miércoles 28 de octubre de 2009

Atención

No se ha reflexionado lo suficiente sobre el hecho de que la claridad e intensidad de conciencia de un objeto o de un sistema de relaciones dependa enteramente del grado de atención que les prestamos. No hay cosa, por pequeña que aparezca, que no revele su inmensa e infinita magnitud para el análisis o para la interpretación, con tal de que le prestemos suficiente
atención; la concentración crea, por ejemplo, para el jugador de ajedrez, un universo efectivo de posibilidades, de jugadas y réplicas, de ataques y defensas virtuales, una intrincada red de interrelaciones, en el que le va la "vida" a su dama, la posición a su torre y la "cabeza" a su rey. La consciencia puede entregarse del todo a ese espacio y a ese tiempo tan artificiosos, con tal de que su casa esté lo bastante sosegada y halle algún interés en salvar la "vida" de la dama y la altiva figura de "su majestad", por lo demás bastante estática. La fuerza de la atención dota sin más de vida a los objetos. Ese fue y es el sentido real del animismo. El espíritu no sólo reconoce lo que es él mismo, sino que también se disemina cada vez que escoge una dirección.

Repetiremos con el psicoanálisis que mucho del interés que arrastra a la conciencia hacia un género determinado de realidades es inconsciente. Nuestro ser inconsciente se apega con obstinación a eso a lo que no hemos podido o no hemos querido prestar atención. No hay necesidad alguna de que la consciencia retroceda ante el misterio, ante el enigma, ante el horror. No hay que decirle a un maniático de los soldaditos de plomo que repare en ellos cuando le salen al paso; los buscará, los pondrá al paso, escudriñará su génesis y su historia.

Mucha gente lamenta sus descuidos hacia los demás echándole la culpa a la mala memoria. ¡Pobre Memoria!, sus debilidades siempre andan en boca de todos. A su hermana gemela, Imaginación, se la difama llamándole "la loca de la casa" y a la pobre memoria, también, llamándole "el talento de los tontos". Infamias sin fundamento que sólo descubren el lado infantil de la primera y el lado mecánico de la segunda. Sabemos sin embargo que la memoria y la imaginación (una misma facultad en verdad, si bien considerada desde el lado pasivo y activo, respectivamente) hacen posible que pasemos de un lugar a otro, sobre el mismísimo abismo, de lo sensible a lo inteligible y de lo inteligible a lo sensible; ellas dotan de cemento al mundo y comunican la naturaleza con la historia, la biología con la biografía.

Sucede que no les prestamos la debida atención a ciertos recuerdos, conservamos fácilmente los que queremos, los que quisiéramos adherir a nosotros mismos, los que estimamos hermosos y buenos, pero también muchos de los que quisiéramos olvidar. Tal vez esas pesadas adherencias, esos parásitos de la memoria, dependan de una atención que prestamos involuntariamente, sacudidos por la resistencia del mundo, impresionados por la fuerza de las cosas o asustados por sus amenazas. Necesidad, Azar y Deseo, Placer y Dolor, se disputan sus raíces, sin embargo sus frutos y flores ofrecen tal variedad de formas, que es inevitable concluir que, hasta los ápices de las ramas, el árbol tomó control de la materia, hasta informarla de intenciones y proyectos propios.

Tengo presente (hacer presente es lo que verifica la atención) una hermosa definición de Giner de los Ríos respecto de la atención, aunque seguramente ahora la reinvento o parafraseo:

La atención es el cuidado que el espíritu presta a la existencia de las cosas.

La definición de don Francisco tiene la ventaja de revelar el lado moral y metafísico de la atención, incluyendo también el lado puramente psicológico que la determina como condición de la percepción.
El descuido es una falta de atención, un desorden del atender. Una persona atenta -decimos con razón- es una persona que pone cuidado en no fastidiar la existencia de los demás, que observa las intenciones, respeta los deseos y cura los intereses de sus semejantes.


La atención es reconocimiento. Tal vez por eso la gloria y la fama sean tan sugestivas, tan encantadoras y tan venenosas... Cada vez que hablan de nosotros, nos dotan de existencia. Alentamos si no nos miran, vivimos sin que se cuiden de nosotros, como una higuera, como una berenjena, como una garrapata, ¿pero existimos personalmente sin la atención del otro?, ¿Seremos almas sin otras almas que se cuiden de la nuestra? Seguramente no, no hay identidad que pueda sobrevivir si no resulta reconocida por la palabra o la mirada del otro, en grandísima medida nuestra identidad depende de esa mirada, de esa palabra y de los gestos que la acompañan. Nos constituimos en ese tejemaneje de atenciones y cuidados. Quien se cuida de mí me reconstituye a cada paso. La atención reconoce la existencia, pero también dota de existencia, instituye realidad.

