sábado, 1 de febrero de 2014

Utopía

El pensamiento utópico es ambivalente, la mentalidad utópica, soñadora. "Sueño de la razón" llamó alguna vez Platón a su Ciudad del Sol, su Heliópolis, tan justa como meritocrática, tan apropiada para insectos. 

A Utopía nos la imaginamos como a una bella señora, incitante, de noble rostro pero con garras peligrosas, una vampiresa irresistible. 

“A quien pide lo imposible –escribió Cervantes- es justo que lo posible se le niegue”. La fecundidad de la utopía está en estrecha relación con su verdad. La verdad de la utopía no es obviamente su realidad existente, sino su esencia proversiva: la representación de una posibilidad real, amable, realizable.

(Para la relevancia lógica de la "suposición proversiva" y la "inferencia proversiva", como potencial creador de la idea: "La suposición proversiva", en A Parte Rei).

La imaginación humana tiene un extraordinario poder de anticipación y previsión. Sin esta capacidad de invención anticipadora viviríamos en un presente estancado, estéril. Oscar Wilde decía que no merece la pena contemplar un mapa del mundo que no contenga el fabuloso Reino de Utopía. Las culturas sin utopía son prisioneras del presente y retroceden rápidamente al pasado. Como aquel árbol de mi ‘exlibris’ favorito, la cultura también puede decir “crezco o muero”. No es posible seguir viviendo si dejamos las cosas como están. O progresamos o perecemos. Hasta la cerveza se estropea –escribía Heráclito- si no se mueve, porque el presente sólo puede estar vivo en la tensión entre la tradición y el sueño.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Filósofo

Rembrandt. El filósofo meditando

El filósofo siempre ha resultado incómodo al poder establecido. Dicen que Zenón de Elea, fundador según Platón de la dialéctica (o sea de la lógica y arte de intercambiar razones), tras seccionarse la lengua con los dientes, se la escupió al tirano que le ordenaba callar sus fechorías. Platón, el inventor de la filosofía en sentido estricto (distinta de la física y la sofística), fue vendido como esclavo y secuestrado por los dos tiranos de Siracusa: Dionisio padre y Dionisio hijo.

Como ni los tiranos ni los sofistas (tertulianos, publicistas, propagandistas, políticos, intelectuales orgánicos, demagogos, saltimbanquis mediáticos, etc.) soportan la ecuanimidad del filósofo, suelen acusarle de inútil u oscuro.

Por otro lado, la interpretación reductivamente técnica de la ciencia desprecia el valor ético y hemenéutico (interpretativo) que la filosofía aporta al saber y a la orientación de la conducta en general.

miércoles, 3 de julio de 2013

TRASCENDENCIA


Algunos piensan, cuando leen o escuchan la palabra "trascendencia", en eso que solemos llamar "el sentido de la vida". Recuerdo una película de los Monty Phyton con este mismo nombre. Yo mismo he pensado una y otra vez en lo mismo, "¿y quién no?", se preguntará el lector. Es verdad, no creo que exista humano que pasando de los cinco años no se halla hecho esta pregunta alguna vez; incluso para ciertas psicologías es una cuestión que abruma por lo repetitiva a lo largo de toda la vida. También está la superficialización de la cuestión que se manifiesta, sin ir más lejos, en la formulación de esta pregunta en cualquier entierro. Pregunta que va seguida de una silenciosa complicidad en el grupo, como si todos supieran que de esas cosas, como de las costumbres sexuales, mejor no menearlas porque son insondables.



Actualmente estoy convencido, aunque no intento convencer a nadie solo expresarme, que buscar "el sentido de la vida" más allá de las relaciones humanas... no tiene ningún sentido. Sería equivalente a preguntarse por el aroma de un triángulo, o por la justicia subyacente en el orden planetario de nuestro sistema solar.

Me explico. Hay productos humanos que lo son claramente; pongamos por caso un coche. Otros son productos más etéreos, en el sentido de que hay que pensar un poco para descubrir su origen puramente humano: el matrimonio podría ser un caso, ya que este hecho, o cosa, o relación tipificada en el código civil, es algo que se parece al "emparejamiento" pero que tiene marcadas diferencias con esta otra clase de relación; los zoólogos que hacen documentales a veces pecan de antropomorfismo cuando muestran las relaciones estables entre macho y hembra en diversas especies animales.

Y por último existen una clase de productos fabricados por el hombre que tienen la peculiaridad de parecer "naturales", y que por lo tanto son previos a la existencia de nuestra especie y probablemente también existan una vez que hayamos desparecido del universo. La justicia, o mejor dicho el concepto de "lo justo" podría ser un buen ejemplo.

