jueves, 16 de agosto de 2007

Argumento

A los españoles nos gusta argumentar; pero, en la mayoría de los casos, se tiende a confundir el acto de elevar la voz con la seriedad intrínseca de la tesis. Si se expresa en voz baja, se puede sospechar un muy moderado compromiso personal con ella.

Esto de "argumentar" tiene su encanto. Además existe un repertorio casi infinito de juicios para sostener cualquier razonamiento; por lo que es imposible quedarse sin ellos. Si el otro se calla seguro que está cansado o tiene prisa para otros negocios.

Suponiendo energía y tiempo libre cualquier ser humano normal, más aún si es latino, puede emplear el arte de la argumentación para demostrar que lo cuadrado es redondo, o que sólo nos mueve el respeto por la ley, la norma ética o el normal transcurrir de las cosas.

Sin embargo argumentar es materia ardua si se toma el proceso con seriedad. No es fácil apilar juicios y que estos queden ensamblados coherentemente. La argumentación es, la mayoría de las veces, un puzzle mal construido que pasa por bueno sencillamente porque está escrito en el aire; y este medio sutil no es idóneo para descubrir los detalles y las incongruencias.

Por supuesto no me estoy refiriendo al discurso científico o legal, sino a lo que se habla en el día a día cotidiano. En este nivel todos, en algún momento, necesitamos utilizar argumentos. Ellos muchas veces "vencen" pero no "convencen". El asentimiento se fuerza por medios implícitos, tales como: una potente voz, la autoridad del que habla -generalmente de tipo burocrática-, o la ardorosa pasión.

Esta última es el principal argumento de cargo. Si uno está convencido tiene todas las de ganar; o por lo menos, la improbabilidad de perder. El discutidor ni siquiera tiene conciencia del proceso; se autoconvencence... al escucharse. Intuye que su convicción es la piedra de toque. La confianza opera como un filtro que detiene todas las objeciones. Algunos dicen que "convencer" implica "con" y "vencer", o sea, es obra de equipo, de concierto de voluntades, de compromisos. Que la tarea excluye la dominación pura y dura. Pero esto es puramente literario; en la práctica terráquea convence el que vence. En los mundos celestes y angélicos otras son las reglas... pero "ésta" es otra historia.

Si la reflexión anterior es cierta, habría que huir de las personas "convencidas" (por lo menos en situaciones de conflicto o dudosas); con ellas no es posible el diálogo, sólo un armisticio precario.

Existe un montón de verbos que tienen relación con este acto tan humano y cotidiano de argumentar: razonar, discurrir, argüir, proponer, definir, describir, distinguir, resumir, retorcer, inferir, deducir, abstraer, analizar, sintetizar, colegir ... Todos estas palabras son diferentes, aunque relacionadas. Cada una implica un matiz diferenciador, una conducta específica que, muchas veces, requiere años y años de educación. En estos verbos está encerrada, como el demonio de la botella, todo lo que la humanidad ha logrado y todo lo que la humanidad ha destrozado.

Poderosa es la mente y argumentar es su principal herramienta. Se puede someter por la fuerza a la gente, pero mantenerla así, durante mucho tiempo sólo se puede por la razón. No la razón con mayúscula, sino la pequeña, la que sirve para entender nuestro mundo, aunque en el fondo no se comprenda nada. Esta clase de razón se funda en argumentos. Argumentos que el tiempo modifica y caduca; argumentos que van cayendo como hojas secas cuando la época que los sostiene también desaparece.

Si se pudiera (lo que linda con la fantasía) influir en uno mismo (antes que en los demás) creo que se debería buscar no la perfección en la argumentación, ya que si estamos equivocados ese arte consolida nuestro error, sino otra clase de modelo de pensar. La crítica de la argumentación pasa, creo, por lo que escribe De Bono:

"'Yo tengo razón tu estás equivocado' condensa la esencia de nuestros hábitos de pensamiento tradicionales que fueron implantados por el último Renacimiento (...) Para el fin de derrotar la herejía, el sistema era sumamente eficaz, porque el pensador podía partir de conceptos comúnmente aceptados (axiomas) (...) Este sistema de principio, lógica y argumento es la base de nuestro muy utilizado -y a menudo beneficioso- pensamiento legalista. Donde falla es en la presunción de que las percepciones y los valores son comunes, universales, permanentes o incluso generalmente aceptados."

Argumentar es un adelanto, biológico y humano, pero nuestro mundo actual pide dar un salto hacia el costado para revisar el dogma de la argumentación aplicado a la política y a la ética. Más allá de vencer al contrario está la posibilidad, por ahora poco explorada, de generar un modelo flexible que provoque la síntesis de posiciones divergentes igualmente razonables.

Mientras tanto lo que se puede hacer es captar los términos del dilema, medir y percibir la magnitud de la brecha que los argumentos confrontados establecen. No es mucho, pero lo veo más progresista que incorporarse de hoz y coz a una de las partes en conflicto. Lamentablemente toda regla es de aplicación limitada, y en política y moral (o religión) el campo donde reina es muy restringido. Sólo el sentido común, definido provisionalmente como la capacidad de tolerar incoherencias y huecos argumentativos, tiene aquí un papel esencial. Algo insatisfactorio para aquel que cree que el mundo puede ser descrito por la razón.

Nota: la cita está en el libro: Edward De Bono."Yo tengo razon; tu estas equivocado".(I am right, You are wrong).Ediciones B.Barcelona, 1992.