Atentamente

viernes 16 de octubre de 2009

Sensibilidad


"Hieren mi corazón con monótona languidez".

Estas palabras del poema "Canción de otoño" de Verlaine sirvieron de clave para dar a conocer que el ataque aliado sobre Normandía sería a las 24 horas de su emisión.

El ataque fue un éxito militar... Sólo en el ejército aliado se produjeron 10.000 bajas. Diez mil almas desvanecidas.

En la guerra, como en el amor, como en la vida, todo vale, y sólo cuentan las grandes cifras. La ética y la paz señalan el destino, pero -como sabía Heráclito- la guerra está en el origen genuino de todas las cosas. Sólo que ahora la llamamos "struggle for life" o "eficacia energética" o "competitividad" o "agresividad comercial" o "inmigración ilegal" o "lucha contra el terrorismo" u "oposiciones a la función pública" o "campeonato mundial de fútbol"... El resultado de la guerra produce la dulce y romántica paz de los cementerios, la amargura frustrante del fracaso y la euforia incontenible de la victoria.

Espiamos este violento dualismo de crueldad y sensibilidad, de ferocidad y sensualidad, de suavidad y aspereza, en criaturas próximas como los gatos, esos tigres de jardín, pseudoanimales domésticos.

Este violento dualismo yace en lo profundo de nosotros: un polo de exquisita sensibilidad y un extremo terrible de violencia aniquiladora que suspende todas las compasiones, y manda a pasear a todos los escrúpulos.

La causa de los aliados parecía más justa. Creo que jugaban a favor de la libertad y la dignidad. Nada pudo evitar que determinados verdugos nazis firmaran la orden de una ejecución indiscriminada y luego se fueran al teatro a escuchar las refinadas escalas hacia el cielo de Wagner; nada impidió que las bombas atómicas cayeran sobre Japón.

La naturaleza nos ha preparado para el máximo sufrimiento y la máxima indiferencia. Tal vez porque la vida del humano -globalmente considerada- siempre ha sido dura. Tal vez por eso, mi abuela acertaba cuando decía... "Nos cansamos de vivir a gusto". ¿Será porque la carencia y los disgustos nos estimulan?

domingo 4 de octubre de 2009

Soledad


La soledad es la locura. De las leídas, ninguna novela ilustra mejor este hecho que la de Michel Tournier, Viernes o los limbos del Pacífico, una recreación del desesperado embrutecimiento de Robinson Crusoe en el aislamiento. Tal vez ningún temor más primitivo que el de quedarnos solos, sometidos al ataque o la humillación de una naturaleza madrastra o de una sociedad selvática. Todos tememos el naufragio social. Y todos acabaremos naufragando. Morimos más solos que nacemos. La Parca se comporta como una guadaña vengadora.

Pero la soledad es necesaria, inevitable; sobre todo, para el creador, para el poeta, para el místico, para el santo, para el filósofo, para el científico. Se me dirá que hoy la investigación la promueven equipos de personas más que Faustos románticos, geniales y aislados. No nos engañemos, esos equipos son agrupaciones de solitarios, de raros. 'Omnia praeclara, rara'.
Creo que fue Pascal quien escribió una vez que una persona civilizada es aquella capaz de pasar sola una tarde feliz en una habitación aislada. Pero en la felicidad que me represento cuando pienso en la frase de Pascal hay trampa, quiero decir que no hay tanta soledad como parece. Estoy físicamente solo, es posible, pero oigo música, y entonces las armonías y ritmos de otras almas me acompañan; o leo, y otros mundos amigos me amparan, dan forma a mi imaginación y me permiten viajar por espacios pasados o futuros, animados, previsibles.

Emma Riverola reflexiona en un artículo del EL PAÍS (4-10-2009) sobre las redes sociales (Facebook, Twitter, Tuenti) que están convirtiendo el desarrollo personal de nuestros adolescentes (y la adolescencia hoy se prolonga hasta la treintena) en un "crucero de masas". Afirma la articulista que el virus del exhibicionismo de los reality shows ha penetrado en nuestra conducta social. Ver, pero sobre todo, ser visto, "en esa obsesión por compartir la existencia se esconde un modo de reafirmar la identidad, de reclamar un lugar en el grupo y de lanzar al aire un ¡aquí estoy yo!, ¡contad conmigo!".

Ningún castigo peor que el de la exclusión social. Algunos se van con los malos, no porque los prefieran sino, simplemente, porque los buenos no les admiten en sus filas.