Las religiones son, normalmente las encargadas de transmitir esta idea, sea en su forma judaica: un Dios que premia con la vida eterna a quienes se comportan justamente en su paso por la vida; o en su forma budista, un karma que se transmite más allá de los organismos vivientes individuales y que está orientado por la justicia de sus comportamientos.

Sobre el karma se puede teorizar mucho, y llegar a sutilezas teologales que casi nadie comprende, pero al ponerlo como ejemplo me baso, más que nada, en la visión popular (común en los países budistas) dónde el que las hace, las paga, aunque sea en otra vida.

Pues bien, la "justicia" no es otra cosa que un producto humano; fuera de nuestra especie no tiene el menor significado, y por lo tanto la idea de una naturaleza justa. o un proceso de causa-consecuencia basado en ésta, resulta un sinsentido tal como aquel triángulo aromático que he mencionado más arriba.

El mismo hecho de que esta afirmación resulte polémica para algunas personas sirve para demostrar, según lo veo, que algunos productos humanos son tan sutiles que ni siquiera parecen humanos; es decir que son inmanentes al universo y que nuestra especie solo interviene en su descubrimiento.

La "trascendencia" es la operación mental que hacemos con algunos productos nuestros para situarlos más allá de la especie. Surgidos de nuestro cerebro humano, imaginamos que están fuera de nuestro control y que por lo tanto sirven al igual que las estrellas lejanas, por su relativa inmovilidad, servían a los navegantes para orientarse en las noches oscuras y sin luna.

En pocas palabras: "el sentido de la vida" sólo tiene sentido en tanto lo charlamos con nuestros compadres, más allá o más acá carece de significado. Esta cualidad lo convierte en un tema perfecto para divagar siglos y siglos contribuyendo, así, a la supervivencia económica y social de algunos miembros mejor dotados de nuestra especie para hablar y pensar en términos puramente abstractos. Naturalmente que su negación también forma parte del juego.

Trascendencia

 

El inmanentismo vitalista carece de fundamento.

La vida es primeramente acción. Nos movemos por motivos y propósitos. Toda acción requiere una meta, pero la vida no puede ser fin de sí misma. De hecho, nuestra existencia resulta una aventura que acaba mal, con la enfermedad, el dolor y la muerte. La vida apunta a lo que no es ella misma. Por eso, el fin de la vida ha de ser una meta-vida. 

Pasa lo mismo con la lógica, no es posible hablar de ella ni explicar su sentido y valor, sus elementos y reglas de formación y transformación, sin otro lenguaje lógico que la envuelva, que refiera a ella significativamente: un lenguaje metalógico.

Si Dios existe, no está vivo, está meta-vivo.

Nietzsche tuvo que recurrir a un mito peregrino, el del eterno retorno, para justificar una vida que hace de sí su única referencia real. Pero de qué me sirve a mí una vida que retorna a sí misma si resulta pobre, desdichada o indigna. No creo que a Nietzsche le gustase repetir los diez últimos años de su existencia terrenal sumidos en la dependencia y la locura. La vida no se acredita por sí misma, es la salud, la alegría y la dignidad lo que la hacen valiosa, merecedora de ser vivida.

Añadamos como refutación al "instantaneísmo" de la “vuelta eterna” que el eterno retorno de lo mismo (¡Dios mío, que aburrimiento!) supone una descripción finita de la energía e infinita del tiempo, sólo en un tiempo ilimitado y si las combinaciones materiales que nos constituyen son finitas se volverán a repetir los mismos acontecimientos en el colosal caleidoscopio de la historia natural, ¡pero estamos lejos de saber si la materia del universo es cuantificable o el tiempo seguirá pasando siempre, per secula seculorum!

En el machadiano “hoy es siempre todavía” cuentan para autentificar el presente, ontológicamente seguro, tanto el antes como el después, implícitos en el "todavía" o, dicho de otro modo, sin conciencia histórica y aspiraciones trascendentes la vida no se eleva a la categoría de vida propiamente humana

Un ejemplo: Mozart y su Requiem; los restos mortales deshechos por el tiempo y la forma eterna de su música. La vida de Mozart se trascendió en el sentido de su música. Del Mozart viviente y material no queda casi nada.

sábado, 26 de enero de 2013

Relativismo

Mi amigo José Carlos Barrientos resume la crisis de nuestra civilización en una palabra: "relativismo", que suele ir acompañada de otra, "escepticismo": 

"llevamos el escepticismo como señal de identidad, dudamos de todo y de todos, la capacidad de asombro resulta sospechosa, la ingenuidad culpable y las convicciones profundas señal de trastorno mental".

