viernes, 3 de abril de 2026

Veracidad

Los diccionarios suelen decir de este sustantivo que es similar a “sinceridad”, o “franqueza”, o “claridad”, o “fidelidad”, etc., etc. Obviamente tiene que ver con la “verdad”, porque se dice de una persona que afirma alguna verdad que es “veraz”; por tanto, la veracidad sería la costumbre, el hábito o incluso el vicio de decir siempre que se tercie… ¡la verdad!

Todo parece muy claro, o cristalino, pero en el fondo este sustantivo femenino oculta un misterio… como todos los de su especie. ¿Qué es “la verdad”?

A veces uno —que de cuando en cuando escucha la radio— oye, en labios de un deportista o incluso de un artista: “¡Estoy en la verdad!”, como si se pudiera estar en un lugar que se denomina de esta suerte. A mí me suena muy extraño, como también cuando se proclama “¡Jesús es la verdad!”, aunque tal cosa también se predica de otros profetas, e incluso de figuras políticas de nivel internacional.

Llegado a este punto, uno ya no sabe a qué santo encomendarse, porque, si un personaje histórico muy respetable es la verdad, entonces ya no estamos en un sitio concreto, sino en el trance de incorporarnos a una serie de ideaciones que suelen estar muy alejadas de las cosas más concretas de esta vida. ¿Es necesario estar “en la verdad”, o ya es más que suficiente si nos quedamos en lo que apenas llega a la opinión?

Y ya que estamos, ¿qué es la opinión y en qué se diferencia de la verdad?

Pareciera que la opinión es lo que uno piensa y dice en ropa de andar por casa; o, a lo mejor, solo en ropa de trabajo. Mientras que la verdad supone un traje de fiesta, o lo que uno se suele poner en las mejores situaciones a las que la vida nos invita. Pero… si fuera así, entonces la “verdad” sería cosa rara, propia de circunstancias especiales, y lo más habitual sería tener solo “opiniones”, que es lo que se usa en los días cotidianos, ¿no?

De lo cual podría deducirse, si los pensamientos anteriores están bien encadenados, que la veracidad es algo importante, severo y escaso. ¿No es así?