Pero la soledad es también una fuente de riqueza personal. Saber recogerse y dispersarse con medida. ¡Ese es el secreto! Nadie en verdad puede vivir solo. Todas las almas conviven entrelazadas. En su libro Yo soy un extraño bucle, Douglas R. Hofstadter explica lógica y poéticamente (y ese contraste es hermoso), aún afectado por la trágica y prematura pérdida de su esposa, cómo vivimos unos en otros, cómo albergamos muchísimos bucles extraños en nuestra cabeza, cómo nuestra alma nace, crece y se desarrolla en contacto con otras almas y cómo incluso puede sobrivir allí, si bien con menos resolución, en el soporte de otro cerebro. Nuestra alma es un complejo software que puede ser emulado por otro hardware. Igual que el encanto de un "nocturno" de Chopin puede deleitar a otros cerebros distintos del ya reducido a polvo de Chopin. Las almas de los amantes, en efecto, tienden a hacerse una sola, y la identidad "un cuerpo, un alma" no deja de ser un dogma simplista. Podemos asimilar los puntos de vista mentales de otras almas; haciéndolo, corregimos y mejoramos nuestro sentido de la realidad.
Para Douglas R. Hofstadter nuestras mentes son "máquinas de representación universal", y esta capacidad de simulación, de imitación simbólica, nos permite absorber experiencias y creencias ajenas mediante la empatía: la virtud más admirable de la humanidad, a juicio del científico norteamericano. Podemos asumir los deseos de otros, sentir sus anhelos y frustraciones, asumir sus deseos, estremecernos con sus temores, formar parte de su vida, fundirnos con su alma...

Pero esa dispersión en los demás tiene un límite si no queremos perdernos a nosotros mismos. También el exceso de empatía o de gregarismo produce locura. Si dejamos que nuestro cerebro esté demasiado poblado por otros "yoes", nos perdemos a nosotros mismos, si las otras voces son demasiado fuertes, hacen peligrar la propia identidad, la destruyen o la esclavizan.

En el artículo de Emma Riverola que antes comentaba: "La hipermnesia y Facebook", la autora se preguntaba si, al no haber recibido la dosis habitual de soledad , al vivir en un mundo aparentemente hiperconectado, no resultarán nuestros hijos más vulnerables al sombrío y temible ataque del gregarismo...
Cuando veo a esas masas narcotizadas y anestesiadas en torno a la hoguera tribal del botellón, ensuciendo el mundo, viviendo de noche y durmiendo de día, alejados del sol que hace crecer las plantas que nos alimentan, saltando al "tono" que les marcan las operadoras de telefonía móvil o los anuncios de coches, adorando el becerro dorado de la Heineken o el J&B, no puedo sino pensar que ya no nos enfrentamos a un caso de vulnerabilidad, sino a una herida mortal, una herida mortal de nuestra civilización estéril y consumista, despilfarradora y drogada.
Se ha reducido drásticamente la vida interior y la densidad anímica de quienes conjuran en la redes sociales el fantasma de la exclusión o llenan con esa simulación de relación, con ese sucedáneo del amor (una creación poética que exige también su soledad), su inmenso vacío íntimo. Algunos, los menos, sienten la nostalgia del espíritu, o se aíslan más gregariamente aún en sectas destructivas, en poses y esteticismos trasnochados.

En este mundo lleno de ruido y de vanas pompas publicitarias, disuelto por la velocidad, dominado por el glamour de la Vanidad y el trono de los Siete Pecados Capitales, los espacios de aislamiento resultan preciadas perlas exóticas, raros ámbitos de lucidez, calma y sobriedad. Uno estaría tentado a huir a un monasterio remoto, a un eremitorio serrano, da igual que sea budista o cristiano, si aún sus obligaciones familiares no le comprometieran.
Uno se debería de imponer una larga dieta de silencio, de vez en cuando, para poder volver a oír voces sinceras, voces cargadas de sentido, en sonora soledad.

jueves 4 de junio de 2009

Orquídea


Como nosotros, la "hermana orquidácea" -que podría haber dicho San Francisco- es una criatura reciente, que mantiene relaciones complejas con el entorno, y una prueba fehaciente de que la inteligencia -aún sin conciencia- no es patrimonio de la raza humana, sino que está repartida en todo género viviente.

Las orquidáceas mantienen relaciones complejas con los agentes polinizadores y con hongos de los que se sirven para conseguir sus nutrientes. Pueden sobrevivir entre 20.000 y 30.000 especies silvestres, pero se calculan más de 60.000 las especies híbridas o variedades diseñadas por la horticultura. Sus métodos de reproducción y germinación son tan complicados que requieren la reproducción in vitro, y en laboratorio, siendo casi imposible su cultivo en vivero. Por el número de especies, esta familia es la segunda en importancia de todas las angiospermas. Y algunas orquidáceas no sólo son apreciadas en floristería, sino también en repostería, como la vainilla.