Relativismo y escepticismo acaban mostrando su cara más oscura y destructiva en el nihilismo. Nihilismo del ser, del valor o de la verdad. Platón edificó la filosofía contra esta demagogia extremosa del "nada vale", del "todo vale", contra esa retórica soberbia que pretende poder argumentarlo todo y, así, tolerar lo intolerable.
Si nada es real, entonces se impondrán los simulacros y al consumidor le darán gato por liebre; si la verdad es relativa a mis intereses, entonces mi gusto será el único criterio de lo justo y me encastillaré en caprichos y sinrazones. Pero si no hay acciones valiosas en sí, al menos nos quedarán los valores de las intenciones, pues las hay malas de verdad; si nada es verdad, entonces todo lo será. Si no hay Dios -como decía Chesterton- cualquier cosa acaba convirtiéndose en divina, ora la camiseta de Messi, ora las bragas de Madonna.

Y es que ningún conocimiento -y el del escéptico también pretende cristalizar en pirrónica escolástica- puede acreditarse sin ciertas suposiciones acerca de lo que sea real, valioso o verdadero. Kant llamó a dichas suposiciones "postulados de la razón pura". Toda negación comporta una afirmación inicial. O no hay mal que por bien no venga. No hay ciencia sin la suposición de un orden natural, no hay vida moral sin la aprehensión inmediata de lo que es incondicionalmente bueno: la salud, la dignidad o la felicidad; ni lógica posible sin la aceptación -expresa o no- del principio de no-contradicción, pues no es posible que algo sea y no sea al mismo tiempo, ni que pensemos esto y no esto a la vez.

La fe del incrédulo es una fe imposible, pues a fin de cuentos (sic) la incredulidad se alimenta al menos de una certeza: la  de que "todo es mentira". Pero, ¿cómo puede estar seguro de ello el incrédulo? Si el nihilista fuese consecuente, pondría también en duda su propia incredulidad. Así, llegaría a la conclusión de que también es mentira que todo es mentira, o de que es preciso dudar de la propia duda, pues si todo es dudoso también lo será que todo lo es, y tal vez no tengamos más remedio que admitir algunos principios evidentes de suyo... como el de que estamos aquí, dudando o soñando que dudamos. Aunque todavía la certeza cartesiana de la conciencia pensante me parece menos ingenua que solipsista, ¡certeza ensimismada! ¿Y el otro? ¿No piensa también el otro y de otra manera?

La duda -quién lo duda-, es un buen punto de partida, un excelente purgante para vomitar dogmas paralizantes, un práctico estímulo para la tolerancia. Pero el escepticismo, como dijo Kant, si bien puede ser una graciosa casa de recreo en la que descansar e intercambiar opiniones y extravagancias, resulta un lugar inhóspito y angustioso para habitar. Las buenas personas, como José Carlos, creen en el valor de la verdad, aunque reconozcan naufragar en un mar de dudas.

No dudo del valor metodológico del relativismo en antropología. Pero el antropólogo debe aceptar la posibilidad de un discurso universal desde el cual el robo, el asesinato, la mentira, la mutilación genital de las niñas, la explotación del trabajo por el capital o el sometimiento de la mujer, no queden santificados por el mero hecho de resultar admisibles en tal o cual cultura. Ese discurso lo inventó Platón con el nombre de Filosofía


lunes, 16 de julio de 2012

Ideología


Por "ideología" entendió Marx una falsa conciencia, un modo de sentir y saber pervertido por las relaciones de producción, que son relaciones de explotación en las sociedades históricas. Como una parte de la superestructura, la ideología pasa por ser un reflejo desfigurado de lo que somos, distorsionado por el espejo de los intereses económicos, o sea, los de la clase dominante.

Pero en otro sentido, ideología pasó a representar una visión del mundo con pretensiones políticas: una metafísica que aspira a gobernar.

Gonzalo Fernández de la Mora escribió un libro excepcional, El crepúsculo de las ideologías (1965), injustamente despreciado por la gauche divine, a causa del vínculo del intelectual con la dictadura franquista. Pero el libro resultó profético. Mi tocayo Ferrater Mora, un exiliado republicano, lo confirmó en Las crisis humanas (Salvat, 1972). El propio Marx conjeturó que en la sociedad capitalista la economía por sí misma sería capaz de reproducir el modo de producción dominante. Todos economicistas y pendientes de la prima de riesgo y de la subida o bajada de las bolsas, como si en ello nos fuese de verdad la vida. Homo oeconomicus ya no cree que las ideas produzcan efectos decisivos, sino sólo que debemos ajustarlas a las exigencias de los mercados. Un error, sobre todo cuando éstos no satisfacen necesidades, sino que las crean. .

