, precisamente, aquello que no puede ser cosa, un particular de base tan insólito que posee cuerpo y es también cuerpo (una propiedad intransferible). El único referente dotado de dos tipos de predicados, físicos y psíquicos, es personal. De hecho, soy el mismo que pesa más de ochenta kilos y sueña con viajar a Siracusa (la Siracusa de Platón y Dionisio, claro).

Sin embargo, sólo los egoístas recalcitrantes confunden la persona con el yo. El "yo" es un término viajero, que puede atribuirse cualquiera que asuma la fuerza ilocutiva del acto de comunicación. Es simple y grosero creer que la persona sea mera fuerza comunicativa. Aunque tal vez la persona emerja de la comunicación no es sólo comunicación, no se disuelve en sus relaciones sociales, como pretendían los historicistas.

La persona es el verdadero agente de la acción propiamente humana, aquella que contiene intención, buena o mala intención, porque hay buenas o malas personas; es más, sólo las personas pueden ser malas o buenas, no los animales en que anidan. La acciones personales son las que ejecutamos libremente, mediante una elección preferente guiada por razones, por convicciones, por actitudes favorables.

La persona es sobre todo un invento, un cuento, un mito, un puente narrativo, una biografía. Lo que soñamos: un puente entre lo que somos (nuestras disposiciones naturales), y lo que debemos ser (nuestros ideales morales). La persona se sedimenta en los vicios y las virtudes de un carácter ('ethos', de donde "ética"), pero también posee iniciativa creadora, autorreguladora. Ese sí mismo de la persona es la instancia que puede prometer, comprometiendo la regularidad y situación de sus estados futuros, siendo fiel a sus promesas o cumpliendo la palabra dada. Sólo la persona responde de lo que hace, es responsable, por eso los adolescentes huyen de los nombres propios, sienten que es duro entrar en el reino de los adultos, en el reino de las responsabilidades personales. Prefieren entregarse a un movimiento sin futuro y pasado: el instanteneísmo. No obstante, si sólo existe el presente, no hay persona que valga y cualquier especie de violencia queda excusada, incluso la tortura que no reconoce al otro como persona. Es el animal el que vive en presente. La persona también acepta compromisos retrospectivos, hacia un pasado sobre el que pende como sujeto cultural, con el que está en deuda y al que debe agradecimiento, el que adeuda a los ancestros.

La persona tiene un cerebro, pero no es un cerebro; representa su personaje, usa máscaras, pero no es ni sólo personaje ni sólo máscara. Siente en su intimidad que no puede ser ninguna cosa. No se agota en sus representaciones porque es un fin en sí, o el fin de fines si orienta sus preferencias a lo bueno.

Yo creo -como Ricoeur- que el respeto a las personas debe estar por encima incluso del respeto a la norma. Esa dialéctica es la de la democracia, que reconoce la igualdad de las personas (isonomía) y su capacidad para pronunciarse racionalmente (isegoría), pero exige una sabiduría práctica más antigua, que remite a un horizonte de ilusiones creadoras y recreadoras.

¿Hay en el fondo de la persona una voz moral, una conciencia racional, o sólo un impulso amoroso? Puede que esa conciencia carezca ya de nombre propio, sea Inconsciente o Superconsciente, o su nombre sea de Otro, Otro más grande y todopoderoso sin nombre personal o que es muchas personas en que éstas alcanzan paz y felicidad, gloria y reposo...

Que así sea.



Fuentes: Aristóteles (Ética para Nicómaco), Kant (Crítica de la razón práctica), Manuel García Morente (Ensayo sobre la vida privada), Paul Ricoeur (Sí mismo como otro).

miércoles, 17 de octubre de 2007

Volar


En el prólogo del gran drama ideado por Goethe, Mefistófeles describe al doctor Fausto como a un pobre loco devorado por la angustia, porque "no sabe alimentarse de cosas terrenas". "Quiere las estrellas más hermosas del Cielo", sí, pero también "anhela toda sublime voluptuosidad de la Tierra".

Luego, en el monólogo con que empieza la tragedia, Fausto se incita a sí mismo: "Huye y, audaz, lánzate al espacio" -se dice.

Algo hay en nosotros, algo muy antiguo pero con gran futuro, que aspira a las alturas siderales. Algo que goza con el vértigo y el riesgo del viaje espacial. Esta vocación celestial nos hace incómodos pasajeros de la nave Tierra. Algo en las alturas nos reclama como un padre y una madre genuinos llamando a sus criaturas desde lejos.

El consejo de Dédalo a su hijo sigue siendo útil, sobre todo cuando los herederos del ingenioso griego -fuera ático, o cretense como el laberinto que construyó- han inventado de verdad el ala delta.

No vueles ni muy alto ni muy bajo, porque en ambos casos te perderás. Te devorará la luz y el sol o te tragará la tiniebla del inhumano océano.

Ni celestial ni terrestre, ni dios ni animal, tal es la condición intermedia, mestiza y limítrofe, del humano.

Lo nuestro, desde luego, no es reptar como la serpiente, sino volar como los ángeles, en esa ingravidez en que los huesos se nos deshacen por inútiles.

Nuestra condena: aspirar a ser lo que no podemos ser de ningún modo.

Tal vez no sea tan insensata la suposición medieval de que este mundo en realidad gira alrededor del verdadero infierno. La Tierra no es más que su antesala, un purgatorio cuya letra ha puesto dios y cuya música toca el diablo. Por qué, si no, tanta pasión por escapar de él, tanto placer por ir de vuelo.