Lo que nosotros adoramos son sus flores de simetría bilateral, diminutas o gigantescas, de todos los colores y manchas. O sea, sus órganos reproductores. Y es que las plantas son más pacientes que los humanos, pero también mucho más desvergonzadas. Las orquídeas son tan jóvenes -y desvergonzadas- que todavía están en proceso de especialización y diferenciación, repartidas por casi todo el mundo, hasta las regiones polares, donde faltan.

La mayor parte de ellas viven en zonas intertropicales y en los trópicos, sobre otras plantas, sobre todo árboles (epífitos), pero en Europa medran más de 200 especies terrestres, con un sistema radical de dos o tres tubérculos que parecen testículos, de ahí el nombre de la familia, pues orchis en griego significa testículo.

Las flores de nuestras orquídeas nacen de la axila de una bráctea carente de rabillo o peciolo y casi siempre en una espiga o inflorescencia que hace de racimo (salvo los "zapatitos de Venus" del Pirineo). Son hermafroditas y poseen tres sépalos generalmente iguales y tres pétalos, uno de ellos formando una especie de labio (labelo) que presenta una gran variedad de formas. No es de extrañar, porque la flor usa este pétalo o labelo como reclamo publicitario para atraer al insecto polinizador, e incluso a aves y ranas.

Antes se pensaba que las orquídeas eran parásitas, como los orobanches y jopos (plantas sin clorofila). Entre nuestras orquídeas hay, en efecto, algunas sin clorofila, pero se alimentan de vegetales muertos (saprófitas): Limodorum abortivum y Neottia nidus-avis.

Las hay que ofrecen recompensas al insecto: el néctar, ese jugo azucarado que almacenan en el espolón. Para obtenerlo, el insecto tiene que introducirse en la flor, con lo que se lleva adherido un pequeño saco lleno de polen (polinio). Al visitar otra flor roza su estigma con el polinio y lo fecunda. Algunas del género Orchis emplean este sistema, pero la mayoría de nuestras orquídeas "simulan" tener néctar. Engañan al insecto con espolones vanos, zonas brillantes del labelo, y desprendiendo un olor dulzón, todo son simulacros y "apariencias" con que engañan al insecto y ahorran néctar. Las hay que simulan tener mucho polen disponible con una gran mancha amarilla en la base del labelo (Cephalantera, Epipactis).

Más sorprendente todavía es el sistema empleado por las Serapias, que facilitan a los insectos (sobre todo abejas solitarias) refugios y dormitorios, formando con sépalos, pétalos y labelo una gruta parecida a la que construyen las hembras de dichos insectos, ofreciendo además calefacción al visitante. Las abejas cambian de flor o dormitorio y así las polinizan.

Muy conocido es el sistema de las Ophrys, que imitan la forma de una hembra de avispa o abejorro, pero además exhalan un aroma similar a la feromona femenina. El macho "cree" que va a encontrarse a una hembra posada sobre una flor y realiza una especie de pseudocopulación que asegura la polinización de las orquídeas. En las sierras de Jaén, se ha demostrado que estas plantas consiguen fecundarse así porque los machos de las abejas comienzan a volar unos días antes de que lo hagan las hembras, coincidiendo esos días con la floración de las plantas (unos ocho días), pero una vez que las hembras comienzan a volar, los machos casi no visitan ya las flores. Esta coordinación es exacta, pero no sabemos cómo funciona el reloj interno de las flores para que coincida año tras año con los primeros vuelos de los abejorros.

Por último, hay orquídeas que se polinizan a sí mismas (autogamia) cuando, por circunstancias climatológicas, no llegan a salir a la superficie y se desarrollan completamente dentro del suelo.

Nuestras orquídeas producen miles de diminutas semillas que pueden llegar a ser esparcidas por el viento a cientos de kilómetros. Para que se desarrollen es necesaria la colaboración de un hongo, pues carecen casi por completo de sustancias nutricias de reserva. Las semillas son "atacadas" por ciertos hongos microscópicos que viven en el suelo, las hifas del hongo rodean la semilla y devoran su primera capa de células (hidratos y proteínas), pero cuando se disponen a entrar en la segunda capa, la semilla "despierta" y aprovecha para usar esas hifas como raíces a través de las cuales absorbe del suelo las sustancias que necesita para su germinación y crecimiento (sales minerales, azúcares, etc.). No se trata de un parasitismo ni de una simbiosis, sino de un equilibrio de fuerzas en lucha, que beneficia a ambos, hongo y orquídea. Un equilibrio dinámica que hubiera hecho las delicias de Heráclito de Éfeso.
Esta relación entre hongo y planta se mantiene en todas las orquidáceas, a través de sus raíces y durante toda la vida de la planta. A veces, el hongo destruye completamente las semillas y otras, al destruirse el hongo, muere la planta. Por eso es tan difícil o imposible el cultivo de orquídeas en maceta o en jardín.