Pero todo lo que el hombre hace o experimenta pasa o retumba en su cabeza; el vacío dejado por la ideología se llena inmediatamente con otro relativo con pretensiones absolutas: el "absoluto funcional" y la "redención técnica", que con eficacia incomparable absorbe, amasa y nivela. Definitivamente, la palabra "ideología" sigue siendo útil al pensamiento crítico, al menos para interpretar hemiplejias y paraplejias cerebrales, compulsiones retóricas, vanas polémicas, dialécticas degradadas, discursos fideístas y suasorios con pretensiones ético-políticas. Así se puede hablar con fundamento de "ideología nacionalista" o "ideología de género", y también de "ideología ecologista o conservacionista".

El fundamentalismo es lo mismo, pero llevado al extremo. En la ideología del fanatismo la parte lógica de ideo-logía se reduce a la congruencia terrorista de que el fin justifica los medios. Uno podría hablar en estos casos de ideo-manía. Una sola idea, cargada con la dinamita de fuertes emociones y dudosas pasiones, en las que suele predominar el resentimiento, se impone a todas las demás ideas, hasta tiranizarlas. En lugar de una democracia de valores, en la que hay que pensar y discutir, cada día y en cada caso, sobre su relativa jerarquía, uno de estos valores toma la metralleta hasta condenar a prisión o muerte a todos los demás. Un valor convertido en obsesión -incluso si se trata de la justicia, valor de valores- acaba deviniendo en algo injusto, pues la misma justicia debe ser atemperada por la caridad, el amor o la benevolencia. La idea dominante en la mente de un fanático acaba convirtiéndose en un demonio y transformando al portador en un poseso, incapaz de reflexión y examen racional, incapaz de pensar. Es esta incapacidad para el pensamiento lo que impresionó a Hannah Arendt cuando percibió la banalidad y pobreza de espíritu de los asesinos de masas nazis.

Esta idea tiránica, este valor o ideal totalitario, puede ser una ilusión, una alucinación, una perfecta mentira, un cuento perfectamente fantástico; la restauración de un reino que jamás existió, la recuperación de un paraíso legendario, la revelación de un profeta inspirado o el fin próximo de los tiempos, el "comunismo libertario" o la "utopía científica" (valga la profunda contradicción entre los términos de estas entrecomilladas expresiones). La idea totalitaria puede ser tan irracional ella misma que busque continuamente razones en que apoyarse, que invente argumentos aun peores que los que construyó Gorgias de Leontini a favor de la nada, siendo además preferida por los grandes embusteros y narcisistas acomplejados, que son aquellos que tienden a creer sus propias mentiras. Puede ser incluso una idea o una imagen abstracta fea y ominosa, como la que centra el culto a Satán. Ceder a la fascinación de lo espantoso puede ser una tentación obscena, pero enraíza en el fondo animalesco de la naturaleza humana, arraiga en zonas recónditas de nuestro imaginario: esas en las que el miedo se impone a la esperanza aunque se sublime en éxtasis orgiástico.

-Señor -reza un personaje de El Roto- habla con tus fanáticos.
-No puedo -responde desde las alturas el "Todopoderoso"- también a mí me tienen amenazado.

martes, 8 de marzo de 2011

Crueldad


José Antonio Marina no incluye la crueldad en su Diccionario de sentimientos. ¿No es la crueldad una respuesta emocional?, ¿o es un vicio?, ¿y una patología?, ¿clínica o moral?

Puede que la crueldad, más que un sentimiento, sea -como dice el Larousse- un deleite: la sevicia del que se deleita haciendo sufrir o contemplando el sufrimiento ajeno. Figuradamente, "cruel" es también lo insufrible o excesivo, como un dolor inmerecido (casi todos lo son) o una humillación insoportable. Cruel es la tortura. Pero, aunque no nos guste, el humano es también "el animal torturador".

En la terminología del derecho, se entiende por "sevicia" una "crueldad excesiva". Y es curioso el empleo de este adjetivo, "excesiva", ¡cómo si hubiese alguna crueldad tolerable o un grado aceptable jurídicamente de crueldad! El derecho romano, mucho más práctico que el ideal griego de la justicia, contempla la sevicia asociada a los malos tratos que inflige un superior, alguien que "tiene potestad o autoridad legítima", a un subordinado. En el derecho tradicional las sevicias podían ser motivo de divorcio -siempre que fuesen graves y pusiesen en peligro la vida o salud del cónyuge-, y los tribunales podían suprimir en esos casos el derecho de patria potestad. Por supuesto, sería el varón el que más corrientemente incurriría en sevicias, contra la mujer o la prole...