Los tubérculos de nuestras orquídeas viven bajo tierra varios años sin producir ni hojas ni flores. Pueden pasar más de 5 años sin que se desarrolle el espigón floral, pero una vez florecidas suelen vivir bastantes años. Son veceras, si el tiempo es favorable suelen florecer un año sí otro no. Es increíble que, de algún modo, puedan prever la sequedad o humedad del invierno. Comienzan su desarrollo en septiembre u octubre, para sacar las hojas durante los últimos meses del invierno o primeros de la primavera, pero si el invierno va a ser seco las orquidáceas europeas permanecen a la espera (¡la paciencia de las plantas!) y no se desarrollan.
Bibliografía
Alfredo Benavente Navarro. Orquidáceas del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y las Villas. Linares, 1999.
Damián Casado Ponce y Carlos Fernández López. Flora de Jaén (Guía de campo...), Jaén, 2006.

domingo 26 de octubre de 2008

Ligereza






A Milan Kundera la ligereza o "levedad del ser" le parecía insoportable. Uno, sin embargo, aprecia la ligereza de los que resultan ser soportables. Ni siquiera exijo que sean ya amables los interlocutores, sólo ligeros, versátiles. Nietzsche jugó a convertir la ligereza (Leichtheit) en valor, pero su eterno retorno de lo mismo, ¡por Dios!, resultaría tan pesado y previsible como los anuncios de la tele.

La vida no es un fenómeno tan recalcitrante como para que se repita alguna vez idéntico a sí mismo. Sorprende como una aventura. Más bien se parece en esto -la vida recreada bellamente- a una pieza de Bach o de Mozart: mantiene el patrón melódico y rítmico, pero juega a producir efectos cromáticos insólitos, en una cadena siempre renovable, como los dígitos del número pi. Un juego bien reglado de infinitas variaciones.

Pero Nietzsche no estaba completamente obnubilado por los opiáceos. Laghima, la ligereza indú, es una de las ocho siddhis o perfecciones: la capacidad para compensar la fuerza de la facticidad.

A pesar de su gravidez esteatopigia, el andar de la mujer del género femenino tiene siempre algo de la ligereza del baile. Si bien la ligereza, como cualidad del carácter, arrastra en español ciertas connotaciones peyorativas: inconstancia, superficialidad, inestabilidad, irreflexión. Ciclotimia insegura, imprevisible. Las maliciosas atribuirían estas connotaciones al androcentrismo. Atribución nada ligera.



Parece que en italiano, la leggerezza no carga con ningún pesado fardo semántico, es la virtud del atleta: agilidad, rapidez (agility, speed, por decirlo en koiné postmoderna). Igual que la velocidad y levedad de la luz, que vuelve lo ligero transparente. Uno debe ser como la luz si aspira a divinizarse. Esto lo recomienda el budismo y se deduce de Juan el Evangelista.

Légèreté. Tantos acentos, agudos y grave, parecen atribuir cualidades icónicas apropiadas a la palabra francesa. Definida en la luz, en el viento, en mitad de una lluvia fina, o sea, facilité de l'esprit ou du style.

Es trágico lo que cuenta Edward O. Wilson sobre las reinas hormigas que, después de haber probado, vírgenes, las delicias de la ligereza alada, una vez que son fecundadas por los zánganos, se arrancan las cuatro alas de avispa por la base, para cavar la guarida de sus hijas y ligarse para siempre a la tierra.

Nosotros, los platónicos, más bien aspiramos a lo contrario, reconocemos que la tierra nos renueva la fuerza inmortal de Anteo, nos sabemos limitados por el cuerpo, pero luchamos por lo que ansiamos, porque nos nazcan de una vez y para siempre alas en el alma.

viernes 18 de abril de 2008

Alma




¿Podemos renunciar al alma? Si creemos que sólo somos lo que comemos, o lo que aparentamos ser físicamente, tal parece que podamos vivir sólo materialmente, sin alma. Al olvidarnos del alma se nos cierra la comprensión de un fracción impresionante del arte, la literatura, la filosofía y el pensamiento religioso.
Entre la vitalidad y el espíritu situaba Ortega la zona del alma, más clara que el ámbito de la vitalidad, más oscura que el ámbito del espíritu; en la atmósfera, abierta o cerrada, porosa o hermética del alma, palpitan los pensamientos que la iluminan, así como las emociones que les prestan calor, y los deseos, impulsos y apetitos que les asignan dirección.
Si nada vivo es meramente mecánico o bestial y todos los que han llegado a ser vivos y animados deben ser considerados del mismo género, hay que atribuir alma no sólo al ser humano, sino también a las plantas. Los pitagóricos supieron ver en las plantas ese principio fértil que les anima en silencio, que les mueve, hacia arriba y hacia abajo, siguiendo la parábola del sol, hasta crecer y reproducirse, recorriendo a veces grandes distancias. Maurice Maeterlinck me convenció definitivamente: ¡también hay inteligencia en las flores y en las plantas!
Pero no hay que sobrevalorar el valor de la inteligencia. Casi toda nuestra cultura ha pecado de esa exageración, seguramente porque lo escaso parece siempre muy excelente (omnia praeclara rara). El mismo Maeterlinck insistía en que somos un todo espiritual indivisible: apetitos, emociones, pasiones y pensamientos sólo son separables en abstracto, no en la vida. Se nos convence de que la inteligencia actuaría mejor sin los sentimientos y las pasiones, porque éstas la turban o la ofuscan, y nos imaginamos que el pensamiento volará de verdad libre cuando reine sobre todos los sueños y los sentidos. Pero cuando viene la vejez la inteligencia puede ser todavía clara, aunque ya no tiene objeto, ni tiene nada que hacer. Si la obra de la juventud o de la madurez vale más que la de la vejez es porque en ella no se han ahogado todavía las fuerzas misteriosas que inspiran y animan a la inteligencia: la energía del espíritu, que sopla donde quiere.
La tecnociencia alimenta en nuestra sociedad el aparentemente muy sofisticado prejuicio de que el alma no existe. La revolución biológica también parece empujarnos a una concepción materialista de nosotros mismos. Francis Crick, el codescubridor de la doble hélice genética afirma: “el alma se ha desvanecido junto a gran parte de la metafísica”. Incluso ciertas “filosofías” -economicistas o no-, han pugnado por hacernos eliminar de nuestro léxico las palabras “alma” y "espíritu", insistiendo en que esas palabras no tienen un significado claro o en que lo tienen equívoco, o en que comprenden tanto que no se extienden a nada. Por supuesto, a nada material se extienden, aunque se entiendan bien como horizontes ideales, oníricos o sentimentales.
El progreso de las neurociencias parece llevarnos a pensar el pensamiento como un proceso de activación eléctrica de redes neuronales y liberación de proteínas (sinapsis), “materia pulverizándose contra materia”. Nos hemos quedado con un cerebro sin mente.
Y en cierto sentido no es extraño que el cerebro se haya quedado sin alma porque, a fin de cuentas, el cerebro siempre ha sido el más oscuro de nuestros órganos. Tengo una relación vivencial con muchas partes de mi cuerpo, con mis manos, mis ojos, incluso con mi corazón, cuando se altera con ciertas emociones, pero no con mi cerebro. Sé que hay un cerebro en mi cráneo, pero apenas lo siento, preso como está en mi cabeza, salvo si me duele. Por eso Paul Ricoeur hablaba del cerebro como “interioridad no vivida”.
La gente puede pensar que es muy moderno sentirse sólo cuerpo, porque la existencia del cuerpo se puede probar y la del alma –y no digamos la del espíritu- no puede ser probada. Y eso a pesar de que la percepción que tenemos del espíritu y del alma es tan intensa, cada vez que siento que siento, sé que me muevo o sufro por lo que pienso, o cada vez que digo “yo” o “tú”, que resulta imposible descartar el espíritu y el alma de nuestro horizonte existencial. Ni siquiera sabemos qué haremos en el futuro sin el alma o el espíritu, porque no contamos con la experiencia o el recuerdo de una época en que se prescindiera de estos conceptos.
El imaginativo descubrimiento de que la vida está animada por el espíritu probablemente constituyó una de las primeras ideas de nuestros antepasados. Puede que esta idea esté en el origen de toda forma de religión, todo tipo de arte y toda especie de filosofía…, de toda forma de humanidad, o sea, de toda forma de creatividad e inventiva. En efecto, la mejor forma de presencia viva del espíritu en el mundo es su creacion y su creatividad. Una mano sobre la superficie de la gruta, la sombra de un antílope en el techo, una piedra convertida en hacha… Pero también, el que haya mundo, en lugar de nada.
Tal idea es bien profunda y fértil. Sólo una mente ágil puede llegar a pensar que lo que mueve las cosas que se mueven y se ven es un principio invisible e inmóvil (Psique, Ser, Logos, Energeia, Morphe, Pneuma...). Seguramente fue el materialismo, y no el espiritualismo, la primera filosofía de nuestros ancestros hombres-monos. El materialismo es también la filosofía de mi perro, que sólo siente como real lo que huele o mal ve.
Tal vez, el abandono del espíritu implicará la vuelta de los seres humanos al mundo mental de los austrolapitecos o incluso al mundo de criaturas anteriores, pues es claro que los neandertales ya rendían culto al “espíritu” de sus muertos. Puede que el futuro posthumano cuente con una tecnología muy sofisticada y que sin embargo se parezca mucho al pasado prehumano. Máquinas reproduciéndose automáticamente, ciborgs luchando ciegamente por sobrevivir en un universo sin alma, o con un alma inconsciente de sí.
La foto que ilustra este artículo la tomé en un instante en que sentí que el alma de otra criatura muy diferente se cuidaba de mí y me miraba. No sólo con sus ojos, sino también con sus antenas. Tal vez soñé entonces que una abeja carpintera dudó por un instante ante mí y mi cámara: entre la curiosidad y el miedo, entre el conocimiento y la huida, entre la amistad y la pelea.
Bibliografía consultada
Felipe Fernández-Armesto. Breve historia de la humanidad. Barcelona, 2005.
Los Filósofos Presocráticos, I. Gredos, Madrid, 1978.
Maurice Maeterlink. La inteligencia de las flores, Barcelona, 1987.
Julián Marías. La educación sentimental, Madrid, 1994.
Paul Ricoeur. Sí mismo como otro, Madrid, 1996.

viernes 15 de febrero de 2008

Dogmatismo

Como actitud natural propia del hombre ingenuo, el dogmatismo es la posición arcaica de la primitiva cultura humana. El dogmático siente la verdad como una apropiación real del objeto por parte de su conciencia. Se podría decir que -respecto al conocimiento religioso- el dogmático ve a Dios, pero también que -al verlo en el espacio y el tiempo- lo rebaja a la condición de objeto suyo, tan limitado como el sujeto en que cabe entero. Ese objeto -el Dios en el que cree ciegamente- representa no obstante una potencia ajena, a la que teme más que a la propia muerte.

El modelo de esta actitud, tan fanática como heroíca, tan violenta como congruente, la ofrece el sacrificio de Isaac. La fe en Dios impone a Abraham una obediencia ciega. Está dispuesto a sacrificar a su único hijo si Dios se lo pide. ¿Qué Dios puede exigir que un padre sacrifique a su único hijo? Un Dios omnipotente y cuya voluntad nos parece perfectamente expresa, al que no solamente vemos sino también oímos, tan bueno para regalar milagrosamente un descendiente a un hombre centenario, como malo para exigir que le sea devuelto el regalo, o peor, que el don mismo sea aniquilado tras ser amadísimo por sus padres, quienes además esperan de él su continuidad vital y patrimonial. Que al final no haya mal que por bien no venga, que, al cabo de la historia, Dios se conforme con el sacrificio de un carnero, y el inmoral mandamiento de incurrir en filicidio se reduzca a una puesta a prueba de la fe de Abraham, impide por lo menos que se nos indigeste del todo la fábula, pero no elimina el dogmatismo esencial de la posición de Abraham, inasequible a la duda, autómata alienado al servicio de la voluntad de un déspota.


La historia del Génesis (22) no es sólo el arcaico retrato de un fideísmo irracional, puede también ser leída como un progreso respecto de posiciones más salvajes: como una justificación israelita de la prescripción ritual de "rescate" de los primogénitos, frente al atroz ofrecimiento cananeo de víctimas humanas. Así, las primicias seguirían perteneciendo a Dios, aunque resulten ritualmente rescatables mediante un ofrecimiento incruento.


Me asusta recordar cómo el primitivismo dogmático revive una vez y otra en la historia moderna; por ejemplo, en el voluntarismo teonómico de Lutero (de potentia Dei absoluta). El fanático y violento sajón no dudaba en asegurar que "lo que Dios quiere no lo quiere porque ello sea justo y Dios esté obligado a quererlo, sino que antes bien ello es justo porque lo quiere Dios", de donde lisa y llanamente -como afirma Muguerza- se seguiría la aniquilación -el sacrificio- de la autonomía de la voluntad del ser humano como sujeto moral, en aras (nunca mejor dicho) de la omnipotente voluntad divina. No extraña que la finura humanista, profundamente escéptica, de Erasmo rehuyera siempre un encuentro personal con la rudeza feroz de Lutero.


Todavía un siglo después, Kierkegaard escribe un encendido "Elogio de Abraham" (en Temor y temblor), porque "abandonó su razón terrestre y tomó la fe", sin lamentaciones, "porque quien espera siempre lo mejor, envejece pronto con las decepciones de la vida; y quien siempre teme lo peor, se gasta en seguida; pero el que tiene fe, ése conserva una eterna juventud"... "El milagro de la fe consistió en que Abraham y Sara fueron lo bastante jóvenes para desear , y en que la fe mantuvo vivo este deseo suyo y, en consecuencia, su juventud".


Pero -se pregunta Kierkegaard- "¿qué sentido podría encerrar la promesa de la magnífica bendición si había que sacrificar a Isaac?". Kierkegaard minimiza la pérdida y la desesperación que supone para cualquier padre la pérdida de un hijo, ante este enorme sacrificio del "hijo de la promesa": el sacrificio de Isaac. "Abraham, a pesar de todo, creyó; y creyó para esta vida", y no solamente para la vida futura. Su fe era "como pálido remedo que desde el profundo abismo de la desesperación barruntaba su objeto en el más remoto horizonte"... "Creyó lo absurdo". Si hubiera dudado -sigue Kierkegaard- se hubiera dirigido al monte Moria, partido la leña, encendido la pira, sacado el cuchillo, y le habría gritado a Dios antes de hundirse el cuchillo en su propio pecho: "¡No desprecies este sacrificio, Señor! Sé muy bien que no es el mejor de los bienes que poseo, pues, en realidad, ¿qué es un viejo en comparación con el hijo de la promesa? Pero es lo mejor que puedo ofrecerte"...


Isaac le era más querido que su propio corazón, representaba su única esperanza, y, sin embargo, debía sacrificarla... Pero no dudó, ni se lamentó, ni suplicó... "ningún sacrificio es demasiado duro cuando Dios lo ordena". Y levantó el cuchillo...


Kierkegaard tiene razón, el que contempla esta escena se queda petrificado, ciego... Y sin embargo, Abraham es para el danés un padre venerable, modelo de una pasión colosal, sublime, la de combatir con Dios, expresión sagrada, pura y humilde del divino frenesí que admiraban los paganos: esa manía que Platón, asimiló una vez a una forma de conocimiento superior, entre la inspiración y la locura, superior al meramente racional, atravesado por el entusiasmo o la posesión divina, pero que, otras veces relaciona con la expresión de la cólera de los dioses sobre un hombre alienado y loco.


Acaba su elogio Kierkegaard afirmando que a los ciento treinta años, Abraham no había ido un ápice más allá de la fe.


¡No es mucho no haber podido llegar en cientro treinta años ni a la perplejidad ni a la duda! También los filósofos presocráticos dogmatizaron. Sus dogmas resultaban hijos de la euforia, de la inspiración religiosa, o de la melancolía (en las "jeremíadas" de Heráclito). Tendremos que esperar a los grandes sofistas (Gorgias y Protágoras) para que -por primera vez, ¡al fin!- el conocimiento -incluso el más divino- se vea como una relación problemática entre el sujeto y el objeto, y no como una posesión de la verdad real por parte del sujeto. En rigor, los sofistas tendrían que haber hecho imposible para siempre el dogmatismo, al menos en el campo de la filosofía. Verdad seguiría siendo entonces el nombre por definición de una hembra virgen y esquiva...


Kant -en la línea progresiva- se cuidará de advertir que el sacrificio de Isaac hubiera sido un crimen y la mera intención de consumarlo una inmoralidad. Kant pone la dignidad a la altura de la santidad en un texto célebre: Grundlegung zur Metaphysik der Sitten, 1785, Ak. IV, A78. Aquí ya no se conserva más dogma moral que el respeto a la humanidad, a la dignidad de la naturaleza humana. Dios ya no es una cosa que ver, oír, poseer, calmar y obedecer, sino un ideal para -y de- esa misma humanidad inventiva y creadora. El Dios bíblico aparece ahora como un déspota que somete a Abraham a una prueba tan humillante como macabra. Y el pobre Abraham aparece ya como un patriarca noble, honrado, pero demasiado tembloroso, demasiado asustado para estar éticamente lúcido.

Bibliografía consultada

Biblia de Jerusalen, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1981.

J. Hessen. Teoría del conocimiento. Espasa-Calpe, Madrid, 1981.

Javier Muguerza. "Del Renacimiento a la Ilustración: Kant y la ética de la modernidad", en La aventura de la moralidad, Alianza, Madrid, 2007.

Soren Kierkegaard. Temor y temblor, Guadarrama, Madrid, 1976.

Stefan Zweig. Erasmo de Rotterdam. Barcelona, 1961.

La foto

Hecha por el autor del artículo (29-Dic.-2007) en la Iglesia de Santa Caterina de Alejandría, (Piazza Bellini de Palermo, Sicilia). Santa Catalina de Alejandría es considerada patrona de los filósofos. El valioso relieve en mármol mixto adorna la pilastra del lado derecho de la nave y contiene el emblema de la familia Bruno, enriquecido con un crucifijo (siglo XVIII).